Un chico puede verlo perfectamente

27.09.2017

1.

Se alejaron los fuegos. En mayo, por la constelación de Tauro, sobre un claro de tejas incandescentes. Arrojamos un arma de juguete para que se extendiera y pasara raya en el interior del cielo.

 

Y después peligro: suena el silbato de la policía.

 

¿Por qué aparece la policía en momentos tan emotivos?

 

2.

Acaso la lectura lo responde todo. Un chico puede verlo perfectamente. No sabe pensar, ni representar un texto con muñecos ni cosas así. Repite el mismo ritmo y le mete cosas dentro, se aburre como si la estación de radio donde pasan su canción estuviese dirigida por su madre.

 

3.

La madre le ordena ir a buscar la caja de los juguetes. Él se mete debajo de la cama y sale con una caja de cartón mal cerrada por la que asoman volúmenes geométricos y muñecos de acción, en su mayoría soldados con camuflajes para selva, sin particularidades especiales: no son héroes, el héroe va desnudo porque pierde su uniforme en la guerra, estos en cambio son todos iguales, son extras, y el niño juega a la guerra desde hace años con personajes que son únicamente así. La madre toma la caja y la da vuelta, desparrama los juguetes con su zapato y le dice: represéntame la siguiente escena: un hombre y una mujer duermen juntos y hacen el amor medio dormidos. Pero cuando se despiertan están en la guerra. Las reglas: no es una alegoría del matrimonio. No hay una solución sobrenatural. La pareja no puede estar conformada por dos mujeres, el texto es claro, se trata de un hombre y una mujer. La guerra, por último, no es en la selva, aunque los soldados están vestidos como para vivir allí. Todavía tienes tiempo, pero la quiero terminada para las seis.

 

4.

Él entonces se ponía a jugar con un gesto severo sobre las baldosas del dormitorio. Agarraba los juguetes y sin hacer nada con ellos los sostenía durante un rato, los soltaba y se iba a pasear, los agarraba y se iba otra vez. Así aprendió a jugar mejor que todos los niños, aunque muchísimo menos. Porque cuando podía no hacerlo simplemente disfrutaba de irse a caminar por la vereda, alrededor de la manzana, alegre de no tener que inventarse nada para entretenimiento de su madre. Pero cuando llegaban las seis, la noche se metía como un vestido sobre la luz desnuda del cielo, y los personajes daban vueltas en la habitación de la pirotecnia y el amor. El hijo simulaba los sonidos del relato con unos pulmones que parecían más bien del sueño. Y cuando los personajes hablaban eran veraces, y parecía que leyeran de libretos sin metáforas, como los libros de derecho o los manuales, y como su historia de amor apenas si podía ser comprendida por un adulto o por un niño, la madre pensaba que el verdor de la selva crecía lleno de imaginación; pero la verdad era que ese juego se jugaba solo y las cosas sí existían, el sobreoxígeno que la selva producía era real y los desmayaba a todos: era el aire que él soltaba por la nariz con su preocupación.

 

*

 

5.

Como si fuera poco, teníamos unas fiestas raras en mi barrio. Colgábamos remeras en los patios, con palillos. Mientras los muñecos se inflaban sin mangas ni pantalones (eran torsos solitarios, o más bien solamente pedazos de tela), el alambre del que colgaban se zarandeaba con un sonido áspero, como una reja que no encerraba nada y que el viento, entrando y saliendo de las prendas, convertía en algo inútil, o en otra cosa, en un puente.

 

6.

Pero se hablaba espontáneamente de “muñecos”. El viento entraba en las remeras rayadas y las hinchaba dándoles la forma de una figura musculosa. Almacenaban un cuerpo trabajado, moléculas de oxígeno en expansión y nunca las mismas sino constantemente distintas. También los muñecos eran una jaula irreconocible que no podía retener nada, como si representaran a un hombre de poco carácter, sujeto cada día a reacciones impredecibles.

 

7.

Al destenderlos, luego que acababan las celebraciones de “El día de los muñecos”, ellos se aflojaban al final de largas jornadas de trabajo y podía verse al viento desapareciendo del parque, ocultándose bajo el telón transparente de otra dimensión; con un movimiento instantáneo, sonaba el ademán de un truco de magia de la naturaleza. Las remeras se planchaban y doblaban prolijamente, con amor. Un amor hijo de la comprensión y el respeto: mientras que parecía que era el viento el que trabajaba sobre los muñecos, eran por el contrario los laboriosos muñecos los que terminaban agotados, hechos unas camisetas aplastadas y deformes, luego de largos esfuerzos habían sido, huecos e inútiles, los que hacían aparecer al viento: se pasaban todas las fiestas gritando que estaba allí.

 

8.

A veces yo me colaba en el cuarto de mi madre, abría los cajones y me quedaba viendo la ropa, conmovido.

 

 

9.

En cuanto al alambre, le había llegado la hora imprecisa. Esa donde ya nadie se acuerda de nada. Como un arquero invisible, el viento lo había tensado y permanecía en una curvatura cinematográfica, sin moverse un ápice por falta de contrapeso. Daba risa o lástima, según quién lo mirara, aunque nos pongamos de acuerdo en que lo que se mostraba era lo mismo: una flecha apuntando en el sentido equivocado, con la punta contra el alambre, porque también la flecha era el viento, y cuando el viento se relajaba, la flecha se relajaba, el alambre se distendía, y parecía que le estaban tomando el pelo.

 

10.

Los que se reían y los que agachaban, apenados, la cabeza, naturalmente no se entendían entre sí e incluso se acusaban (cada cual en la intimidad de su bando, nunca los unos a los otros) de virtudes malogradas, como quien se acusa de una ortopedia innecesaria, un ave con patas de rana y pulmones descomunalmente grandes. Si bien no resulta raro, porque ese es el espíritu de la ortopedia, eso era en cuestión lo que se decía, partiendo de la base de que no es menester simular aquello que no se tiene (toda ortopedia les resultaba innecesaria).

 

11.

No se parecían, aunque opinaran lo mismo, porque lo opinaban los unos de los otros, y con eso se hacían diferentes.

 

*

 

12.

Ni siquiera aquellos días de destender la ropa formaban parte de las decisiones de mi casa. A nivel familiar, el giro de la semana nos predisponía a demostrarnos afecto (el martes, antes de la comida, con frases mediadas como: “te quiero”), a perfeccionar la casa (yo mismo trabajé en un portón durante todo el año; en seis meses lo aseguré al suelo, y durante seis meses más le pasé pintura fresca sobre la tela violeta de los hongos), o sino a mantener ocupados a los vecinos (éramos problema de ellos, mientras jugábamos con sus hijos).

 

13.

A ganar altura, en nuestro caso; a contemplarlo, en el caso de mis padres. Mi viejo decía, porque había nacido en el campo, que era como ver crecer el pasto.

 

14.

Y así, toda nuestra semana giraba en dos discos paralelos, impredecibles, donde a veces las figuras de cada uno se enfrentaban de inmediato, y a veces permanecían, durante semanas, o lo que vendría a ser lo mismo durante cinco o seis vueltas, sin que ocurriese el encuentro de ninguna. Cuando un traqueteo anunciaba que estaban a punto de detenerse, yo detenía mis muñecos en el patio de atrás y lo veía: eran mi figura y la de mi madre quedando perfectamente alineadas, y los discos recibían una luz envejecida por la música del pedregullo entre mis manos. Oh, era como ir al cine. ¿Qué tendría que ponerme a hacer ahora?

 

15.

Otras veces se detenían los discos y se encontraban los signos correspondientes a mi hermano y a mí. Diez minutos más tarde estábamos trenzados en una trepidante lucha de boxeo. Yo anunciaba un derechazo rápido pero invertía el orden del patio y me aparecía por la izquierda, listo para hundirle la cabeza en el estómago. Mi hermano no es ningún tarado, de modo que antes de que pudiese sacarla de allí tenía su brazo bueno (qué mala había sido mi jugada) alrededor del cuello, y todo lo que yo podía hacer era patear el suelo en señal de rendición. Aunque cada vez que sucedía trataba de que transcurrieran algunos minutos más que la última vez, y esa era mi pequeña victoria. Lo que explica por qué sonrío tanto en todas las fotos donde me la dan.

 

16.

Es martes, así que me limpio la tierra de la cara, me enjuago un poco las lágrimas y voy dentro de casa, donde los discos relacionan todas las figuras en un extraño espejismo de la marisma, y la familia entera rodea la mesa de la cena. Nos miramos los unos a los otros. Estamos enardecidos. Mi padre da la señal. Me concentro primero en mi hermano y le guiño un ojo. Le digo: “te quiero”.

El texto recitado por Diego:

 

 

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