Entrar en una casa desconocida

Sobre Nadie encendía las lámparas (1947), de Felisberto Hernández

 

“Aquella noche me senté con el objetivo de escribir algo. Ese objetivo estaba siendo postergado por la necesidad de concretar pequeñas situaciones cotidianas, y la expectativa absoluta de poseer el rincón perfecto que siempre sobrevolaba como el clímax de mis expectativas: un lugar semi iluminado con la música exacta —recortada fielmente por hermosos y también medidos espacios de silencio espontáneo— y con un entorno discreto, no demasiado ordenado para no dejar escapar a las formas del caos del contexto, sino apenas difuminado, delimitando una profundidad de campo cercana sin ser figurativa. Todos estos, me decía, son requisitos torpes y saludables al mismo tiempo, como el cura necesita ponerse la toga para predicar, o el almacenero enciende un cigarrillo en la puerta de la tienda cuando es de noche, ya nadie vendrá, y está cercano a cerrar. Este pensamiento me indujo a encender un tabaco y no lo hice con la luz de la vela por el recuerdo de una imagen que me impactó: el nadador ahogado, el navegante naufragado por cada cigarrillo encendido así, esa mística asociación de circunstancias en apariencia tan lejanas que resultaba divertida y esperanzadora, como si fuera posible relacionar lo fortuito. Esto me lo seguía diciendo, y también me parecía una idea supersticiosa y me sentía ingenua por tomarla en cuenta, todo esto sucedía a la vez en mí como varios ingredientes que se cuecen en una olla mientras reconsideraba el tema que abordarían mis escritos”.

 

El texto anterior está entrecomillado porque lo escribe la persona que se acaba de sentar sobre una silla de madera que cruje, con el propósito de elaborar un pensamiento acerca del escritor que la tuvo atrapada un tiempo, enredada, y que no sabe cómo comenzar, ya que los comienzos tienen el peso de tener que ser frescos pero ella se propone hacer un acto espontáneo y sin demasiada intervención de la mente consciente. Y el escritor que la ocupará es enigmático, de nombre sencillo y mencionado en todas partes; es uno de los que figuran en la selección de “raros” de la literatura de este país. Probablemente no tenga la menor importancia, pero hoy quisiera empezar a hablar de cómo ella se sintió atraída hacia él.

 

Digamos que llovía una tarde y ella trabajaba en un espacio rodeado de libros. Digamos que esos libros eran nuevos y de todas formas, colores y procedencias. Los veo: son, a la distancia, una red de pensamientos disfrazados tras portadas llamativas, compitiendo, complementándose, a veces empujándose sobre las mesas de madera para sobresalir a los ojos de los compradores que vendrán, codiciosos, buscando alimentarse de esas historias que esconden. En medio de la parafernalia literaria ella encontró una serie de librillos de aspecto más bien antipático, claramente no pertenecientes a la era posmoderna, con un concepto editorial en el que predomina el contenido y no es necesario vestirlo con túnicas atractivas sino simplemente anunciar su título; de forma discreta y hasta escasa (le pareció a ella), con unas letras rojas sobre un fondo de un tono verde más bien color mate lavado, lee “Nadie encendía las lámparas” y se siente seducida por la conjugación del título que parece la culminación misma de una historia, y ve sobre el título el nombre de Felisberto Hernández, sintiendo internamente una ligera culpa por no haber indagado en las letras de este hombre, y decide inmediatamente incorporar a su haber este ejemplar, por lo que ese día se va a su casa con un leve peso agregado en la mochila. No llega a su casa; en el camino hay dos plazas que resultan muy tentadoras para ella, amante de la soledad y de los faroles de luz cálida, y que invitan a leer sin interrupciones. Y así es que entra, primero ilusionada y luego temerosa, en las letras íntimas del hombre que murió en los 60.

 

En su mano disecciona el ejemplar con los ojos. El librillo es de tamaño pequeño aunque no llega a ser pocket. A pesar de tener una presentación sencilla, está cosido por dentro, y tiene un prólogo muy detallado de Ricardo Pallares. Es una reedición de la muy extensa Colección de Clásicos Biblioteca Artigas (volumen 200), basado en una publicación de 1947 en Buenos Aires. Es una selección de diez cuentos cortos, y no supera las 140 páginas. El cuento que abre el libro es el que le da el título.

 

 

 

 

Al comienzo, el narrador, un Felisberto Hernández escondido en la ficción y revelado en el carácter intimista e introspectivo de las historias que siempre cuenta en primera persona, lee un cuento “en una sala muy antigua” en la que hay una ventana por la que entra un poco de sol que se va moviendo para encimarse sobre las personas llegando a iluminar la mesa con retratos de “muertos queridos”.  Y así comienza la inmersión en la lírica onírica salpicada de realismo y de introyecciones que es este libro. Los paisajes alternan entre la vida urbana de un Montevideo previo a las años 50, en donde se ven tranvías eléctricos, teatros con butacas desvencijadas, altos caserones con habitaciones que tienen pianos que casi nadie toca, señoras viudas y ricas que se dan a la bebida, y paseos por el Cerro en los que un Felisberto niño compra fideos por “un peso” y le dan cambio, con una vida más revuelta, fresca y a veces oscura, de las sensaciones escritas trascendiendo la metáfora y los pensamientos impredecibles de quien vive los hechos en un mundo que no se corresponde demasiado a ese Montevideo, y en donde los acomodadores de teatro pueden desarrollar la capacidad enigmática de brindar luz con su mirada y se ocupan de observar perturbadoramente —como dentro de un sueño extraño— a las jovencitas de clase alta que se pasean sonámbulas por las habitaciones en camisón blanco.

 

A ella le parece que ese narrador caprichoso y lúdico se deja explorar las inmediaciones secretas de sus fantasías, de la misma forma que accede a entrar en el túnel sin luz invitado por un personaje extraño que gusta de palpar texturas con sus manos en la oscuridad, entregándose a la experiencia con picardía y pasión. Esta última imagen refiere al cuarto cuento, llamado “Menos Julia”, y es una metáfora adecuada para describir la sensación de leer a Felisberto: estar dispuesto a internarse en las tinieblas de un túnel (habiendo sido invitado por otros) en el que se sabe que habrá objetos con diferentes texturas dispuestos allí para ser palpados. En este túnel es posible encontrarse con sensaciones desagradables o muy placenteras, pero saber de antemano lo que se encuentra allí le quitaría sentido a la experiencia. A ella le da la impresión de estar siendo un poco una voyeur que contempla, escondida detrás de un velo y con prismáticos, las desnudeces de un hombre en alma que lleva a cabo un soliloquio detrás de una ventana alta sobre un balcón que está a punto de derrumbarse.

 

Descubre que varias historias refieren a la calidad de pianista de Felisberto, quien habla de la música sin tecnicismos y como si se tratara de otro de los componentes del sueño, como un material blando y a veces colorido que emerge de las manos del narrador, que tiene una melancolía notoria y una necesidad insaciable por descubrir rincones nuevos. Varias veces la ficción le permite confesar su pasión por “entrar en casas ajenas”, sin ir más lejos, este es el argumento que mueve secretamente al pianista del cuento “El comedor oscuro” a aceptar un trabajo nuevo y poco remunerado, el de poder entrar en una casa desconocida. Ella encuentra poesía y simbolismo en el extraño fetiche.

 

En el cuento titulado “La mujer parecida a mí” la fantasía escapista y creativa lo lleva al narrador a trascender su cuerpo humano, colocándose en la percepción de un caballo que escribe en primera persona y que sufre las desventuras de un amor de doble objetivo: el de una mujer distante que fue su dueña y el de sí mismo reflejado en las diferentes situaciones que le presenta la libertad.

 

Quizá, reflexiona ella aún en la plaza bajo el farol, uno de los cuentos que más repercuten en la actualidad es “Muebles ‘El Canario’”,  por el componente virtual que presenta (en un mundo previo a la virtualidad digital), en una historia en la que el protagonista (otra vez el Felisberto narrador de siempre) se ve súbitamente y sin explicación invadido por una fórmula comercial, a través de una vacunación desprovista de sentido, que sucede en un tranvía y que produce el efecto irritante de generar en su mente la transmisión intermitente de un canal de propaganda que lleva al personaje a la locura. El efecto solo puede ser contrarrestado por una nueva dosis de la misteriosa vacuna. Para ella, esta invasión de sus pensamientos impuesta por un agente de marketing supone casi una predicción inocente del mundo que sobrevendría a su muerte.

El 16 de junio y cuando era casi de noche, un joven se sentó ante una mesita donde había útiles de escribir. Pretendía atrapar una historia y encerrarla en un cuaderno.

 

Ya en la boca del último relato ve que, así como en la apertura del libro, su final es también una referencia al ejercicio de la literatura. En “Las dos historias” se superpone la realidad de un joven que comienza a escribir sobre una mujer con la del narrador mismo que describe la situación del joven y rememora relatos ya escritos por él, junto con sueños que bien podrían ser de él o del joven (o de quien los está leyendo).

 

La mujer que leyó el libro se sintió dichosa por haberlo culminado antes de que la noche cayera completa sobre la plaza llevándose toda la calidez reflejada en los rostros de los paseantes. Al cerrarlo, se quedó un momento abstraída en la contraportada austera, como esos bailarines en la pista que detienen el movimiento, desorientados, al ser sorprendidos por el silencio, tras una noche de baile sin pausas.

 

Más tarde escribiría:


“Estoy abrumada por las descripciones de entornos que podría haber vivido en un sueño, abrumada en un sentido de deleite, ya que encuentro una bruma de pigmentaciones vívidas que me despiertan la imaginación, como si contemplara por horas una pintura recién hecha con tintas al agua y pudiera asistir a la mixtura de los colores sobre el papel, a la degradación del mismo por el material húmedo y a la culminación a veces inexacta de dicha mezcla”.

La nota recitada por Nina:

 

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