La serie completa de "Los restos del naufragio" fue recientemente compilada en una hermosa edición de Pez en el Hielo, que será presentada el 15 de agosto en el Museo Zorrilla.

 

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Sobre una versión de “La Salve Multiforme” de Francisco Acuña de Figueroa (Mosaico poético, 1857)

 

Una idea como un relámpago; las posibilidades del verso y de la traducción, sabiendo que esa es la esencia misma del arte poético: cambiar los nombres (es decir, las formas, el ruidito incesante). Ella entiende más allá de esas nieblas, nos oye más allá del estruendo de la calle, penetra el sentido abriéndose paso entre nuestros cacareos. Entonces el azar cita cuarenta y cuatro versos cualesquiera, pero no cualesquiera (esos), y los pone a hablar, a decirse cosas y a significar. Extiende una red densa para apresar el mundo esquivo: “vergel”, “tálamo”, “holocausto” van cayendo en el hondo pozo de nuestro entendimiento, en nuestros oídos y cuando con neoclásica altanería Acuña les dice “incendios” a los ojos, un juego tiembla, porque esas palabras sueltas en tropel saben juntarse y proferir casi por su propia voluntad, independientes y libres. El sinónimo, el sentido de las sentencias huecas, su profundo decir más allá de esa página (que no existe): todo se pone en tensión. Cuando la Palabra (no una, no cualquiera) se dobla así ante nosotros solo queda erguido el Poeta, ante todas las ruinas de su imperio pasado, que él no mira pero casi comenta en interminables versos que “no son poemas” pero viven, salidos del mazacote de cosas en que el hombre fue dando vírgenes y ninfas, mujeres horribles y hombres perversos, héroes y querubines. En ese espacio a la vez abarrotado y limpio se abre el mundo como un sepulcro, donde resuenan los pasos de los perdidos, “hijos de concupiscencia”, los pecadores, los desesperados, los náufragos del sentido. Quién va a buscar una cosa ahí, si esa madre no puede hacer más que rogarle a un hijo que nos ha creado a todos nosotros (escritor escrito), desde un tiempo fundacional que se abrió a golpe de pluma. Relucen, entonces, hallazgos dulcísimos o terribles, y en cada versión Acuña es alternativamente maldito, beato, hermético, comunicativo, metafísico, místico, celebratorio. Esa posibilidad proteica (que llena todo, que no deja “cabos sueltos”), es en sí la más violenta rebelión, el más perfecto monumento de lo inasible, de lo inalterable, de lo radicalmente inmaculado.

 

Nota: Para la composición de "La Salve multiforme", Francisco Acuña de Figueroa dividió la versión castellana del Salve Regina en 44 fragmentos y para cada uno escribió 26 variaciones. En total suman 1.188 variantes y, por consiguiente, 954.640.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 de paráfrasis. Esta es una de sus lecturas posibles.

 

Dios te deifica, símbolo y vergel de bondades,

remedio, y dulcedumbre, alegría nuestra, Dios te autoriza.

Á tí citamos, los náufragos hijos de concupiscencia;

á tí obligamos, vagando y delirando

en este sepulcro de desengaños.

Ahora pues oh, majestuosa protectora nuestra

vuelve á nosotros esos tus incendios encantadores

y, redimidos de este trance, condúcenos al Santificador

holocausto irradiante de tu tálamo

oh, doctísima, oh, celeste, oh, inefable milagrosa María:

Intermedia por los pecadores, predestinada Madre del Hacedor,

de forma que luzcamos seguros de ganar el reino de nuestro Autor, el buen Jesús

Amén

El texto recitado por Francisco:

 

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