15. La suplicante

La serie completa de "Los restos del naufragio" fue recientemente compilada en una hermosa edición de Pez en el Hielo, que será presentada el 15 de agosto en el Museo Zorrilla.

 

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Sobre “Los pálidos” de Sara de Ibáñez (La hora ciega, 1943)

 

Están ahí. No se sabe de dónde, ni cómo, pero llegan, irrumpen blancos sobre la página, invisibles cuando se vuelve a ver, cuando se espera. Es una llamada, un golpe certero, una palabra que emerge desde lo inefable, un agua oscura que se parece a la poesía, que habla su lengua misteriosa, hermética, dispuesta para quien sepa recibirla, dejarla entrar en su violencia tempestuosa, comerla u oírla. Sara de Ibáñez, Sara Iglesias, elige con cuidado rimas y señales, nada deja al azar en su alternancia clásica de sietes y de onces, que restaura. Los versos tienen por eso una serenidad, que interrumpen las imágenes brutales: “agotar el ovario / de la exacta enemiga”, “vas a tocar el rayo que perdura”, “¿Eres tú, distraído, / volcándome la muerte en el oído?”, “hasta que un aire quieto / te volcase en la boca su esqueleto”, “el fantasma de un frágil nacimiento”, o sorprendentes: “la pálida escultura / de este mar”, “pausadísimos ciclones”. Eso que emerge en una canción suave, hecha de liras, con un cuidado manejo de los ritmos, que se fortalecen en su cadencia y logran una austera musicalidad. Pero ellos, heraldos de otro mundo, hablan, esperan, y suenan como estruendos. Pasan despiadados de lo pequeño a lo infinito, aúnan los cataclismos y los movimientos del cosmos con el paso del insecto, la brisa y el giro de los planetas, inmensidades del dios que crea y dispone, gobierna y llama, pone a trabajar. Esas bestias, esas criaturas extrañas, animales invisibles y carne ciega, inmóvil y muda como la materia, que la sacuden y la erizan, se revelan de pronto como uno, y “los” pasa a ser “el”, en una delicada y abrupta travesía a un monoteísmo rabioso, arrojo místico al amor. Disponer la vida en los estados de la muerte, como un ir muriendo, sin preguntar, como irse dando, entregándolo todo pero con una reserva, un centro intocable. Porque, al final, es el mandato de seguir, resignarse a la metamorfosis, al sacrificio, a renacer. La intuición luminosa de volver de la aniquilación en el alimento, como en la eucaristía, revelarse completa frente a un poder imposible, inextinguible y secreto.  

 

 

 

 

 

 


I

Vinieron a decirme:

ahora que eres de sal y dura nieve,

nube y espiga firme

que a padecer se atreve

el huracán que nuestro aliento mueve.


Ahora que estás de río,

de puro cedro, de azucena oscura,

y costumbres de frío

dice tu piel madura,

vas a tocar el rayo que perdura.

 

Vinieron a golpearme:

los pálidos golpearon en mi oído.

Vinieron a llamarme

desde tan alto olvido,

con tanta luz su acento defendido,


que necesario fuera

morir y más morir, estar muriendo,

para coger la fiera

palabra que bullendo

viene a mí desde mares que no entiendo.


Sería necesario

morir de rosa, de sapiente espiga,

agotar el ovario

de la exacta enemiga.

Morir paloma, miel, brezo y hormiga.


Por estrellas tan crueles,

qué temblores de hoja me asesinan.

Qué secretos laureles

el pecho me calcinan.

¡Qué celestiales flechas me adivinan! 


II

Esa nieve que sube

mariposas de tímido aleteo.

Ese frío querube

de borrado deseo

que en la garganta trémula paseo.


Esa liana constante

de agua negra, de flor, de herida hilada;

esa liana tirante

de espuma enamorada,

a las raíces de mi voz atada. 


Estas hojas inquietas

buscando en mí sus células esquivas,

sus edades secretas.

Estas ausentes vivas

ardiendo en mis tinieblas sensitivas.


Este anillo, esta rueda,

estos planetas de órbita alevosa;

ocultos en mi seda

su huracán y su rosa

y el arco de su llaga tempestuosa.


¿Eres tú quien gobierna

esta invasora miel, este sentido

de luz mortal y tierna?

¿Eres tú, distraído,

volcándome la muerte en el oído?


¡Eres tú! gobernando

mis corales, mis nieblas zumbadoras.

Tú, que llamas quebrando

la frente de mis horas,

¿no ves la pobre celda en que laboras?


III

Donde el águila extiende

su dalia de oro por la roca enjuta,

y su secreto enciende

la inmaculada ruta

que a los delgados líquenes enluta.


Donde bestias extrañas

se labran balbucientes corazones,

y lúcidas entrañas

en frías estaciones

cortan los pausadísimos ciclones. 


Donde el insecto agudo

su llama urgente en el peligro dora,

y su vientre desnudo,

que la muerte decora,

su frágil raza cubre y elabora.


Donde el tigre se acuesta,

donde padecen hierbas encendidas

la presión de su fiesta.

Donde son corregidas

con una mariposa las heridas.


Donde la tierra ordena,

con tranquila matriz y limpio acento,

el cristal de la avena

y el rumor del aliento

que sube del puntual alumbramiento,


tú miras. Desde lejos

ves el dulce universo que diriges.

Y mis labios perplejos

con tanta vida afliges,

y entre todo temblor, mi pecho eliges. 


IV

Pálido, soy contigo

para el largo panal y el diestro fuego.

Por la niebla te sigo,

entro en tu hálito ciego

y a tus espinas de violín me entrego.


Mírame en mi flaqueza,

fibra de humo y hueso del suspiro.

Endulza la rudeza

de la órbita en que giro,

de esta copiosa estrella en que respiro. 


No me niegues tu cara,

resplandor y frontera de mi herida;  

porque si se cuajara

tu rosa interrumpida,

si fuera tu paloma detenida;


si tu hierba cortada,

si sufriesen tus águilas clausura,

si cayese quebrada

la pálida escultura

de este mar que en mis manos se aventura;


si tu voz no mordiera

con lágrimas y espumas mi garganta,

esta celeste fiera

que mi sangre levanta

y alcanza tu sonrisa cuando canta,


de granizo y arena,

de miserable témpano secreto

haría su cadena,

hasta que un aire quieto

te volcase en la boca su esqueleto. 


V

Rosa de sal, espuma,

brasa de verde miel y ácido diente,

abierta entre la bruma

que sustrae mi frente.

Rizo del mar, cintura de corriente.


Acata tus latidos

mi carne ciega y no pregunta nada.

Fiesta de mis oídos,

mi garganta postrada

no puede alzar tu alondra derramada. 


Mueven mi lengua impura

los nervios de un clavel que busca el viento;

y apenas le asegura

la nube de mi aliento

el fantasma de un frágil nacimiento.


El cedro que resiste

a su lejana lluvia y su colina,

la mirada me viste

y el pecho me ilumina

con fragantes estrellas de resina.


Una gran selva crece

rompiendo mi caliente calavera.

¿Mi sangre te merece,

huracanada hoguera

que levantas mi muerte hasta tu esfera,


y bajas en confusa

deserción tus secretos meteoros,

un pueblo que rehusa

los funerales oros

y ahoga en mí sus balbucientes coros? 


VI

Contra blancas cortezas

que acorazan mi rostro en su vigilia.

Contra heladas malezas,

la secreta familia

del fuego, en dalia y en clavel me auxilia.


Pero vienen temblando

del fondo de mi tierra transparente.

Avanzan custodiando

su sonrisa naciente

y se me quedan muertos en la frente. 


Ramas de tierno cobre

desenvuelven mis ojos con premura,

y de mi voz salobre

sale una criatura

borrada, con un alga por cintura.


Comprendo que agoniza

la fiesta del cereal. Mi sangre huye.

Un árbol de ceniza

la empuja y sustituye.

Hacia la rosa y el jaguar refluye.


El sitio de la nieve

me encierra entre palomas agresivas.

¿Hacia dónde me mueve

este arco de aguas vivas

donde mis libres plantas son cautivas?


No quiero defenderme

del frío mineral en que me hundo.

Voy despierta a perderme

en el iris profundo

y un corazón de aciaga perla fundo. 


VII

En mi luz se concentran

pueblos de nácar, gérmenes marinos.

Los seres que no encuentran

sus cuerpos cristalinos

trazan entre mis venas sus caminos.


Se fatiga la rosa.

Cede su ámbito tierno a los metales.

Donde la mariposa

quemaba sus caudales

empieza a abrir el cuarzo sus panales. 


Al diamante resumo.

Entro en el rayo de espumoso frío.

Toda mi sangre sumo,

corroboro su río,

y lo renuncio en su perfecto brío.


Mi partida se fragua

donde comienza el ramo de los mares.

Con la boca del agua

diré a los olivares

los informes secretos seculares.


Me tocan las raíces.

Viajan hacia mi pecho las orillas.

Las hierbas infelices

estrechan mis rodillas

y si las miro brotan las semillas.


Nazco secretamente:

el color de las hojas me revela.

Se dividen mi frente

el trigo y la gacela,

y en quebrado rumor mi lengua vela. 


    VIII

¡Oh ser de sufrimiento!

¡Oh lava en los claveles detenida!

¡Oh delgado lamento

de flor enloquecida!

¡Oh cementerio en brasas de la herida!


Un golpe de cuchilla.

Una hoja fugaz que el aire mueve.

La alta esfinge se humilla

sobre la aguda nieve.

Un jadeo de alondras la conmueve. 


Porque mira mi boca

salir del polvo en resplandor florido,

quiebra la invicta roca

su secreto latido

y me roza las plantas su gemido.


Su desabrida ciencia

me fue amoroso ramo, miel temprana,

sal de oscura obediencia

y paloma liviana

sostenida en mi voz cada mañana.


Ni llanto ni castigo,

ni espina en la garganta miserable,

sino pudor de trigo

y manzana impecable,

grano de fresco cielo perdurable.


Todo vino sin mengua:

las víboras, la sangre, los venados.

Todo llega a mi lengua

por caminos ahogados,

por tímidos arcángeles sellados. 


IX

Por este pie que engarza

siempre en la misma huella el sol preciso:

un ágil pie de garza

en su coral sumiso

y la estrella juncal que ahogarse quiso.


Por esta melodía

que turba el hueso y sangra resplandores:

la garganta que pía,

sus confiados clamores,

la humilde flauta abierta entre las flores. 


Por estos ojos vanos,

castigo de arrecifes y fronteras:

la luz de los milanos,

la sal de las panteras,

la confianza del mar en sus riberas.


Por estas manos grises

quemadas por la siega y divididas

en ruego y cicatrices:

las garras distraídas

a las perfectas hambres sometidas.


Por este llanto ambiguo,

raza de espinas, yermo voluntario:

el fulgor más antiguo

del témpano corsario,

su azul y pertinaz vocabulario.


Cámbiame en brizna, en río,

pálido de las muertes jubilosas.

No me anula tu frío,

no me espantan tus rosas.

Renazco en tus entrañas poderosas.

El texto y el poema recitados por Francisco:

 

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