Beat Presser

Galletas integrales, un par de bananas y una petaca de whisky sobre la mesa del balcón en donde íbamos a trabajar. Que mi pelo estaba desordenado, algo así, me decía dos minutos después de habernos saludado, mientras salía de la habitación con un peine de plástico rojo en la mano. Entonces apareció el trípode y después del trípode llegó la Leica y yo y mi esquizofrenia sin lograr elegir con suficiente determinación cuál de todas las Alejandras o Marías o Juanitas ser cuando este señor que se llama Beat Presser quiere sacarme una foto así, tan pronto, tan apresuradamente, tan de repente. Vamos ahora con una de los dos para la nota, pero el trípode es demasiado corto y la única forma que tenemos de entrar ambos en cuadro es hacer juntos una especie de sentadilla profunda, quedar con la cola en el aire, apoyar la espalda contra la pared y ser felices.

 

Beat Presser es un fotógrafo y cineasta de origen suizo radicado en Berlín. A lo largo de su carrera trabajó en numerosas áreas de la fotografía: moda, publicidad, fotografía industrial, periodismo, entre otras. A mediados de la década del 70 fue el editor de su propia revista de fotografía The Village Cry. Posteriormente, colaboró con Werner Herzog como fotógrafo fijo y asistente de cámara en las películas Fitzcarraldo (1982) y Cobra Verde (1987); en esos años realizó una legendaria serie de retratos al mítico actor alemán Klaus Kinski. Ha publicado una variedad importante de libros y expone sus obras en distintas partes del mundo. Actualmente, además de trabajar en diferentes proyectos fotográficos, se dedica a enseñar Fotografía y Audiovisual en África, América del Sur y Asia.

 

Algo hay en la claridad de su discurso y en lo perdurable de su obra, que juega en vínculo estrecho con la sabiduría inherente de quien cava profundo y por un largo rato. Beat Presser no es solo un fotógrafo sino también un investigador, un aventurero de curiosidad insaciable, cuyo fin principal reside en compartir historias, en transportar esencias de mundos en sus naves de carga de sal de plata. Del mismo modo en que Fitzcarraldo baja del cielo la voz Caruso con su gramófono en la mitad del río Amazonas, Beat también es un puente que fusiona sustancias.

 

Dentro de su extensa obra, se pueden encontrar fotografías tomadas en Tanzania, Madagascar, Indonesia, Perú, Suiza, las aguas del Océano Índico, entre muchos otros lugares del planeta. A través del visor de su cámara, cargando con al menos 100 rollos de película en blanco y negro en cada uno de sus viajes, Beat busca vidas y paisajes que perpetuar. Sus imágenes no son solo formas sino también el resultado de lo que se alza entre él mismo y el objeto. Sus fotos invitan a observar y a reconocer, a ver el mundo en todo su esplendor. Nos enseñan cuánto vale la pena entregarse totalmente a la presencia de una persona, de un objeto, de un paisaje, siempre desde una mayor comunión, porque hay algo en su trabajo que nos incita, que nos convoca amablemente al vínculo, a dejar de ser ajenos.

 

La poesía mística de la luna llena que se eleva sobre el monte Matterhorn es la fuerza de la libertad materializada. La sofisticación visual de las fotografías que retratan la vida monástica y enseñanzas budistas en Asia son espíritu puro. El agua, el viento, la tormenta y los marineros de Tanzania son infinitas historias y movimientos que nos conducen a un tipo de reflexión que desemboca sin duda alguna en crecimiento de mil sentidos. Supongo que es algo así como funcionamos y por eso me animo a sostener con firmeza que Beat Presser asume con gran amor la responsabilidad que radica en el acto de mirar y vela con su arte por una de las capacidades más salvadoras y poderosas del ser humano: la imaginación.

 

En la exposición de Cuidad Vieja Fitzcarraldo, desafiando lo imposible se exhiben las fotografías tomadas durante el rodaje-hazaña de la legendaria película de Herzog. En expresión de lo inmenso, encontramos en esta muestra al icónico barco, enorme y encallado sobre una montaña de jungla virgen, símbolo maestro de lo imposible, las miradas agudas de los nativos que ven por vez primera una cámara y, por supuesto, hola Kinski y su presencia soberana. Porque otro gran mérito de este fotógrafo suizo fue haberse ganado la confianza, simpatía y amistad profesional del ángel-bestia KK, quien por contrato tenía que autorizar previamente con su firma cada una de las fotografías que contuvieran su imagen antes de ser publicadas. Los retratos de Kinski irradian de un modo conmovedor el exceso de sensibilidad que desprende su existencia, igual de inmensa que su barco y su locura, igual de inmensa que su belleza, oscura y seductora, contenida y atesorada en papel y en la mirada del observador.

 

Otro detalle de esta exhibición es que trata sobre un trabajo que el artista realizó no como fotógrafo independiente, sino como encargado de la fotografía fija de una película. Esta condición dota a la obra en sí de una magia particular, dada la relación ambigua que entabla con el tiempo; es decir, se siente la inmediatez de la mirada del fotógrafo que registra momentos fugaces durante el proceso de rodaje, nos enseña a estar en ese preciso instante, pero, a la vez, fuera del tiempo, como si el instante y la eternidad confluyeran en una unidad. Nos ayuda a ver ambos niveles. El rol del encargado de hacer la fotografía fija en cine se denomina still photographer en inglés, el término still también es portador de esa misma ambigüedad, porque connota rigidez, es lo fijo, lo quieto, mientras que también significa “todavía”.

 

Gracias a la Embajada de Suiza en Uruguay y al Centro de Fotografía (CdF), convive en Montevideo este pedacito valioso del trabajo de Beat Presser y, lo mejor, es que se puede visitar las 24 horas del día. Recomiendo la iluminación de la noche y el silencio portuario bajo un buen abrigo :)

 

A continuación, una breve conversación, algunos pensamientos y anécdotas de este fotógrafo tan emocional y analítico a la vez que su voz nos conduce a pensar por nosotros mismos, a entregarnos al arte y a sacar nuestras propias conclusiones en la simbiosis.

 

¿Cuál es el camino a seguir para contar una historia a través de la fotografía?

Primero y antes que nada, tengo que encontrar un buen tema, algo que realmente quiera contar. Luego pienso teóricamente en un concepto y escribo lo que me gustaría hacer. Ese es mi primer paso, el concepto es lo más importante. Después viene la etapa previa de investigación: trato de leer libros, ver otras fotografías sobre el tema. Una vez que la idea se realiza y el trabajo se desarrolla, el resultado siempre es muy diferente a lo que había pensado en un principio, siempre va en otra dirección; lo que hago en este punto es recolectar todas las piezas interesantes que aparecieron durante el proceso de trabajo para luego integrarlas con la idea original y así llegar a un producto final.

Contar historias me lleva mucho tiempo, no es algo que haga en seis semanas y listo. La obra sobre Los Alpes es el trabajo que hice más rápido y me tomó un año entero… la obra sobre el Budismo me llevó cinco años, también la de Madagascar. No me interesa la superficialidad de las cosas, intento ir a lo profundo y descubrir esa profundidad por mí mismo.

Después de un tiempo, obtengo ciertos resultados que me permiten establecer cierta narrativa, cierto ritmo… Me gusta que el público se sumerja en la historia que las fotografías cuentan. Para llegar a un entendimiento verdadero con él, es fundamental generar un interés, es un intercambio. A veces mis historias no son fáciles de entender, pero siempre intento hacerlas lo más fáciles posible.

Hay que poner de uno mismo, invertir tu tiempo, tu vida.

 

Sobre la relación entre la fotografía, la escritura y la imaginación:

Es divertido, porque cuando voy a un lugar puedo imaginarme muchas cosas, tomar muchas notas, pero no puedo ponerlo todo en una fotografía, es imposible describirlo todo. Creo que hay muchas cosas que necesitan un mínimo de explicación, por eso hace 15 años empecé a escribir los textos de mis libros. Utilizo la escritura como herramienta que acompaña a las fotografías con el objetivo de activar la imaginación de otras personas. Desde que empecé a escribir, se abrió un mundo completamente nuevo para mí y lo disfruto mucho. Hace a la gente más partícipe en mi trabajo porque es como un puente, como una mano que le doy al receptor. Ayuda mucho. Antes buscaba a otras personas para que escriban el texto pero me di cuenta de que eso no tenía sentido, porque yo era el único que podía explicar lo experimentado, yo era el único que podía lograr que imaginen lo que yo había imaginado. Además, es un muy buen ejercicio para el cerebro.

 

La fotografía como acto individual y personal:

Dejé de trabajar en cine porque no me gustaba depender de tanta gente y de tantas cosas. No podía tomar mis propias decisiones, entonces, para poder ser independiente, lo dejé y me dedique a la fotografía pura. Desde ese momento, ya no hay nadie diciéndome qué es lo que tengo que hacer, solo hago mi trabajo y desde entonces la vida se ha vuelto mucho más brillante que antes. Me gusta ser libre y soy mucho mejor trabajando de ese modo. Tengo mucha suerte por eso.

 

En el retrato al desconocido, ¿cómo acercarse sin invadir?, ¿cómo conectar sin intimidar?

No suelo andar atrás de la gente sacándole fotos, uso una cámara pequeña e intento encontrar una simbiosis entre las personas que fotografío y yo mismo. Cuando te saqué fotos antes, capturé una parte de lo que sos, no de cómo te ves, sino de los que sos. En otras ocasiones también me gusta cambiarle cosas a la gente, darle pequeñas indicaciones, sacarlos un poco, es un give and take. No hay que olvidarse del humor [saca de algún lado una nariz roja de payaso tipo Patch Adams con la que viaja para todos lados]. Cuando las personas están muy duras y serias, me pongo esto, la reacción es instantánea.

 

Recomendaciones para encontrar un estilo propio, para lograr sacar la voz interior de cada uno:

Primero creo que es muy importante que cada uno conozca su técnica. Con la fotografía analógica las personas trabajan mejor, porque tienen que saber exactamente cómo va a salir la foto, para saber esto, es necesario manejar la técnica muy bien. Luego de que la técnica está aprendida, desarrollar el estilo tiene que ver con el entendimiento individual de todas las cosas, del objeto con el que se está trabajando, de lo que se te ocurra, tiene que ver con la filosofía de cada uno. Encontrar un estilo significa que las otras personas vean tu trabajo y lo reconozcan como tuyo. No es algo que se encuentre en dos semanas, hay que trabajar. A mí me llevó mucho tiempo, empecé en el 72 y recién en el 90 encontré un poco mi estilo, antes de eso estuve jugando con muchas formas. Me tomó un tiempo desarrollarlo, pero ahora sé que lo encontré.

 

¿Alguna vez te dijeron que sos parecido a Kinski?

Dos veces por semana.

 

¿Estás sordo?

No, hay pequeños orangutanes que se meten en mis orejas mientras duermo durante las noches de luna llena.

 

Para conocer más de Beat Presser en Uruguay:

-Exhibición de la muestra Fitzcarraldo, desafiando lo imposible hasta el 26 de junio en la Fotogalería Ciudad Vieja (Piedras y Pérez Castellano).

-Exhibición de la muestra Aguas y Alpes en el Palacio Santos hasta el viernes (26 de mayo). Horarios de visita: 10.30 a 16.30. Luego se traslada al Espacio Cultural de San José a partir del primero de junio.


Además:

-Su web.

La nota recitada por María:

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