• Jorge Fierro

Las arrugas del silencio


Después de tantas llamadas vino un silencio que inundó la sala. Miré y vi a mamá apoyar la agenda en la mesa delicadamente, como si se le estuviese por romper, pero al mismo tiempo, como si le provocara asco. Algún nombre vio. Se metió en el baño y no pregunté nada. Mamá siempre se encerró y yo nunca pregunté mucho.

Sergio se fue a la facultad a colaborar con una pancarta y a pasar por las clases a dar aviso. Salió con la campera en un brazo, porque de día no está frío, y el walkman en la mano. Están pasando muchas cosas en Humanidades. Antes de ayer la asamblea votó casi por unanimidad pedir la expulsión de Jorge Tróccoli y que la Universidad lo declare persona non grata. Igual Sergio dice que es todo muy complejo. Esa palabra la usa hace poco: complejo. Para empezar, dice, nosotros teníamos la idea de que los milicos eran unos gorilas ignorantes, unos burros. Tróccoli es brillante. Encima estaba integrado, buen compañero, querido por los otros estudiantes de antropología. El tipo confiesa haber sido un torturador, o como él mismo dijo, un profesional de la violencia. ¿Qué hacemos? Al día siguiente de publicar la carta, apareció en clase y todos lo trataron con sequedad. Después dejó de ir, obviamente. Se iba o lo íbamos.

Yo no conservo ningún recuerdo de mi padre. He intentado despertar la memoria con fotos —la del casamiento, la que está conmigo en la playa—, o con relatos, de cuando me leía cuentos, por ejemplo. Pero no hay caso. A veces creo que tengo un recuerdo sensorial, de estar siendo bañado por un hombre en una pileta grande, en el jardín. Pero no hay imágenes ahí, no sé qué es ese embrión de recuerdo. Dos años antes de que lo secuestraran, mi padre ya estaba en la clandestinidad. Yo tenía cuatro, y Sergio no llegaba al año. Mamá dice que venía cada dos meses, se quedaba un rato con nosotros y después se iba. Ese rato era cada vez menos rato, y ese par de meses se iba ampliando. Porque estaba más nervioso, dijo la primera vez que nos lo contó, y más miedoso, la ultima vez que nos lo volvió a contar. Después, los meses se hicieron años, y así sucesivamente.

A partir del 89 ya no se habló más del tema. Por lo menos, yo me escapé de todos los interrogatorios que Sergio comenzaba. No me gustaba cómo se ponía mamá, ni el aleccionamiento revolucionario de la tía. Mi padre me caía mal. ¿Qué significa que mi padre me cayera mal, si era un desaparecido? No sé. Rabia, quizás. Ahora se vuelve a hablar de estas cosas en los medios, por las cifras redondas, los 20 años de los asesinatos de Michelini y Gutiérrez Ruíz. Aunque también hubo otros nombres, otras personas, otros padres. Con mamá no se habla del asunto. Hoy, por ejemplo, apenas conversamos de la marcha. Durante el almuerzo charlamos del puente Colonia-Buenos Aires, porque anunciaron el inicio de obras, y cuando salió el tema del censo que se va a hacer pasado mañana, hubo un silencio incómodo. Nos van a hacer preguntas que no sabemos cómo responder.

Quedamos en encontrarnos los tres en Rivera y Pablo de María. Mi Casio marca las 18.30 y pienso que me tengo que apurar. La idea de que hay personas como Tróccoli rodeándonos es perturbadora. Empezás a mirar a la gente de manera diferente. Sergio dice que la marcha va a estar vigilada, que va a haber tiras. Le pido que no se lo comente a mamá. Frente a mí, acá en Foto Martín, un hombre de bigote me está atendiendo amablemente, y yo me pregunto si no habrá sido un represor. Le pido un rollo kodak de 36. Cuando me voy, no digo ni chau ni gracias.

Caminamos hasta Jackson asombrados de la cantidad de gente que ya está concentrada. Mamá y Sergio se adelantan un poco y yo me perfilo para sacar alguna foto. Quiero retratar en una sola imagen el tumulto de gente y las sombras que rodean al niño sentado en el cordón que lee una revista Charoná. Estoy de rodillas con la cámara cuando el murmullo se hace silencio absoluto. Me levanto y veo que de un auto se van pasando los carteles con las caras de los desaparecidos. El niño también nota un cambio, deja la revista y le agarra la mano a un hombre. Cuando yo tenía su edad y me preguntaban por mi padre, decía que estaba preso. Y enseguida tenía que aclarar que no era un ladrón ni un asesino, que era un preso político, aunque yo no entendía qué significaba ser preso político.

Mi padre no aparece en el recuerdo más viejo que conservo. Yo estoy en el living de casa y me hago caca encima. Me acurruco en un rincón del sofá marrón, y me quedo inmóvil. Mamá me pregunta qué me pasa y yo le digo que nada. Se acerca y me vuelve a preguntar. Me palpa con las manos, yo llevo puesto un pantalón gris, y me dice: te hiciste caca.

Me acerco a mamá y a Sergio. Alguien nos pregunta quién de nosotros quiere llevar el cartel con la foto de nuestro padre. En realidad, no usa la palabra padre, ni marido, ni compañero. Ni siquiera dice el nombre. Solo nos pregunta quién va a llevar la foto. Mamá muestra la vela que tiene, como excusándose, y yo niego con la cabeza. Sergio agarra el mástil y me mira con desaprobación. Conozco varios hermanos que son amigos. Todos tienen padre y madre, desde siempre.

El murmullo vuelve de a poco con los periodistas que por acá y por allá andan haciendo algunas notas. Buscan la palabra de los políticos que van encontrando, Liber Seregni, Rafael Michelini. También entrevistan a Matilde Rodríguez, la viuda de Gutiérrez Ruíz, y a Luisa Cuesta. Hablan bajito. Recién al otro día vamos a ver en la prensa lo que dicen.

—El comandante en jefe del Ejército, Raúl Mermot, sostuvo que los revisionismos son peligrosos para la democracia, que hay que mirar al futuro y que el pueblo uruguayo cerró esta discusión con el plebiscito del 89, ¿usted qué piensa?

—Nosotros creemos que se ha confundido amnistía con amnesia. Estamos acá para homenajear a las víctimas, queremos saber qué pasó, cuándo, cómo, por qué. Reclamamos verdad, memoria y nunca más.

A nadie se le pasa por la cabeza el artículo 4 de la ley de caducidad. Tampoco hablamos de crímenes de lesa humanidad ni de justicia. Apenas si podemos hablar.

***

Mamá enciende su vela. Lo único que se escucha son flashes de fotos, estornudos y toses, el rozar de la tela de las camperas. Todo lo que suena lo escuchamos a nuestras espaldas. Adelante, el pavimento, las luces naranjas, la nada montevideana. Estamos para adentro.

Recuerdo con claridad —eso sí— los viajes largos en ómnibus, cuando ya era un poco más grande. Mamá dejaba a Sergio en lo de una vecina y yo la acompañaba. Eran trayectos largos, a veces la ciudad dejaba de tener edificios, e incluso a veces se convertía en campo. Llegábamos a construcciones enormes. Me daban miedo pero lo disimulaba. Mamá me pedía que la esperara afuera, me sentaba en algún sitio particular y me hacía jurarle que no me iba a mover de ahí. Decilo, decía. Te juro que no me muevo, mamá, le juraba. Entonces, entraba con pasos lentos, pasaban varios minutos y mamá volvía apurada, me agarraba la mano y nos íbamos a tomar otro ómnibus

Cuando inundamos los dos carriles de 18, o por la Facultad de Derecho, se reparten volantes dirigidos a Sanguinetti, con leyes y artículos de la Constitución que supuestamente nos amparan. Somos muchos. Es difícil que nos vuelvan a decir que estamos poniendo en riesgo la institucionalidad democrática. Ese disparate ya lo hicimos callar. Aunque la idea es que con nuestro silencio terminemos con el silencio de los otros, de los que saben. Hay un obispo, Galimberti, que propuso que la Iglesia oficie como mediadora, y que recabe información con el debido secreto de la confesión. Dicen que los milicos van siempre a la iglesia. Sergio y yo nunca fuimos creyentes. Mamá dejó de creer en Dios en el 76, y en las personas en el 89. Mi padre creía, eso lo sabemos, aunque no sabemos si dejó de creer, al final.

A veces pienso que esas recorridas por cárceles y comisarías que hacía con mamá determinaron todas la diferencias entre Sergio y yo. Mi hermano nunca vio a mamá preguntar si allí estaba detenido Luis Daniel Gómez Cardozo, y tampoco vivió las escenas de los ómnibus, cuando mamá torcía la cabeza para que yo no le mirara la cara, y especialmente los ojos. Esas cosas me hicieron respetar lo que se me ocultaba, saber que había preguntas que dolían. Y pensar que mi padre nos había abandonado. Si entre la familia y los ideales optó por dejarnos solos, era porque no nos quería tanto, o porque era un egoísta con disfraz de justiciero social. Sergio, en cambio, siempre le reprochó a mamá que ella no hubiese militado con nuestro padre. De grande le llegó a decir que había sido una blanda pequeñoburguesa. Lo mismo a mí, por no haber militado más.

***

Estos días en casa estuvo raro. Sergio dijo que si salía lo de la visa a Estados Unidos se iba a la mierda. Lo dijo para provocar. El antiimperialista nunca se va a ir a Estados Unidos. Fue después de que en el informativo habían entrevistado a Lacalle, alarmado por la inseguridad. Mamá no le contestó nada, se mantuvo de espaldas mientras lavaba los platos. La televisión mostraba imágenes del derrame de petróleo en Punta del Este. Estaba tensa. Colocaba los platos en el escurridor golpeándolos unos con otros. Entonces, yo propuse ir al cine los tres y nos fijamos en La República qué daban. Sergio quería ver The Truman Show, yo Trainspotting y mamá Loco por Mary. No nos pusimos de acuerdo.

Ahora, a la altura de Gaboto, cuando resuena la propuesta de Semproni sobre el artículo 4 de la ley de caducidad, Sergio me susurra que escuche el rumor de los pasos. Entonces abre el walkman y lo veo dar vuelta un casete tdk que en la etiqueta dice “Platanomacho”, escrito con un silvapen. Cierra y aprieta rec. Hace unos días me preguntó si no quería formar parte de Hijos. ¿Para qué?, le dije. Me convenció de acompañarlo a la concentración del sábado. Era la inauguración de la muestra de armamento. Nosotros eramos 100, como mucho. ¿Dije nosotros? Sergio decía que era importante estar, repudiar a Amado y a su nombramiento de Pajarito Silveira. Les gusta identificar la Batalla de Las Piedras con la lucha antisubversiva. Aunque no creo que piensen en serio que pueden ser reivindicados, como Artigas, 30 años después.

A la vuelta Sergio me contó de las grabaciones que está haciendo con el walkman. Quiere armar un registro completo de su vida sonora. Tiene grabada a mamá cocinando y a la tía discutiendo, diciendo “nosotros perdimos”. ¿A mí me tenés? Vos sos muy silencioso, me dice. Yo me río, y me ofrezco a ayudarlo con las grabaciones, a grabarlo a él, para que se escuche desde afuera. Es imposible saberlo, pero creo que ahí los dos pensamos en cómo sería la voz de nuestro padre.

Llegamos a la plaza de los bomberos. Estoy más abrigado que antes, pero aún tengo frío. Siempre tuve frío. En la esquina de Magallanes hay un Suzuki parado. Miro y veo un Fiat Spacio doblar por Colonia, lo veo reducir la velocidad y frenar atrás del Suzuki. Apaga las luces y el motor, para adherirse a nuestro silencio. En el vidrio del Suzuki distingo un pegotín de Mormai y otro que dice “Vamos Gonchi”. Veo al conductor, un hombre de mi edad. En ese momento corta una llamada de su movicom. Lo veo mirar la foto de mi padre, y bajar la mirada. Nuestros ojos se encuentran. Me hace un gesto de saludo, pequeño. Yo lo devuelvo.

Una vez mamá nos llevó a lo de los abuelos, dijo que íbamos a pasar el día, pero nos dejó y se fue. Los abuelos trataban de hacernos jugar, pero nosotros no queríamos jugar a nada. Nos dábamos cuenta de que algo pasaba. Era en el 85, yo tenía 13. Todavía pensaba que él podía volver. Cuando los abuelos nos llevaron de vuelta a casa, había una mujer muy flaca que se reía a carcajadas y nos mostraba los dientes comidos. Ella es su tía, nos dijo mamá. Era ex presa política. Incluso era ex desaparecida, porque por muchos años no se supo nada de ella. Pero ahora había vuelto. Fumaba, tomaba y hablaba. Era ruidosa. Si ella volvió, nuestro padre podía volver. La tía fumaba, se emborrachaba y lloraba.

***

Sergio ya no viene con nosotros. Marcha con su agrupación. Ahora, a la altura de Minas, el cartel con la foto lo llevo yo. Me siento cómodo haciéndolo. Aunque no es cómodo la palabra. Es diferente. Hace poco empecé a revisar de nuevo los libros de mi padre. Esta vez no me interesaba tanto ver los subrayados o los temas —de estrategia y táctica, de historia económica, de la revolución cubana—. Ahora lo que me llamó la atención es el nailon con que estaban cubiertos, y cómo la cinta adhesiva dejaba un pegote que con el tiempo se parecía a un metal oxidado. Estos libros habían estado en las manos y en los ojos de mi padre, como ahora estaban en mis manos y en mis ojos. Por años estuvieron enterrados en un jardín, en la casa de mi abuela, para cuidarlos y para cuidarnos. Estaban forrados porque mi padre pretendía que perduraran, para volver a ellos más adelante. Pensaba estar, él, y quería que los libros también estuviesen.

Creo que necesitaba sentir la tristeza que me provocó ese nailon.

En apenas unos meses Gelman le va a escribir a Sanguinetti, de abuelo a abuelo; y Sanguinetti le va a responder a Gelman, tarde, de presidente a ciudadano común. Que hizo averiguaciones e investigó, sin resultados, que todo indica que su nuera no fue trasladada a Uruguay y que el poeta ha actuado de mala fe para perjudicarlo en las inminentes elecciones. Es la idea de que en Uruguay no hubo desaparecidos, no hubo bebés robados. Ya la hemos escuchado bastante. Eso será dentro de unos meses. Pero ahora esos meses ya pasaron. Son de otro milenio. Ahora pasaron dos meses de gobierno de Batlle, suficientes para encontrar a la nieta de Juan, a Macarena, que tiene veintipoco, como Sergio. Si la niña está acá, la madre capaz que también.

***

Mamá se suena los mocos con un pañuelo de tela marrón. Ya no viene más con una vela. Están pasando cosas, dice. Ahora hay que encontrar al hijo de Sara, confirmar si Gerardo es Simón. Hay que verla hablando de Batlle, con un orgullo bárbaro. Sergio no lo tolera. La escucha y se agarra la nuca. Respira hondo, lo intenta.

Con la mano que tengo libre saco del bolsillo la cajilla de Casino y me prendo un pucho. Creo que todos estamos caminando diferente. El silencio no es el mismo, como si aparte del luto hubiera algo más. El Ejército también lo debe percibir. Hoy hicieron la jornada de acercamiento a la sociedad, justo hoy. Por suerte la propuesta de que salgan a combatir la inseguridad fue encajonada.

Después el ADN establece que no. Gerardo Vázquez no es el hijo de Sara Méndez. ¿Qué es ser el hijo de alguien, o ser hijo a secas? Yo soy el hijo de Miriam Andrade, ¿pero soy el hijo de Luis Daniel Gómez Cardozo? Los desaparecidos tienen nombres completos, segundo nombre y segundo apellido. A Miriam le digo mamá. A Luis Daniel Gómez Cardozo le digo mi padre, no papá. Para decirle papá le tendría que haber dicho a él, muchas veces, papá. Tuve padre pero no papá.

Me doy vuelta mientras camino y me pongo en puntas de pie para ver la ola de gente. Somos muchos, veo como cuatro cuadras hacia atrás, hasta el Mc Donald’s. Distingo algunas pancartas: “Ni olvido, ni perdón. Paredón”. Otros reclaman: “Anular la ley de caducidad”. Quizás el que lleva esa pancarta es Sergio. Es una mentalidad vieja, del 86. No sirve. Tampoco se lo digo, a Sergio. Sería al pedo. Dentro de un rato Tabaré va a decir que la Comisión para la Paz viene trabajando bien, pero que si él fuera el presidente, aplicaría el artículo 4 de la ley de caducidad, que no se ha cumplido.

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Después, a la altura de Roxlo, Lorena me agarra la mano. Tiene la piel fría. Ayer le conté que no me acordaba de la cara de mi padre. Que sabía cómo era su cara por fotos, pero que eso eran solo fotos. También le cuento que muchas veces busqué la ropa de mi padre en casa, y que solo encontré unos zapatos y una pipa. Nunca me animé a preguntarle a mamá qué había pasado con la ropa de mi padre. Es la única persona a la que se lo dije. Mamá vino hoy a pesar de la fiebre, toda abrigada. Nosotros quedamos en llevarla en el auto después. Hace mucho frío. Yo siempre tengo frío. Tengo un Fiat uno que estacionamos en lo que sería la mitad del recorrido de la marcha, justo por acá, en un espacio de dudosa legalidad (espero que no me pongan el cepo). Siempre, después de la marcha, tengo la necesidad de volver a casa. De asegurarme que mamá tiene comida en la heladera y gas para la estufa. Y de que cierra bien la puerta cuando nos vamos.

La primera marcha sin Sergio también es distinta. Está de mozo en España. Entró por Barajas y mientras no consiga la ciudadanía es difícil que vuelva. Mamá intentó convencerlo de que se quedara. Le decía que seguramente iba a salir un llamado para AFE, ahora que la están por reflotar. O le hablaba del acuerdo entre ANCAP y Repsol para buscar petroleo. De repente, lo estaba tratando de nuevo como a un niño que tenía que proteger. Estaba pensando en sí misma, pero la entiendo. Sergio se fue porque precisaba plata, y porque todos se iban. Pero no solo por eso. Yo pasé por casa y habían discutido. No se dirigían la palabra. Sergio metía libros y cds en una valija y me hacía comentarios de a puchitos, aunque fuerte, para que mamá escuchara. Si me quiere decir algo que me diga las cosas importantes, dijo. También había discutido con la tía. Ustedes no fueron héroes, le dijo. Al menos peleamos, las generaciones tuyas y de tu hermano no se levantan por nada.

Cruzando Tacuarembó Lorena me dice que los afiches del PIT CNT son de muy mal gusto. Primeros planos de muchas personas bajo la consigna “SE BUSCA: trabajo”. Por el tema de la aftosa a mamá la mandaron al seguro de paro. No sé qué irá a pasar. Algunos boludos creen que si a Uruguay le va bien en Japón —o en Corea, ni sé—, todo cambia mágicamente. Nosotros no agarramos los fierros para llegar al socialismo, yo, incluso, ni siquiera sé si quiero llegar al socialismo. Pero esto, acá, ¿no es una lucha? ¿Una lucha por quién? Por los desaparecidos, sí, ¿pero por los revolucionarios o por nuestros padres? No es lo mismo.

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Mamá fue al locutorio de Antel y llamó a Sergio. Discutieron de nuevo. Mamá quiere que la información que nos dé la Comisión para la Paz quede entre nosotros, reservada. Como con los cuerpos que ya se identificaron, del lado argentino. Sergio dice que es un tema público, que hay un derecho colectivo de saber, y que basta con la cultura del secreto. Además, dice, en la marcha no puede ir el cartel de un desaparecido que fue encontrado así nomás, es una falta de respeto. Después mamá se peleó con la tía, por inculcarle ideas a Sergio, dijo. La tía la mandó a la mierda. Cuando no se ríe te manda a la mierda.

Llegamos a la iglesia del Cordón. Esta es la marcha después de que Sara se reencontró con su hijo. Anda por ahí, con un cartel que dice “Bienvenido Simón”. No es cualquier marcha. Algunos ya empezamos a exigir justicia. Nuestro padre sigue secuestrado. Hay un secuestrador que sigue cometiendo un delito hasta que aparezca. ¿Qué son los crímenes de lesa humanidad, Sanguinetti? Acá las cosas llegan tarde, de forma lenta, pero llegan. En el escalón de la iglesia hay una familia entera que duerme ahí. Uno de los niños nos pide monedas, no se da cuenta de que venimos en silencio.

Lorena quiere que le cuente más sobre mi padre. Yo le digo que sé poco. Que era militante del PVP, que en el fondo de casa funcionaba una imprenta. Que muchos de sus compañeros se exiliaron en Argentina, porque pensaban que allá era más seguro, y se equivocaron. Con algunos llegué a conversar. Otros me dijeron que los perdonara, que no podían hablar, que preferían no revivir algunas cosas. Mi padre se quedó para estar cerca nuestro. O al menos eso le dijo a mi madre, pero no sé si era cierto. Cuando mamá le dijo de irnos todos a Suecia él no quiso. ¿Mis abuelos paternos? Murieron también en la dictadura, pero en un accidente de tránsito. Tampoco me acuerdo de ellos. Quizás fue mejor así.

***

Marchar cansa. Siento que estas cuadras han sido largas, que Rivera y Jackson queda lejísimos, tanto como la plaza Libertad. Bajo el cartel un segundo y mamá me observa, a mí, y a la foto de mi viejo. En este momento tengo la misma edad que tenía él cuando se lo llevaron. Sé que tengo las mismas entradas en el pelo, y según mi madre, la mirada es idéntica. Mamá me pidió que sea yo el que llame a Sergio para contarle lo que nos informó Gonzalo Fernández, los resultados finales de la Comisión. Nuestro padre murió como resultado de las torturas. No hay cuerpo porque fue desenterrado en el 85. Lo cremaron y tiraron las cenizas al Río. La Operación Zanahoria. Fue lo que hicieron con todos, lo que nos dijeron a casi todos. Se lo escribo en un correo que después no mando. Lo tengo que llamar, decírselo con la voz que ahora callo. Él me va a decir que es todo mentira, que hay que seguir. Que este informe final de la Comisión no es el punto final de nada. Que en todos estos años no hubo ni una represalia, que nadie fue a buscar a un torturador ni para tirarle una bomba de olor en la casa. Que por qué si hablamos de justicia nos dicen que queremos venganza. Que hay que seguir.

Y seguimos. ¿Qué nos cambia este informe? Yo seguí pensando que nuestro padre podía aparecer hasta la apertura democrática en Chile. Era una opción, o una oportunidad para la esperanza. Sergio tiene razón en lo que dice, pero preferiría que fuese cierto. Quedarme con ese relato, que murió en las torturas, lo enterraron, lo desenterraron y tiraron las cenizas al mar. Creo que me tranquilizaría.

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Sé que no aparento el estado de nervios en que a veces vivo. Solo Lorena, de vez en cuando, se da cuenta. En el congreso del Frente ganaron los tupas. No se va a incluir en el programa la derogación de la ley de caducidad. No conviene, electoralmente. Yo estoy de acuerdo, Sergio no, respalda a Hugo Cores. Todos los informes de Zona Urbana le dan una mano al Frente, me escribe, que se dejen de joder. Ahora firma sus correos con “Verdad y memoria, pero también justicia”. Mamá dice que prefiere no opinar.

Con Lorena no estamos bien. Discutimos por plata. Discutimos por todo. A veces pienso que me tiene lástima. Hay días que voy a cenar a lo de los padres y me preguntan por Sergio y por mamá, y hasta por la tía. Enseguida se pasan la ensalada o la botella de vino, dejando claro sobre quién no hay que preguntar. Después en casa Lorena me pide disculpas, pero tampoco dice por qué. Es un perdón a secas. Me molesta, pero no le digo nada. Me lo trago.

Miro hacia adelante. Ahí cerca está la oscuridad del Banco de Crédito. Cuando llegamos, el edificio ya le pertenece al Mides. Atrás quedó el procesamiento y la liberación de Juan Carlos Blanco, por el secuestro de Elena Quinteros; atrás el intercambio de préstamos por nuestras misiones en el Congo y el fin de las relaciones con Cuba. We were fantastic. Ahora en primera fila camina Tabaré. Dijo que esta podía ser la última de las marchas. Es la primera vez que un presidente camina con nosotros. El abrazo que se dio con Néstor es bien auspicioso, sobre todo para la causa de Gelman. Volvemos a ser tapa de El País. Estamos fuertes.

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Pasando El Gaucho, justo en la bajada, me doy vuelta para mirar hacia atrás. Es el punto más especial para ver la marcha. Solo desde esta perspectiva se ve la ola de gente. Saco una foto. Tengo una cámara canon de 3.5 megapixeles, es digital pero después las imprimo. Hay mucha gente que vino hoy por primera vez. Y muchos que volvieron, después de estar en España y en Yankilandia. Pensamos que va todo de la mano. Los consejos de salarios, el plan de emergencia, la ley de cárceles, el fin de la impunidad.

Después, en la explanada de la Intendencia, distingo a Fernanda Martínez filmando. La conocí en las reuniones de Hijos. Me contó que de niña no se podía dormir por miedo a que en la noche se olvidara de los poquitos recuerdos que conservaba de los padres, los dos desaparecidos. Cada vez somos más en esas reuniones. Hay ideas, esperanzas y miedos. No nos gusta el secretismo con que se están manejando muchas cosas. Y ya vimos que las notas que hablan de “fuentes militares” son operaciones de inteligencia. Filtraciones de los que llaman apremios físicos a las torturas.

Sergio está al tanto de todo. A veces mamá y yo nos enteramos de cosas por él, es increíble. Me escribió sobre las excavaciones en el Batallón No 13, por la aplicación del artículo 4 de la ley de caducidad y por la exclusión de la ley a los asesinatos de Zelmar, el Toba y Elena. Ojo, nos advirte. Están aplicando la ley y eso la sigue validando. Dice que tenemos que incentivar nuevas denuncias, movernos. Duda de la nueva postura del Ejército, de las supuestas investigaciones internas. Nos mandó una foto de él con Marta, su novia, mirando un partido en el estadio del Villarreal, con la camiseta de Forlán, que está por ser Pichichi y parece que lo van a vender al Barcelona. Sabía hasta del lío con los antropólogos de la Universidad. Que se vayan a la mierda, dijo. Tienen que ser los argentinos y punto. Lo único que nos preguntó a nosotros fue qué onda la censura al programa de Lanata.

***

Cuando por los altoparlantes nombran a María Rosa Aguirre, nuestras bocas no logran articular hacia afuera. Ya con Daniel Alfaro Vázquez conseguimos mover los labios. Pero recién podemos articular la palabra “presente” con Blanca Altmann Levy, y apenas suena.

Llegando a La Pasiva dan ganas de brindar por la justicia argentina. Pidieron la extradición de nuestra patota, por las denuncias que hizo Gelman. Y eso que les estamos encajando las plantas de celulosa. Es que afuera no hay caducidad que valga. Mamá me recuerda que en el 86 ya habían pedido la extradición de Gavazzo y algunos otros. Pero Tabaré no es Sanguinetti. También tiene presente lo del 99% de probabilidad de que apareciera la nuera de Gelman. Ahí Vázquez se apuró.

Antes de irse a España fuimos con Sergio al cine. Miramos Being John Malkovich. Salimos bastante confundidos y nos fuimos a comer algo en un bar. Estuvimos largo rato tomando, hablando de la película, de Pandiani, de cualquier cosa. Me preguntó si alguna vez yo había pensado en irme. Le dije que no. Pensé que me iba a preguntar por qué, pero no lo hizo. Se quedó un rato en silencio y después me contó que hasta mediados de los 90 seguía pensando que nuestro padre podía volver. En realidad, que nosotros lo podíamos encontrar. Se había hecho la idea de que quizás, por las torturas, había quedado mal de la cabeza, y que tal vez era uno de esos hombres que vagaban por las calles. Así que miraba las dos o tres fotos que teníamos en casa de él, y le estudiaba la cara. Trataba de imaginarse qué le habría pasado a ese rostro con el paso del tiempo. Dónde se habría arrugado más, qué rasgos mantendría que pudieran ayudar a reconocerlo. Una vuelta, siguió, se cruzó a un tipo sentado en 18 de Julio, hamacando la cabeza y balbuceando cosas incongruentes. Le pareció que podía ser él. Se frenó y lo analizó todo lo que pudo. No sabés cómo me latía el corazón. El loco se sintió observado, me devolvió la mirada y empezó a tener un tic nervioso con los ojos. Y luego a subir el tono de la voz. Recién ahí Sergio se fue, apurando el paso. No era él, me dijo, al final. Pero si hubiese sido, no habría sabido qué hacer.

¿Qué cambia verlos en cana a los Gavazzo, Álvarez, Pajarito, Gilberto Vázquez, Cordero y compañía? Los desaparecidos no aparecen, pero cambia muchísimo. Van a ir armados al juzgado. Van a tartamudear, a gaguear y a fingir demencia senil. Yo no fui. Yo no sé. Yo no vi. Yo no me acuerdo. Pasamos Aquiles Lanza sabiendo que esta es la primera marcha con represores y dictadores presos. Aunque les hicieron una cárcel especial, que da bronca.

Sergio nos escribe: Mis hijos se van a llamar Luis (por Charles) y Mirtha (por Guianze).

***

Creo ver a Lorena más adelante, creo verla con alguien. Intento asegurarme, pero una cabeza interrumpe mi visión y después lo hace un cartel o una pancarta. Mamá me pregunta a quién busco, yo le digo que me pareció ver a un conocido. La extraño. Hice todo para que me dejara, y me dejó. Vos tenés un problema con el abandono, me dijo. Estás autoboicoteándote. Tenía razón, pero no se la di. En cambio, le dije que me molestaba que me estuviera analizando todo el tiempo, que yo no era su paciente terapéutico. Si pensabas eso, ¿por qué no me lo dijiste? Lo podíamos hablar, me dijo. Lo que vino después ya no importa.

Cruzamos Quijano —Mamá a veces le dice Yaguarón— dando pasos cortos. Allá adelante algunos familiares estarán por llegar a la plaza Libertad. Hay dos nombres que esta vez sonarán diferente: Ubagesner Chávez Sosa y Fernando Miranda. Sergio y yo pensábamos que no tenía importancia que aparecieran los restos de nuestro padre. Era parte de nuestro ateísmo seco, de nuestro materialismo recalcitrante. Pero ahora pensamos diferente. No podríamos seguir pensando lo mismo, aunque no sepamos explicar claramente qué es lo que nos cambia. A Ubagesner lo secuestraron camino al cumpleaños de su hija. Le llevaba un regalo que logró entregarle a una vecina. Para Valentina, habrá dicho, esposado. Lo velaron hace dos meses, 30 años después de asesinado. Fue un sepelio pero también una celebración. Realmente hubo tristeza y alegría, bronca y serenidad, rabia y alivio. Nosotros nunca fuimos personas enteras. Sabemos lo que son estas contradicciones. Sergio me dijo algo que me quedó marcado: Yo a papá lo quiero. No sé cómo, no sé a quién es que quiero, pero lo quiero.

—Luis Daniel Gómez Cardozo

—Presente.

***

Siempre que cruzamos Zelmar Michelini mamá tiene los ojos humedecidos. Más aun hoy, sabiendo que Bordaberry también está preso, y justamente (¡qué palabra!) por sus implicancias en los asesinatos de Zelmar y del Toba. Recién a esta altura a mí se me va el frío y abro el cierre de la campera.

Mamá supo que era el fin cuando salió en la prensa la noticia de que Luis Daniel Gómez Cardozo se había fugado a Buenos Aires, que había orden de captura para el sedicioso. Era la confirmación de que lo habían matado. A veces hacían eso, desde los medios. En otros casos, volvían a la casa donde habían secuestrado inicialmente a la persona y fingían un interrogatorio a los familiares, para determinar el presunto nuevo paradero. En el 85, con la ley de amnistía —incluso ahí—, hubo un pedido de “cese de captura” de mi padre, como si aún estuviese fugado. A veces me pregunto cómo habría sido mi madre si no hubiese vivido estas cosas. Sé cómo sería de haber militado, porque sería como la tía. Pero cómo sería si fuese una persona feliz. Pasaron 15 años para que vuelva a tener una pareja.

Es difícil no enojarse. Por ejemplo, cuando el presidente deforma el “nunca más terrorismo de Estado” y lo vuelve un “nunca más uruguayos contra uruguayos”. O cuando apadrina el proyecto de García Pintos de reparación de las víctimas de terrorismo de Estado y de sediciosos. ¿Cómo no enojarse? ¿Qué historia es la que están contando?

***

—María Rosa Silveira Gramont.

—Presente.

La cuadra que falta la dedicamos a hacer números. Si hay 6.500 cabezas por cuadra, en total somos 40.000 personas. Eso leo al otro día en la diaria. Hay medios que van a decir que somos muchos menos, y otros que dirán que somos muchos más. Van 12 marchas, dos desaparecidos encontrados. Tenemos que juntar 250.000 firmas en dos años. Aunque no somos todos los que apoyamos la Comisión. El Frente está dividido. Hay varios que mantienen la posición electoralista, el hasta acá llegamos, con este Ejecutivo interpretando la ley es suficiente. Pero no sabemos qué hará Astori si es presidente.

Sergio dice que vuelve para votar. Y que su intención es quedarse acá. Habla por skype con mamá todas las semanas. Ya juntamos 340.000 firmas. Mamá va a remodelar la casa. Quiere pintar las paredes, hacer a nuevo el baño y la cocina, y sobre todo, arreglar el parrillero. La vuelta de Sergio la tiene entusiasmada, va a ser abuela.

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En el 89 yo tenía 17 años, no pude votar. Me daba rabia porque estaba mucho más involucrado que otros. Sentía que tenía derecho, o que debería tenerlo. Pero volcaba esa furia interna en hacer cosas. De día juntábamos firmas y de noche salíamos a hacer pintadas, contra el garrote, contra el olvido, contra Tarigo y Sanguinetti. Escribíamos que éramos jóvenes y no teníamos miedo. Escribíamos cosas como “Luz verde a la justicia”. En el medio de eso discutía, en el liceo. Me ponía utópico cuando alguien dudaba por las amenazas, por los costos reales de intentar hacer justicia. Y violento cuando alguno apelaba a la responsabilidad de nuestros padres. Prefiero un viejo desaparecido a un viejo cagón, o facho, le dije a un compañero. Me arrepiento, la verdad. Después pasó lo que pasó y la militancia perdió sentido. La política perdió sentido, para mí. Hasta ahora.

Trato de imaginar todo lo que va a cambiar. Pienso en la justicia, pero no solo en eso. Me imagino que Ernesto, mi inminente sobrino, va a ocupar la vida que nos falta, el hueco. A pasos del final del recorrido, saco mi celular. Es un sony ericsson. Hace tiempo que dejé de sacar fotos. Lo que hago es grabar el sonido ambiente, para dárselo a Sergio cuando venga. En su colección tiene que tener este momento, este silencio que nunca más se repetirá, y que es parte de su vida, aunque no esté acá, físicamente. Agudizo el oído. No sé si la grabadora captará las respiraciones resfriadas. De lejos, y no tan lejos, llegan bocinazos. El tránsito en San José y en Colonia está colapsado por la marcha, y los conductores parecen apurados, rabiosos. Estamos a punto de llegar. Esta es la primera vez que voy a entonar el himno. Siempre me negué, pero ahora no.

Nota de autor: La principal fuente de la que recabé información fue el semanario Brecha, especialmente la cobertura que ha hecho Samuel Blixen, desde siempre. Agradezco a Valentin Rey la atenta lectura y las correcciones.

*Las fotos son de Agustín Fernández Gabard.

El cuento recitado por Jorge:


DISEÑO Pía Alive (identidad) | Florencia Sacarelo (arte) + Maggie Sagarra (web)

ninablaufoto@gmail.commaggies.84@gmail.com - Montevideo, Uruguay

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