• Jorge Fierro

Los fines de la cultura


Leí que el hombre que ordenó la edificación de la casi infinita

muralla china fue aquel primer emperador que asimismo

dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él.

Que las dos vastas operaciones

—las quinientas a seiscientas leguas de piedra opuestas a los

bárbaros, la rigurosa abolición de la historia, es decir, del pasado—

procedieran de una persona y fueran de algún modo sus atributos,

inexplicablemente me satisfizo y, a la vez, me inquietó.

Jorge Luis Borges (La Nación, 22 de octubre de 1950)

Primera parte: cuando me hablan de cultura saco mi pistola

Abril, 1964. Faltan pocos meses para que Sartre rechace el Nobel de Literatura por razones ideológicas. En un reportaje para Le Monde el escritor sostiene que una novela como La náusea no tiene sentido cuando en alguna parte del mundo un niño muere de hambre. Y agrega: “Yo descubrí, de repente, la explotación del hombre por el hombre, la alienación, la subalimentación [...] todo lo que hace que la infelicidad metafísica sea un lujo, relegándola a segundo plano”.

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Setiembre, 2015. Hay carpas en la Plaza Independencia. Entre 40 y 50 refugiados sirios reclaman por su futuro. Sienten que han sido engañados, que su vida en Uruguay no es como se les había prometido. Les preocupa no poder sustentarse dentro de un año, cuando el subsidio que reciben del Estado se acabe. Quieren irse del país. Javier Miranda, entonces director de la Secretaría de Derechos Humanos de la Presidencia, expresa: “¿Van a ser pobres? Sí, seguramente sí. Lo que no quiero es que sean indigentes”.

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Setiembre, 2015. Cuatro días después, misma locación. Las luces que bañan la Torre Ejecutiva se apagan. Se trata de un apagón simbólico, organizado por los diversos hacedores del cine uruguayo. Su principal reclamo es que el dinero destinado al Fondo de Fomento se ajuste por IPC, visto que en ese momento el dinero asignado representaba 59% de lo que era en 2008, al crearse la ley de cine. El actor César Troncoso declara en Telesur (canal multiestatal con sede en Venezuela): “Pensar que la gente sólo come, y que no necesita nada más que comer, es pensar cortito”.

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Las anécdotas mencionadas dan cuenta de un debate que siempre vuelve —cargado de dificultades intelectuales y de acusaciones éticas—, especialmente a la hora de establecer el rol del Estado, sus prioridades y criterios distributivos.

¿Por qué gastar en cultura cuando se podría invertir en salud y educación? ¿Por qué destinar fondos públicos para salvar Cinemateca cuando hay pisos enteros del Clínicas que se caen a pedazos? ¿Por qué exonerar de IVA a las coproducciones o a la distribución y exhibición de películas si se podría recaudar para los fondos de refugiados y fortalecerlos? ¿Por qué volcar lo que genere un impuesto a Netflix a la producción audiovisual uruguaya y no a la construcción de viviendas?

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Estas preguntas están formuladas de una manera retórica, no pueden habilitar una respuesta. Tienen un conjunto de valores en su interior, una definición del deber ser del Estado, pero especialmente una consideración de qué es lo más importante para las personas y la sociedad: educación, vivienda, trabajo, salud y seguridad, del lado de lo primordial; cultura y deporte, del lado de lo secundario.

Uno podría pensar, legítimamente, que los Estados deben garantizar las condiciones materiales esenciales para la vida, y luego, si algo sobra, destinarlo a las actividades secundarias, a los lujos metafísicos de los que habla Sartre.

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Imaginémonos que una razón instrumental de este tipo es llevada hasta sus últimas consecuencias, y que en medio de una Rendición de Cuentas los legisladores se abocan a reasignar los gastos del Estado.

Podríamos considerar dar de baja todos los programas culturales, vender las obras de Torres García, José Cuneo, Juan Manuel Blanes y demás —al mejor postor—, con ese dinero construir viviendas donde está el Teatro Solís, liceos de tiempo completo en el Museo Nacional de Artes Visuales, en la Sala Zitarrosa y en la Nelly Goitiño. Se podría adjudicar el edificio central del SODRE a la inminente Universidad de la Educación y restituir la Cárcel del Miguelete donde ahora está el Espacio de Arte Contemporáneo.

Con los fondos destinados a los salarios de los bailarines del Ballet del SODRE, a los músicos de las orquestas y a los gestores culturales de la Dirección Nacional de Cultura, contratar educadores, médicos, obreros y policías.

Acto seguido, dirigirse al interior de la educación. Eliminar las asignaturas inútiles, nada de literatura, historia y filosofía, cerrar la Facultad de Humanidades, agrandar la de Ingeniería, terminar con la investigación científica que no deriva en aplicaciones concretas, la llamada ciencia básica.

¿Cuánto le quitaría entonces el estudio de Shakespeare a la salud, o los Fondos Concursables a Secundaria?

Nada.

Segunda parte: cuando me hablan de pistolas saco mi cultura

Los hacedores de cultura y quienes investigan su acontecer han intentado lidiar con esa concepción de diversas formas, llenando miles de estantes de bibliotecas. Una posible manera de ordenar esas reflexiones infinitas, se me ocurre, es distinguiendo entre aquellas que postulan a la cultura como un medio, y las que la defienden como un fin en sí mismo.

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La cultura como medio comparte que hay valores prioritarios, pero entiende que las prácticas artísticas y culturales son útiles para esos valores. Es la idea de cultura como recurso, y quizás la podamos reducir a tres dimensiones.

1- La cultura como fuente económica

Aquí se da cuenta de las ganancias implicadas, los aportes al Producto Interno Bruto (PIB), los puestos de trabajo generados de forma directa e indirecta. La cultura es entendida como una mercancía.

Aparecen palabras clave o expresiones que se repiten: industrias culturales, divisas, valor agregado, cálculo, medición, impacto, mercado, capital, bienes y servicios.

En Uruguay esto tiene su expresión en la Cuenta Satélite en Cultura. Algunos datos de 2009: los sectores culturales facturaron 500 millones de dólares, 0,93% del PIB nacional, ocupando 20.000 puestos de trabajo. El audiovisual es el sector con mayor peso —0,44% del PIB—, especialmente las actividades de radio y televisión.

El lugar del hijo (2015), coproducción de Uruguay y Argentina, dirigida por Manolo Nieto. Sacada de Facebook.

2- La cultura para el desarrollo humano

Al observar que la violencia campea la sociedad entera, sin importar la clase social a la que se pertenece, o que las cárceles no rehabilitan a las personas, al empezar a considerar que la pobreza, por ejemplo, no es solo un problema económico, surgen iniciativas culturales que buscan generar espacios de convivencia sanos, en los que nos encontramos con otros y donde los conflictos no se resuelven a las trompadas o a los balazos. El modelo citado suele ser Colombia, donde se promovió la construcción de bibliotecas y plazas para la erradicación de la violencia.

Palabras y expresiones que se repiten: ciudadanía cultural, diversidad cultural, derechos culturales, UNESCO, participación e inclusión social.

Para hablar de Uruguay: circula por ahí un borrador de la Ley Nacional de Cultura que cita la Carta Cultural Iberoamericana. “La cultura se concibe como una condición, como un medio, como un fin para el desarrollo personal y social. No es posible pensar en alcanzar el bienestar en nuestros países si no existe una amplia participación ciudadana en el acceso, disfrute y construcción compartida de los bienes culturales. Entrelazamiento imprescindible entre políticas sociales, culturales y ambientales como parte sustancial de la construcción de la ciudadanía”.

Esta postura, si bien puede caer en infantilismos mágicos —como pretender que la cultura acabe con la pobreza—, o ciertos negacionismos —de las condiciones deplorables del sistema de salud, educación y vivienda de países como el nuestro—, suele señalar que la oposición entre lo prioritario y lo secundario es una falsa oposición. Así lo expresaba Hugo Achugar: “¿Qué es primero: la atención a la reforma económica y el mejoramiento social y económico, o la transformación cultural? Gramsci planteaba que no era posible lo uno sin lo otro”.

3- La cultura para la batalla cultural

Con los estudios culturales se fue detectando que la educación no era ni la única ni la principal fuente de formación de las personas. Nos constituimos con el consumo de productos simbólicos, que tienen su carga ideológica. Aprehendemos el sentido común, los estereotipos, el deber ser junto con las ideas de amor, los roles de género, cómo es el mundo y los otros a través de textos y películas.

“La realidad está sostenida por la fantasía”, dice Víctor Vich (doctor en literatura hispanoamericana e investigador en asuntos de teoría cultural, cultura popular y políticas culturales), “y los objetos culturales sirven para transformar los imaginarios que funcionan como soportes de las relaciones sociales establecidas”.

Con la corroboración de que las imágenes —al decir de Slavoj Žižek— no solo representan sino también constituyen, nos preocupa la división internacional de las mercancías culturales: unos producen, y nosotros consumimos. Así, la cultura se vuelve una cuestión de soberanía nacional —la nación misma es una construcción cultural— y una herramienta para el “cambio de cabezas”.

Un lamentable ejemplo de esto se dio en el concurso literario de la Intendencia de Montevideo, en cuyas bases se podía leer lo siguiente: “Asimismo, podrán conferir hasta dos menciones especiales por categoría. Una, a aquellas obras con abordajes destacables sobre igualdad y estereotipos de género, y otra, por tratamiento de temas de inclusión y diversidad sexual”.

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Pasando raya: en el primer caso, la cultura está a las órdenes del Ministerio de Industria, promoviendo solo las actividades redituables; en el segundo, la cultura es un programa más del Ministerio de Desarrollo Social; y en el tercero, estaríamos ante un Ministerio de Propaganda, con el riesgo de que los Estados tengan una estética propia (como el real socialismo soviético, por ejemplo), convirtiendo a los artistas en publicistas o pedagogos de la ideología predominante en las fuerzas que gobiernan.

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En la primera página de El recurso de la cultura, de George Yúdice, se relatan los comentarios de una funcionaria de la UNESCO que me es muy ilustrativo: “Se lamentó de que la cultura se invocara para resolver problemas que antes correspondían al ámbito de la economía y la política. Sin embargo —agregó—, la única forma de convencer a los dirigentes del gobierno y de las empresas de que vale la pena apoyar la actividad cultural es alegar que esta disminuirá los conflictos sociales y conducirá al desarrollo económico”.

El hombre nuevo (2015), documental dirigido por Aldo Garay. Sacada de Facebook.

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Desde una perspectiva radicalmente diferente se ha denunciado esta “dictadura del beneficio”, intentando posicionar a la cultura como un fin en sí mismo, valiosa, independientemente de su utilidad económica o de su aporte al desarrollo social. El término “utilidad” es resignificado. La pregunta “¿para qué sirve leer a Onetti?” carece de sentido, como preguntar “¿para qué sirve ser feliz?”.

Dice el filósofo italiano Nucio Ordine: “La utilidad de los saberes inútiles se contrapone radicalmente a la utilidad dominante que, en nombre de un exclusivo interés económico, mata de forma progresiva la memoria del pasado, las disciplinas humanísticas, las lenguas clásicas, la enseñanza, la libre investigación, la fantasía, el arte, el pensamiento crítico y el horizonte civil que debería inspirar toda actividad humana. En el universo del utilitarismo, en efecto, un martillo vale más que una sinfonía, un cuchillo más que una poesía, una llave inglesa más que un cuadro: porque es fácil hacerse cargo de la eficacia de un utensilio, mientras que resulta cada vez más difícil entender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte”.

La idea de que la cultura es un derecho humano inalienable tiene ciertos aspectos ligados a esta postura. Hay que democratizar el hacer por el hacer, las actividades de naturaleza gratuita y desinteresada, el desarrollo de la imaginación, la curiosidad, el placer y el deseo. La defensa del patrimonio cultural y de la memoria, también.

Tercera parte: debates sobre impuestos

Hay una idea extendida de que para nuestros gobernantes la cultura es vista como un lujo secundario, no se la visualiza como un recurso y mucho menos como un fin valioso en sí mismo. Así está expresado incluso en algunas publicaciones oficiales de la Dirección Nacional de Cultura. El desafío parece ser cómo promover un cambio de mentalidad en relación a la cultura, para que esta sea parte de una agenda de políticas públicas de Estado, con recursos acordes.

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En el contexto de la anterior Rendición de Cuentas, en la que se propuso cobrar IVA y el impuesto a la renta a Netflix, surgió un interesante debate en torno al destino de esa recaudación. El origen de la polémica estaría en que el sector audiovisual proponía que 50% de lo recaudado vaya directamente a la Dirección del Cine y Audiovisual Nacional (ICAU), sin pasar por Rentas Generales, a lo que se le oponen algunas personas que señalan que este impuesto —como todos los demás— sí debe ir a Rentas Generales, y desde allí los gobernantes establecer cómo distribuirlo según necesidades y criterios amplios.

La discusión quedó sintetizada en un programa en el que debatieron Pancho Magnou, con la postura del sector audiovisual, y Leo Lagos, con una postura más general o abstracta, pensando en el rol del Estado y su correcto proceder, digamos. Se puede ver el debate acá.

Paleodetectives, serie educativa de TNU y Ceibal (segunda temporada en curso), dirigida por Leo Lagos. F: Alejandro Mazza

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Preguntando a distintos economistas, pude averiguar algunas cosas. Que estos impuestos con un destino preestablecido se llaman impuestos afectados, que siempre son polémicos por su rigidez y porque les quitan discrecionalidad a los gobernantes de turno, lo que puede ser visto como un defecto, pues iría en contra de la democracia representativa, o una virtud, pensando en políticas a largo plazo. Que surgen cuando se hace patente que hay dificultades distributivas y no se quiere aumentar los gravámenes en general, y en esos casos, la aceptación está relacionada con el destino del impuesto. Que dependen de la incidencia de ciertos lobbies o corporativismos. Que en algunos casos hay una relación entre el rubro del que sale el impuesto y el rubro al que se destina lo recaudado, y en otros casos no.

Después, me encontré con algunas diferencias de opinión. Unos me dijeron que la tendencia mundial es a eliminarlos, que quedan pocos impuestos afectados y que la reforma tributaria de 2007 hizo una limpieza general. Otros me señalaron que la proporción de estos impuestos, en el mundo, parece ser alta. Que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) no los recomienda. Pero luego me señalaron que la OCDE aconseja eliminar subsidios y flexibilizar el mercado de trabajo, privatizar empresas, recortar empleo público y aumentar la edad jubilatoria para las mujeres, según un informe reciente, presentado en Argentina.

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Así como se discutió la conveniencia de hacer del gravamen a Netflix un impuesto afectado, existió la propuesta de cobrar un impuesto de ese tipo a los envases, y destinarlo a la creación de fábricas de reciclado. El ejemplo sirve para pensar si estamos ante un debate por la modalidad del impuesto o por su fin último. Quizás si es para paliar la contaminación estemos a favor de los impuestos de este tipo.

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Ejemplos de impuestos afectados locales son el Impuesto a Primaria y los adicionales del IMEBA, que van para la Comisión Honoraria Pro Erradicación de la Vivienda Rural Insalubre y para el Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias. El impuesto a las exportaciones “no tradicionales”, afectado al Latu, el impuesto a las exportaciones de carne, afectado al Instituto Nacional de Carnes.

En el ámbito de la cultura, el Fondo Nacional de Música (Fonam) se financia principalmente por un impuesto a todos los espectáculos musicales extranjeros, equivalente a 5% del total de lo recaudado. Este fondo permite comprar instrumentos musicales, grabar discos, organizar festivales de música, los Premios Graffiti. Acá se pueden leer los proyectos apoyados este año.

En el mundo del cine tenemos el MVD Socio Audiovisual —fondo de la Intendencia de Montevideo—, financiado con un impuesto que grava las exhibiciones cinematográficas y de lo que se cobra por el uso de espacios públicos para rodajes de publicidad. Este fondo brindó apoyos a ficciones como Relocos y Repasados, Clever y El lugar del hijo, a documentales como Manual del macho alfa, El hombre nuevo y Maracaná, y series como Rec, Feriados y Paleodetectives.

Una curiosidad: el Fonam fue creado en 1994 y el MVD Socio Audiovisual en 2004. En un caso la fuerza de gobierno era el Partido Nacional y en el otro el Frente Amplio. Es decir, estamos ante una misma modalidad de impuesto promovida por lo que se entiende que son dos visiones diferentes de la tributación y la economía.

Clever (2015), escrita y dirigida por Federico Borgia y Guillermo Madeiro. F: Guillermo Fernández

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¿Qué pasa en el resto del mundo? En Estados Unidos el cine se financia de manera privada, e incluso, en algunos estados, la financiación pública está expresamente prohibida. Hay, en cambio, un impuesto a la gasolina que está afectado a la construcción y mantenimiento de las carreteras.

Colombia, que suele ser el ejemplo en políticas culturales en general, y también el modelo sugerido en el caso del audiovisual, financia su Fondo para el Desarrollo Cinematográfico con un impuesto a las taquillas de cine. Las compañías telefónicas, además, tienen un gravamen que se destina a proyectos culturales, a bibliotecas y fiestas populares, como el carnaval de Barranquilla, por citar un ejemplo.

Argentina es otro caso paradigmático, donde recientemente hubo una polémica por el dinero destinado a la producción cinematográfica. El Fondo de Fomento Cinematográfico de la vecina orilla, el funcionamiento de su instituto de cine (INCA) y de su escuela de cine (Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica, ENERC) se financian por un impuesto afectado: el 10% de cada entrada de cine. La retórica para defender esta política es propia de la lógica instrumental: el cine argentino se autofinancia, dicen, no está subsidiado, no le quita nada a la educación y a la salud.

Por ultimo, la tierra de Sartre. El modelo cinematográfico más admirado del mundo, éxito de producción, de premios, de taquilla. ¿Cómo se financia la producción audiovisual en tierras galas? La mitad del dinero que gestiona el Centro Nacional de Cinematografía francés proviene de fondos públicos. La otra mitad deriva de un impuesto afectado: 11,5% de las entradas de cada película que no pertenezca a la comunidad europea.

Por si fuera poco, en estos días circuló la noticia de que plataformas de internet, caso Netflix, tendrán un impuesto afectado al Centro Nacional de Cinematografía. Lo anunció la ministra de Cultura, una tal Françoise Nyssen, que dijo que la medida impositiva permitirá “incorporar a estos actores en el círculo virtuoso del financiamiento creativo”.

Igual situación ocurre con muchas televisiones públicas. ¿Cómo se financia la BBC, la RAI de Italia, las emisoras alemanas ARD y ZDF? Con un canon, algo que quizás no sea estrictamente un impuesto afectado, pero que se le parece. En Francia, además de un canon, hay un subsidio y un impuesto a las empresas de telefonía, afectado justamente a la televisión pública francesa.

(We're not Going To) Fiesta Nibiru, de Manuel Facal, ganadora recientemente de MVD Socio Audiovisual para finalización.

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¿No les pasa a veces que escuchan los argumentos de un lado y comparten pero cuando escuchan los argumentos del lado contrario también terminan compartiendo? Como si el orden del discurso determinase nuestra posición.

Estos debates son muy complejos, y hay muchas visiones inteligentes. Quizás, incluso, haya posiciones híbridas. Personas que a priori están en contra de los impuestos afectados, pero que entienden que algunas expresiones —culturales o ambientales— podrían ameritar estos modelos, por tratarse de algo diferente a lo común, algo de mucho valor inmaterial, incapaz de acontecer bajo la lógica del mercado.

Lamentablemente, no hay –o yo no encontré– muchos estudios que crucen economía y cultura. Sería bueno saber qué condiciones hacen que haya fuertes apoyos a la cultura sin impuestos afectados, cuánto repercuten estos en los programas que financian, qué sucede comparativamente cuando hay impuestos afectados y cuando no los hay, qué caminos alternativos se pueden recorrer.

Por ahora me cuesta visualizar que desde Rentas Generales se vaya a destinar más fondos a la cultura, al cine o a Televisión Nacional de Uruguay. Siempre la prioridad va a ser otra, y es poco probable que haya intenciones de subir impuestos de manera generalizada para recaudar más. Vivimos los años de mayor crecimiento económico de la historia, me pregunto: ¿esto es lo máximo a lo que podemos aspirar: una política cultural entre pobre e indigente?

La nota recitada por Jorgito:


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