Morada IV: Edulcorantes restringidos

 

Ese febrero yo hacía trabajo de oficina, con almuerzos femeninos de oficina, lo que es igual a comidas vigiladas, y a las indigestas viditas cotejadas a través del polvo en suspensión de los rincones improvisados como salones comedores, del sol haragán, en hilitos bizcos, que inspecciona los edificios viejos y contenta el pausado rendimiento del empleado que veranea en las ciudades.

 

Mandaba un calor que no tiene nombre, un nombre que si se decidiera a revelarse sería producto de un movimiento antinatural, la mecánica topeada por la rigidez de la cadera, atenazada por la lentitud que provoca la hinchazón del pavimento, con arranques voluntariosos: uno, dos, pierna, pierna, vamos. Las flores de los puestos de los semáforos seguro también se estresan.

 

 

 

Los vidrios que vibran con la avenida no atajan los trinos tampoco y encuadran prosaicamente a dos hombres cargando tachos de pintura, a tope de calas, dos tipos, uno de championes flúo, como cholas, con maceteros en el lomo, y otro más junto al pecho. Casi mellizos, brotados en verde y blanco, como juncos de bazar, como consuelos de deudos.

 

 

 

Se extraña hasta lo que no se tuvo, como una posesión perdida absurdamente. Al tiempo de rumiar por lo que nunca fue, con aferrada vagancia de extranjero despojado, es norma ver en siluetas un universo de recorte.

 

 

 

Del tupper comía la tipa una carne feteada que sobró de no sé qué barbacoa, la otra hervía al microondas su desabrido rejunte camuflado en mayonesa, a mí, mi tartita ni atisbos de llenarme, “ni tan sana”, diría la tía. Yo ya cargaba todo en una bolsa blancuzca cuando la de ojeras como cárcavas nos recordó el día de la víspera, eso era. Cuidamos que la pausa sirviera para retomar el aire que uno malgasta comiendo apurado, y salidas de ese atoro, una a una fueron desestimando cualquier significado, que pavadas comerciales, que películas de afuera, que cómo sigue tu nena. Levantamos las migas de la charla, rescatamos el salero, por poco compinche de la máquina de ganchitos.

 

 

 

Yo tenía una anécdota que incluía regalos, pero me pareció que contarla era mucho, como si hubiese llevado una torta encremada de tres pisos con cerezas para un cumpleaños cualquiera, de esos que arreglábamos a las risas con media docena de pinitos de dulce de leche y algún chisme de cabotaje. Así que ni mu de los huevos rellenos que preparé con esmero de Doris Day, de señora de su casa, de abuela con caracolitos en la bocha, de ruleros, de fijador, o mal compuestos de la siesta. Ni “me salieron bien, la verdad”, ni falsa modestia, nada de nada del agasajo retro. Ni que cuando entró y vio la mesa puesta llevaba un paquete en cada mano y una cara de tonto importante, de esas que te desmontan el plan. Menos que justo al empezar a moquear, rebasada de la ilusión por un recetario antiguo, divisé unas patas más peligrosas que un cliché saliendo por el costado de un cuadro. De mis alaridos, el anticlima y la escena heroica no dije palabra, no hubo noticia de ese milagro de ocasión.

 Andrés Seoane.

 

 

 

El texto recitado por Maca:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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