La serie completa de "Los restos del naufragio" fue recientemente compilada en una hermosa edición de Pez en el Hielo, que será presentada el 15 de agosto en el Museo Zorrilla.

 

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Sobre “Las serpientes eternas”, de Emilio Oribe (Ars Magna, 1960)


El año es 1956. El poeta, que ya ha visto mucho, llega a la India. No debería ser difícil imaginar el impacto emocional que el viaje supone para Emilio Oribe: abrirse a lo otro absoluto. La escena, despojada de exotismo, casi se puede ver. Los versos tienen una textura suave, hecha de extensas palabras que se van moviendo seductoramente y crean un ritmo sinuoso, elástico, en base a un uso desvergonzado de los adjetivos y a la vertiginosa sucesión de verbos. Es esa música la que conduce las ideas, un dispositivo intelectual que se activa a partir de la anécdota y explora las consecuencias de la metáfora. En una nota al poema publicada en La Licorne, Oribe se pregunta si la comparación no servirá mejor como ilustración del relativismo de Protágoras antes que del idealismo platónico, pero frente al texto, eso poco importa, porque la verdad poética es necesariamente de otra especie: en la sucesión de recursos la plasticidad de la danza del pensamiento lo toma todo, en embestidas de versos sorprendentes. Así, alternan las “llamas viscosas / y mojadas” con los hombres “solemnes como ascéticos demiurgos, / filosofantes lúdicos con párpados de fuego” y con ese “imán constante de plenilunio y flautas”, el regir magnético de los astros sobre los cuerpos en trance. El espacio que se dibuja en la página, un zigzag quebrado apenas por los números, parece alzarse como el animal, la fiera, el dios, todo a la vez, de su canasto, en una calle de Delhi, como un humo, como una plegaria, como una escalera enredada que asciende a un cielo de perfectas simetrías. Todo pasa, austeras e imperturbables, las imágenes se suceden como de a relampagazos y uno está de pronto en ese rojo, en ese lugar creado en el poema, sostenido en sonidos y en visiones (las “sólidas barbas”, las “chatas cabezas”): un arrojo sin esfuerzo al arte más alto, como jugando, el abandono frente al infinito de lo que, incierto fragmento del universo, se ofrece sin saberlo a la poesía como a un involuntario sacrificio.

 

 

 

 

 


I

¡Ah, tan irresoluble,

como el poder que hace crear los mitos,

dinastías y cantos,

será siempre el enigma

de los encantadores de serpientes!


II

Admirad a los ancianos de sólidas barbas

que en su nirvana inmersos,

dominan en conjunto y en un fugaz instante,

su hirviente serpentario.


Las serpientes

bajo el tenaz conjuro de la música,

suben con mansedumbre,

como llamas viscosas

y mojadas.


¡Admirad a los jóvenes encantadores de serpientes,

solemnes como ascéticos demiurgos,

filosofantes lúdicos con párpados de fuego,

que en su oficio restauran

toda una ardua temática ancestral,

para que el monstruo luzca al orbe espléndido

su impávida belleza!


Frente a sus dueños,

las serpientes oscilan sus chatas cabezas

como errantes medallas

que buscan irse al pecho de los astutos déspotas.

Después se balancean, indolentes,

movidas por ingrávidos oleajes,

como en un turbio estanque

los pensativos lotos.


III

Al verlas en tal trance,

yo, Emilio Oribe, enuncio

la sorprendente hipótesis

de que existe el jardín de las serpientes eternas.

Fue al mirar unos diáfanos efebos

que actuaban como heraldos de jardines.

Huéspedes enjutos de las hogueras del sol índico,

encantaban a las idólatras bestias

confiando más que en músicas monótonas,

en el mirar profético y la astucia constante que atestiguan

la implicación recíproca del hombre y la serpiente.


De los encantadores que recuerdo,

siempre he de preferir

aquellos que son jóvenes

y casi adolescentes,

pues nacieron dotados de ilímites poderes,

y descifran mejor que el más sabio artilugio

los signos de los dioses en las bestias.


Se ofrecen, por complaceros, semidesnudos

y cumplen su misión sin esfuerzo, ni fatiga,

naturalmente,

como si respiraran o

jugaran.

Como si acariciara

su displicencia nómade,

los rizos y los brazos

de huidizas doncellas.


IV

Una noche,

bajo un imán constante de plenilunio y flautas,

entre el asombro turbador del ánima

yo temí en que en la sombra las serpientes

la alta rueda empañaran del cóncavo zodíaco.


No obstante, ¿qué esplendor les fue negado

a los encantadores de serpientes,

como un oprobio de su arcilla mágica?

¿Por qué sólo sugieren

transcendentes metáforas?

¿Qué pozo de tinieblas les mana en el espíritu?


¿Y por qué no he de amar

su anónima miseria,

si en su humildad de réprobos

me traen los simulacros

de todos los geniales inspirados,

y al verlos encantando a sus esclavas,

confirmo en mí la hipótesis

de que existe el jardín de las serpientes eternas?


V

¿Qué es lo que los pierde en el fracaso

de ser tan sólo imágenes o esbozos,

de aquellos que convocan con cautela infinita

del pensamiento puro las esfinges?

Los míseros

son ídolos frustrados,

que hacen pensar en las instancias

más difíciles

de la aventura humana.

¡Y qué inaccesible orgullo el que suscitan!

Dominar un instante

la creación absoluta del espíritu,

violando el gran secreto que clausura

el eleata jardín de las ideas perfectas,

que no es otro que el jardín de las serpientes eternas,

donde éstas,

como avaras,

atesoran

las grandes sinfonías

de los siglos,

los pálidos teoremas de las artes,

y el frenesí de las danzas y los cantos.


VI

¡Ah sí, pero

tan irresoluble,

como el poder que hace morir los mitos,

dinastías y cantos,

será siempre el enigma que sin perdón destruye

a los encantadores de serpientes!

 

 

 

El texto y el poema recitado por Francisco:

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