Las manzanas de Armonía Somers

Sobre “El desvío”

 

Caían las cuatro de la tarde del día de la partida y todos los momentos previos parecían haberse deleitado tanto como ella —la jovencita que huye en busca de rumbos ignotos— en la preparación de esta fuga. Pues, ¿qué era el tiempo en definitiva?

Esa mañana las agujas de un reloj de bolsillo heredado de su abuelo se habían precipitado al vacío en un golpe vertiginoso, rompiendo el cristal y dejando en el artefacto una huella sacra. Sucedió en una torpe caída que ella adjudicaba, con su ingenuidad vergonzosa, a la altura poco habitual de los zapatos que llevaba puestos en ese día tan especial. Por suerte no estaba para martirizarla por el accidente la mirada juiciosa de la madre (¡aún eres muy joven para llevar eso!) ni el nervioso estallido en risa de sus vecinos, los niños sin cara ni empatía que solían buscarle los defectos como quien se empeña en hallar una flor nocturna en pleno mediodía.

 

La jovencita se armó de coraje, las maletas prontas para el traqueteo, las pocas prendas dobladas a fuerza de espiar las acciones de la madre y esquivar las reprimendas del padre y una libreta cuyas hojas prometían mancharse con lujurias del pensamiento despierto. El adiós interno a los vecinos, esos rostros que se le hacían parecidos al paisaje constante de llanura, de sábanas tendidas al sol y puertas abiertas incluso en invierno. Solo faltaba adherir a su excitante bocado de escapatoria promiscua el condimento del robo; fue tan fácil que se asombró de no haber sentido siquiera la necesidad de rezar un poco, ni una leve culpa pasajera que dos o tres avemarías dichos para adentro pudieran disolver. El objeto que eligió para robar fue el libro que descansaba en la mesa de luz de su trémula madre, lo eligió por hallarse fuera del alcance de su recorrido y por vanidad, ¡qué leería su madre que no pudiera comprender ella! Y además estaba ese título que le pareció perfecto para nombrar, si es que algún día podría hacerlo, su incipiente aventura. Aunque también sirvieran palabras como “huida” o “escapatoria”, nada sonaba tan fresco y contestatario como La rebelión de la flor.

 

Ya en el andén volvió a tropezar, esta vez por hallarse inmersa contemplando el extraño espectáculo que allí se desarrollaba: un niño sostenía en el aire globos de colores, aunque las condiciones climáticas no favorecieran su ascensión. Una serie de extraños se habían agrupado a su alrededor conmovidos por el llanto de la criatura e intentaban con afán fabricar el viento que no existía. En este absurdo cometido se cruzaron las miradas de dos a través de la engañosa transparencia de los globos, dos que se tendieron un puente comunicacional directo que los llevaría a ascender juntos al tren. Tras ponerse en pie, reponiéndose del sobresalto y reconciliándose una vez más con su torpeza, la jovencita los siguió, quizá solamente para tener un punto de referencia en un viaje que le provocaba el vértigo de su vida (no dejes el pueblo, decía su madre, no lo vayas a hacer, replicaba el padre).

 

Eligió un asiento desde el que pudiera contemplarlos y decidió cubrir este acto de espionaje con una excusa convencional, la de fingir estar hojeando el libro que había sido su trofeo de escapatoria, ah, su botín de veinteañera fugada. A pesar de que desde su asiento la panorámica le permitía ver una amplia hilera de extraños en sus quehaceres de viajeros, su mirada se iba magnetizada hacia los dos que había elegido de referentes. Tras haberse testeado a través del despilfarro de aire de los globos, esos dos emprendían juntos la travesía de comer manzanas jugosas, como si en este acto de herejía inocente se desatara un incendio de intimidad que la discreción prohíbe, a falta de espacios apropiados para cometer actos poco cívicos en la distribución del tren.

 

La jovencita tomó el libro entre las manos, concediéndole el valor de un tesoro personal —nunca lo confesaría—, lo hojeó para distraerse un poco de la sensación de estar siendo barrida por el tiempo que le daba ver en la ventana el entrevero de árbol, rama, pájaro, vidrio y casa.

 

Vio sobre el lomo del libro cómo el boletero se acercaba a los protagonistas para solicitarles su pasaje; lo que no logró vislumbrar fue el rostro del hombre, un hombre que más bien parecía una figura de cartón recortada, con su traje de tweed y sus impecables maneras. Ni siquiera cuando el hombre se dio la vuelta y se acercó a ella pudo identificar sus facciones, tan perdidas en la corrección de sus movimientos; sospechó que él era un complemento más del tren y que para sus funciones no se requería que tuviera unas facciones presentes. Así estaba, abstraída en descifrar el enigma del hombre sin rostro, medio zambullida entre las páginas del libro que le servía de coartada a su extensa curiosidad, cuando se sobresaltó al oír la voz que debería, por fuerza, provenir de los labios ausentes.

 

—Boleto, por favor —Y una mano pulcra, como de plástico, extendida hacia ella. 

 

—Sí.

 

El individuo de faz escondida se sentó frente a ella e inauguró un discurso que excedía el límite de vitalidad que debería tener un simple complemento mecánico del tren.

 

 

 

 

 

 

 

—¡Qué libro ese! Unas 190 páginas pulcramente contenidas entre dos tapas de material impermeable y algo brilloso, a ver, impresas con el diseño inconfundible de la editorial argentina El Cuenco de Plata. Sí. Una imagen difusa en escala de grises que parece el extracto amplificado de una fotografía... quizá de botánica. Es una antología personal de Armonía Somers publicada originalmente por la editorial Linardi y Risso en 1989 y reeditada creo que en 2009. Incluye 13 relatos divididos en cuatro capítulos, elegidos, según explica la autora en un breve prefacio, por una suerte de preferencia caprichosa ligada a lo anecdótico y teñida del gusto de sus lectores.

 

El hombre escupía estas palabras como si emitiera un comunicado de gran trascendencia. Ella miraba atónita el libro por temor a levantar la vista y encontrar la confirmación siniestra de sus sospechas: que no había nada entre el cuello prolijo de su tweed y su boina de boletero.

 

—Señorita, sepa que es un libro que no está hecho para quienes no están dispuestos a meter los pies en el barro bajo la lluvia torrencial; ¿es usted una persona nerviosa? Deberían abstenerse de leerlo los nerviosos y, sobre todo, quienes busquen al libro como un preámbulo del sueño, créame que encontrará en él el efecto estimulante del café y un sinfín de interrogantes. Aunque... a decir verdad... sí resulta un deleite inefable para los amantes del misterio, me refiero aquí a una clase de misterio que dista del suspenso circunstancial de las clásicas (y exquisitas, para mí) novelas de detectives, ¿entiende a qué me refiero? Es un misterio, digamos... tácito, o mejor dicho, indisoluble, propio de un estado de inmersión ominoso que rodea todos los sucesos, por pequeños que sean, dotándolos de un simbolismo genuino. Esto sin caer en la fabricación automática de la metáfora.

 

Sin quitar la vista del libro, e intentando dilucidar por qué las palabras del hombre sonaban a conferencia multitudinaria cuando era ella la única receptora de la monserga, no pudo evitar sentirse atraída por el carmesí difuso que asomaba entre sus pies. Bajó la mirada para encontrar allí el objeto que ya esperaba, la manzana radiante de invitación prohibida, y en dirección contraria, la mirada sugerente del que había lanzado el símbolo hacia ella, el hombre de la pareja referente que se hallaba solo ahora en el asiento del vagón.

 

—No en vano esta autora tan desconocida para las letras uruguayas fue equiparada en su prosa al mítico Conde de Lautréamont, y ligada estrechamente a la concepción artística artaudiana, bueno, tras haber sido censurada y malcomprendida por los intelectuales de su época. Recuerdo haber leído a Ángel Rama refiriéndose a ella con las palabras “la fascinación del horror”. Otros críticos escribieron que su prosa es una “poética del derrumbamiento”. No estoy del todo de acuerdo con esto. Yo lo llamaría “la poética del ocultamiento”, ya que considero que el énfasis en sus historias está puesto en el resultado intermitente de omitir ciertas obviedades o detalles que darían realismo a las situaciones, para resaltar en ellas un esencia que suele escapar de la percepción ordinaria de los acontecimientos. Para explicarme, usaré esta comparación: la prosa de Armonía se centraría en la descripción, o mejor... en la investigación del corazón de la manzana con sus oscuridades y sus desproporciones, en las sensaciones que produce a alguien solitario descubrir que hay un corazón en la manzana. Una prosa realista se comería una cesta de manzanas sin siquiera preguntarse qué hay dentro de ellas. Y eso que está dentro de la manzana y que Armonía buscó incesantemente es algo ligado con los orígenes de la materia, con la duda metafísica y el cuestionamiento de las estructuras. Y se abre al terreno de lo sobrenatural. Sí, en esta prosa el anarquismo es inminente.

En este punto, quizá agobiada por el bombardeo de términos que no comprendía, la jovencita decidió arriesgarse a ver lo que el destino le pusiera enfrente, así fuera la desolación de un hombre sin rostro. Y aún atónita, aunque envalentonada tras haber devuelto sutilmente la manzana a su dueño con un discreto golpe del zapatito de taco —no iba a relegar toda su escapatoria a la vulgar condición de aventura amorosa solo por una fruta lanzada casi por azar—, confirmó el horror: el emisor de este mensaje no poseía rasgos, y el discurso monocorde estaba siendo anunciado desde algún lugar ignoto en su vacío de rostro, como si escondiera detrás del pálido de la piel lisa una vieja radio encendida.

 

—Me divierte pensar que si Armonía hubiera visto el Nosferatu de FW Murnau proyectado en algún cine precario montevideano se hubiera enamorado más de la sombra proyectada por el vampiro que del vampiro en sí.

 

Y con este final, el ser se levantó, un resorte automático en acción, para quitarle a ella de las manos el botín de su escapatoria un momento y devolvérselo veloz abierto en la página 111 donde se leía el titular “El desvío”, y detrás el compás irreversible del tren, la oscuridad compacta de la noche que se le había venido encima. Leyó brevemente:

 

Se trata de una historia vulgar. Pero yo la narro a toda esta gente que está tirada conmigo sobre la hierba donde se produjo el desvío.

 

El hombre se agachó para susurrarle al oído las últimas palabras que le oiría.

 

—Por cierto, señorita, sepa que este es el cuento en el que estamos inmersos, yo y esos dos extraños que se encontraron a través de los globos y que usted tanto mira. Siete carillas de vertiginoso encuentro que podrían equivaler a siete intensos años. Y que su boleto ya expiró, así como el de esa desprevenida del asiento de enfrente.

 

 

La nota recitada por Nina:

 

 

 

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