Los casetes de Levrero, primera parte

08.09.2017

Después puse un casete al azar

y lo primero que se escuchó fue una versión

–por una orquesta para mí desconocida–

de un tema popularizado hace muchos años

por la orquesta de Enrique Rodríguez

(algo así como “Noches de Hungría”

o “Amor en Estambul”).

-El discurso vacío

 

En mayo de 2016 la familia de Mario Levrero puso a la venta la biblioteca personal del escritor. En los días previos hubo barullo en las redes sociales; se oyeron voces que apoyaban y voces que cuestionaban la decisión. Quienes la criticaban aducían que –además de dispersarse un importante archivo– se perdería la oportunidad de consultar esos libros para conocer, no solo los gustos de Levrero, sino también sus hábitos de lectura. Este debate generó, con la anuencia de la familia, la formación de un equipo de personas que revisaría uno a uno los volúmenes de la biblioteca para buscar cualquier marca, anotación o subrayado que Levrero hubiera hecho en ellos.

 

Mi casi nula presencia en las redes hizo que me enterara a último momento de todo esto; un amigo me invitó a participar, y allá fui. A los pocos minutos ya me había impacientado: no surgían demasiados hallazgos y lo que aparecía no me resultaba tan sorprendente o interesante. Sin embargo, la atmósfera de fetichismo y morbo me animaba a seguir. De repente, Juan Ignacio Fernández, dueño de casa e hijastro de Levrero, apareció con una pila de 15 o 20 discos de vinilo que habían sido de Mario. Dejé caer varios libros y me abalancé sobre los discos. No recuerdo todo lo que había; sin dudas, mucha música clásica (Bach, valses, danzas húngaras), tango (Goyeneche, Gardel), un disco de música infantil. “Hay que hacer algo con esto”, le dije a Juan Ignacio, mientras secaba con disimulo la baba que había goteado sobre las tapas. “Yo soy DJ, paso música en este formato; un día tenemos que armar algo y escuchar estos discos”. La idea no se concretó –nunca es tarde–, pero quedó girando en mi cabeza todo este tiempo.

 

Cuando surgió el proyecto Sotobosque quise escribir sobre aquellos discos, hablar de los gustos musicales de Levrero y de las numerosas referencias que dejó en su obra. Me contacté con Juan Ignacio; me contestó lo siguiente: “Estimado, revisé las cajas en casa y no encontré más vinilos de Jorge. Los que traje para la venta estaban en lo de mi madre, pero mezclados con los de ella”. La nota parecía diluirse. Sin embargo, otra parte del mensaje me animaba: “Están las grabaciones de la radio que hacía en casete”. Esto era mucho más interesante aun. Quedamos en que buscaba los casetes y me avisaba. Mientras tanto fui repasando entrevistas y releyendo los libros; también me contacté con Nicolás Varlotta, hijo de Mario, para pedirle información y recuerdos. Entretanto, recibí otro mail de Juan Ignacio: “Me puse a buscar los casetes y no los encuentro, che. No sé, tengo miedo que se haya traspapelado esa bolsa y esté ya no sé dónde”.

 

De todos modos, seguí con las relecturas –siempre hay buenos motivos– con la intención de escribir una nota basada en las referencias musicales que Mario dejó en su obra y en los recuerdos de Juan Ignacio y Nicolás.

 

 

En uno de los primeros mails que intercambiamos, Juan Ignacio me contó que Mario amaba el tango, y que mantenía la radio sintonizada en Clarín muchas horas al día. Le gustaban especialmente Aníbal Troilo, el Polaco Goyeneche y, por supuesto, Carlos Gardel. Era un fanático total, un estudioso del género, y un gran conocedor de la programación de Radio Clarín.

 

Grandes novedades. Dos tangos que no conocía por Pugliese; para colmo, uno de ellos instrumental. No alcancé a oír el título; sí el nombre del autor: Ruggiero. ¿Habrán renovado la discoteca?”; Bueno, en Radio Clarín pasaron ‘Derecho viejo’. La primera vez no podía creer lo que oía; no sabía qué orquesta era. Al principio pensé en Osvaldo Fresedo, porque había arpa, o vibráfono, pero enseguida salieron todo tipo de vientos, aparentemente clarinete u oboe, seguramente trompeta, y cantidad de cuerdas. Tampoco la velocidad era la de Fresedo, ni la energía, ni, no puedo encontrar mejor expresión, los huevos. Era raro y fuerte, muy fuerte. Jamás hubiera pensado en De Caro, porque la orquesta de De Caro no me gusta mucho...

-La novela luminosa

 

En el libro Mario Levrero para armar: Jorge Varlotta y el libertinaje imaginativo, Jorge Califra –un amigo de la infancia de Levrero– recuerda que durante la adolescencia se pasaba la mayor parte del día tumbado en la cama leyendo y escuchando tangos en Clarín, y que incluso había confeccionado con hilos un dispositivo que le permitía prender y apagar el aparato sin levantarse de la cama. El tango era parte esencial de su vida, y las letras de algunas canciones le sirvieron como guía de calles cuando se mudó a Buenos Aires. Una orquesta que admiraba particularmente era la de Enrique Rodríguez. Según recuerda Juan Ignacio, le encantaba por lo mala que era.

 

Cuando regresábamos con mi mujer de un largo viaje en auto, durante un buen rato nos había acompañado un programa de radio dedicado precisamente a Enrique Rodríguez. Fue algo maravilloso, solo empañado por la imposibilidad de compartirlo con mi mujer, concentrada en el volante y muy incómoda por verse obligada a escuchar semejante mamarracho. Yo puedo gozar de Bach y de Vivaldi tanto como ella, y sé distinguir entre Bach o Vivaldi y Enrique Rodríguez. Pero en ese momento no podía explicarle que esa orquesta es para mí algo similar a la contemplación de ruinas invadidas por la vegetación. No por el tiempo transcurrido, aunque en cierta forma el tiempo transcurrido acentúa el efecto, sino que, en este caso particular, ya la intención original de Enrique Rodríguez era en su momento una ruina invadida por la vegetación. Eso es lo que me dice su música...

-El discurso vacío

 

Juan Ignacio recuerda que Levrero adoraba a los Beatles, que apreciaba mucho a Frank Sinatra y a Eduardo Darnauchans, y que amaba el jazz, sobre todo Louis Armstrong, John Coltrane y Miles Davis. En relación a este último, Alejandro Ferreiro tiene una anécdota muy interesante y que pinta la sensibilidad de Levrero a la perfección. En una nota para la revista Lento cuenta que a poco de haberse conocido comenzaron a intercambiar discos y casetes; entre las primeras cosas que Alejandro le prestó a Mario, figuraba un disco con la banda de sonido del film Siesta (1987, dirigido por Mary Lambert), con música de Miles Davis y Marcus Miller. Recuerda Ferreiro que cuando le devolvió el disco le dijo que Miles Davis era un peligro, porque al escucharlo "una nota específica emitida por el músico estadounidense lo había desequilibrado. El resultado emocional de ese sonido lo había obligado a detener la música. No había más que admiración en su comentario [...] al devolverme los discos, hablamos mucho del tema. Estaba impresionado por ‘esa nota’, por ese soplido magistral que lo había desestabilizado”.

 

Por su parte, Nicolás Varlotta recuerda que a su padre le encantaba la música barroca, especialmente Bach, y que detestaba la ópera y a Beethoven.

 

Por la Radio del SODRE [...] a veces transmiten algo de barroco; muy escaso para mi gusto, porque me pasaría todo el día escuchándolo placenteramente. También transmiten obras de músicos nacionales y otros americanos poco conocidos (por mí), e incluso a menudo pasan algo de Villa-Lobos, que siempre suena bien. En esos programas se oyen a veces unos sonidos muy extraños, una música contemporánea que parece hecha exclusivamente para alterar el sistema nervioso; pero también es un cambio favorable. Lo único que no soporto es la ópera. Y lo más difícil de soportar es la música sinfónica. (...) Son formas musicales esencialmente muy simples, cuyo único merito es el volumen de sonido. Hay excepciones, como siempre; soy fanático de La consagración de la primavera que, si bien no es una sinfonía, utiliza todos los recursos de la gran orquesta y hace todo el ruido posible. Pero es algo creativo, regocijante, lleno de imaginación y color, y no como esos torpes golpeteos de Beethoven, que siempre me hizo acordar a un niño tocando el tambor a la hora de la siesta.

-La novela luminosa

 

El personaje principal del cuento “Alice Springs”, tras sufrir un desengaño amoroso, sintió como su mente “se llenó con una odiosa sinfonía de Beethoven, una orquestación ampulosa llena de timbales y efectos germánicos. Algo estaba mal, incuestionablemente mal, muy mal...”.

 

Nicolás también señala que Mario amaba a los Beatles (La ciudad fue escrita con su música sonando y aparecen en el epígrafe de “Alice Springs”), y agrega que escuchó bastante a los Rolling Stones, que le gustaba Jaime Roos, y que en los últimos tiempos escuchó y apreció a Fernando Cabrera. A su vez, recuerda que estaba muy abierto a todo lo experimental, que le encantaban los trabajos de Leo Maslíah –incluyendo material no muy conocido, como una serie de discos llamados Sin palabras– y apreciaba las creaciones digitales de otro amigo suyo: Eduardo Abel Giménez.

 

 

También menciona que disfrutaba enormemente de la chanson francesa: Charles Aznavour, Jacques Brel, Édith Piaf. En cuanto al tango, Nicolás recuerda el amor de su padre por Astor Piazzolla.

 

Me levanté tan temprano que pude escuchar el informativo meteorológico del SODRE. Al principio tiene alguna información interesante, pero pasa el tiempo y la mujer sigue hablando, y cuando me di cuenta de que estaba escuchando la temperatura mínima y la temperatura máxima que había hecho en cada uno de los diecinueve departamentos, cambié el equipo para el modo casetera y escuché un casete de Piazzolla.

-La novela luminosa

 

 

En esto me encontraba cuando recibí otro mail de Juan Ignacio: “Gonzalo, ¿todo bien? Ordenando mi casa encontré parte de los casetes de Jorge. No son todos, pero tal vez dé para que trabajes en la nota”.

 

Pocos segundos después, tocaba el timbre de su casa. Quería observar los casetes, revisar las etiquetas, tomar anotaciones, sacar fotografías, conocer qué discos había grabado, qué temas había seleccionado de la radio. Juan Ignacio ofreció que me los llevara a casa y los escuchara tranquilo. Gracias a él ahora tengo aquí a la vista, en una repisa de mi escritorio, 48 casetes repletos de música grabada por Mario Levrero.

 

Salvo algunas excepciones, los casetes están en aceptable estado de conservación: las cintas se escuchan en buena calidad y volumen, las etiquetas se preservan sanas –aunque algunas han sido parcialmente devoradas por insectos y las anotaciones hechas a lápiz han perdido nitidez–, las cajas están sin roturas aunque algo sucias, cosa que estoy solucionando con paciencia, hisopos y alcohol rectificado. La mayoría son TDK o FUJI de 60 o 90 minutos.

 

De los 48 casetes, solamente seis son originales:

-Sonamos, pese a todo. Recital Mastropiero, Les Luthiers.

-Goyeneche. Atilio Stampone y su Orquesta Típica, Roberto Goyeneche.

-Pugliese por Pugliese, Osvaldo Pugliese.

-Pedro y el Lobo/Guía de orquesta para jóvenes, Serge Prokofiev/Benjamin Britten.

-En vivo y Sin palabras I, Leo Maslíah.

El resto son grabaciones realizadas desde otros casetes, desde discos o desde la radio.

 

 

El humor en la música parece haber tenido un atractivo especial para Levrero. Hay cuatro casetes de Les Luthiers, dos de Ernesto Acher (integrante de este conjunto durante más de una década), tres de Spike Jones (un músico y líder de banda estadounidense, que realizaba arreglos satíricos de temas clásicos y populares), y seis de Leo Maslíah. Entre los casetes de Maslíah, se destaca uno que contiene dos versiones del tema “Feria de pueblo” (una de cada lado; el casete es completamente blanco, sin marca), y otro con la música y los diálogos completos de Santo Varón, un proyecto audiovisual basado en la serie de historietas del mismo nombre realizada por Jorge Varlotta y Lizán (Eduardo Lizasoaín).

 

Hay dos casetes extraordinarios, con música de Hernán Oliva, un violinista nacido en Valparaíso, pero que desarrolló casi toda su carrera en Argentina; una suerte de Stéphane Grappelli, pero que, además de jazz, tocaba tangos. Oliva era desconocido para mí, y estos casetes significaron un gran descubrimiento y un verdadero deleite (la biografía del músico también es fascinante, una vida trágica y bohemia).

 

Otro casete fabuloso contiene la música del disco Themes, del compositor griego Evangelos Odysseas Papathanassious, más conocido como Vangelis (el de “Carros de fuego”). Es una compilación de temas ya editados y de algunos inéditos utilizados en bandas sonoras de películas. El librillo del casete es una fotocopia del original y está bastante roído. Cuando lo abrí, salieron disparados tres pequeños insectos de muchas patas; a uno pude exterminarlo, los otros dos se escabulleron y viven ahora en algún lugar de mi casa. Puse el casete, que estaba rebobinado y pronto para escuchar del lado A; lo que sonó me resultó muy familiar: es la música que suena durante los créditos finales del film Blade Runner (Ridley Scott, 1982), aunque yo la conocía por haber sido la cortina musical de “Fútbol de primera”, el programa de Enrique Macaya Márquez y Marcelo Araujo.

 

También hay casetes con música de Glenn Gould, el excéntrico pianista intérprete de la obra de Bach, de los virtuosos guitarristas Paco de Lucía, Al Di Meola y John McLaughlin, de la banda sonora de la película All That Jazz (Bob Fosse, 1979), de un sexteto para cuerdas de Johannes Brahms, y de los bluesmen Howlin’ Wolf y John Lee Hooker.

 

Dos casetes me dejaron perplejo: uno de ellos contiene –grabados en orden inverso– los temas de The Immaculate Collection, de Madonna, música que hubiera afirmado completamente ajena a los gustos de Levrero; el otro recopila una gran cantidad de canciones de un tal Padre Zezinho (“Estoy pensando en Dios”, “Sin mi Dios no sé vivir”, “María de mi niñez”). Zezinho fue uno de los pioneros de la música cristiana en Brasil (incorporó al género la guitarra eléctrica y la batería) y ha desarrollado un vasto trabajo evangelizador desde la música, el teatro y los medios de comunicación.

 

Por último, queda por mencionar un conjunto de 17 casetes con grabaciones hechas de la radio. Es el trabajo de un exquisito selector. Están divididos en tres series: “De la radio” (9), “Extra” (5) y “Uso general” (3). Cada casete está numerado –por lo que sabemos que existieron al menos 61 compilados “De la radio” y 11 “Extra”– y con anotaciones hechas a mano: a veces los nombres de los temas, otras de los intérpretes, a veces con tachaduras, otras con comentarios. La música que contienen es muy diversa, por momentos representativa de los gustos de Levrero, por otros, desconcertante.

 

Para conocer en detalle el contenido de estos casetes, pueden leer o escuchar la segunda parte de esta nota aquí.

 

 

Postdata. Uno de los casetes es distinto a todos, y es un tesoro. Contiene una serie de mensajes dejados por alguien muy especial en la contestadora del teléfono de Levrero el 26 de noviembre de 19961:

 

Jorge: te habla Darno. Eh, buah. Se ve que no estás. Son las dos de la tarde... Te quería dejar un abrazo grande y... no leí todo el libro todavía y leí salpicado, pero es impresionante este libro, loco. Yo no soy crítico literario, pero me gusta la literatura. Nada más. Este. Bueno. Quería decírtelo, porque también hay que decir las cosas. Un abrazo grande. Para mí fue un orgullo y un gran placer haber trabajado para ti. En el mejor de los sentidos de la palabra trabajo: el trabajo del afecto. Bueno, un beso y un abrazo. El Darno.

1 En el audio que acompaña esta nota pueden escucharse los mensajes.

Para escuchar la nota:

 

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