Morada V: En otro registro

Se manifestó temprano cierta tendencia a la repetición. Salíamos de un acto patrio un día en que el señor panadero tuvo a bien saludar al sol con harina de maíz, y el bollo caliente y granuloso, premio de versos, llevó a que no pasara una fecha nacional sin que buscara mi pan amarillo, alegría de descubrimientos.


Me gustaría escribir cosas así, impudorosamente, si mis opciones presentes nada aniquilaran.


Gasté mi primer sueldo en unos borceguíes negros, una revista importada, Vanity Fair, podría ser, y una caja de mentolados.
 

Ese contarse permanente, qué manía. Estoy enferma de sincronías, supuestas curas, la lógica de los que ensueñan.  
 

Los pterodáctilos blancos y el mate dulce (aunque mi abuela no estaba ahí, no era domingo). Las velas con ruedas, digo, atravesando mares de arena en la rambla. Contra el vidrio, nosotros, un día fuera de rutina, el viento en el auto, masticando ticholos, corrijo, llenando de celofán arrugado el espacio cápsula.


Y capaz que para otro hermano es un recuerdo salado, un gusto a invierno de naves rasantes, los tipos de las máquinas, los skaters alados, los obreros de la pista de baldosas, desierta, como un aeropuerto de ángeles.
 

 

 

***

 

 


Esas no fueron, ahora veo, buenas rachas. Es que el pudor no permite narrarse tan grave como es. Sigue tirando hacia abajo lo que no suelta lastre.


Lo supe entonces, lo sabía, si faltaba uno de nosotros y no recordamos, aunque queramos, no sabemos nada ni cómo si no fuimos testigos. No hay buraco más grande que esa fundacional omisión. Falta, ¿cómo? ¿Cuánto falta?, repetía.


Y me cuentan que aquel día la sopa le temblaba en la cuchara, y que la madre le preguntó si no tenía hambre, y que él se largó a llorar sobre el plato.


No es de uno, no es de nadie el recuerdo. Todos pueden decir estuve ahí. Mirá, todavía duele.


El cuidado que ponemos en no quebrarnos para que llegue la pirueta irónica, que nos sujeta de una anécdota que con suerte interrumpe el cuajo. Me entero de que la botella de leche quedó haciendo equilibrio cuando terminó el impacto. A pasmo puro nos enlazan, eso pasa, como el espectador boquiabierto de un círculo de fuego.
 

 

 

***

 

 

 

En ocasiones molestamente frecuentes los demás se ofuscan por gestos que creíamos un don escaso o, digamos, una curiosidad inocua; los ofenden, los denigran, eligen sentirse insultados antes que acreditar una rareza.


No soy la señora, eso no, no soy la señora que sube a la cinta y cuelga su cartera de cuero de los barrotes. Ajadas las dos, lo que asusta es el aparato marcando las pulsaciones cuando sigo anonadada del accesorio en el barandal, y ella muy panchamente, como si fuese de compras, y yo con el corazón inquieto, titilante en pixelado, sudado al portador, pero mala señal, ¡sin haber tocado máquina alguna!


No soy la otra, tampoco, esa que atraviesa el bondi con un pregón y una letanía: “dicen que va a llover y yo, que dejé todo tendido, qué desgraciada”. No soy esa, aunque derive en mis toc, de la hornalla al llavero, cada pendiente, tendal.  Completaré tres mandados pero antes de salir constato abejas en las tunas: ¿acaso primavera? Ya de feria, moscardones zumbando sobre las cerezas hacen de mis sesos confite. ¿Acaso ya? Que no. Florece lo que sobrevive.


Y ahí, a unas cuadras de donde patinábamos, te juro, donde nos marcamos las manos en el pedregullo, donde nos encontrábamos con parientes lejanos que venían de una ciudad que no era la mía, ahí en la esquina de las charlas, o la esquina adonde se desviaban las miradas de las charlas, el tipo ese terminó en los diarios; lo atraparon, era él. No empatiza, parece. Parece que no se imagina que hay cosas que duelen. O no quiere saber. Entonces, fijate, todos vagamos en cosas, referenciamos, hablando como nabos de dinastías de revista Hola!, penando por extraños, y él no se acuerda de nada.

 

 

 

 "Sombra en flor", de Mercedes Xavier.

 

 

El cuento recitado por Maca:

 

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