Ismael (II)

01.11.2018

Vi una cortina de vapor regada sobre algunos árboles. A los costados, la imagen de la transparencia, pero arrugada. Todo de la misma cepa, según lo entiendo yo. Y a lo largo de mis piernas, en un ángulo difícil, me encontré con una buena referencia: el cielo se despejaba en un resplandor tan físico que comprendí enseguida que así era la vida y que estaba despierto. Era un día soleado y pegajoso y algunas ramas de pinocha y una cuerda de carpa cruzaban mi perspectiva y se metían en los laterales arbolados. Estiré las manos sobre mi cabeza y acaricié las capas de nailon en las que estaba metido, como si fuese el comienzo de una rutina. Con los pies me metí en el agujero del día, y con la fuerza de los abdominales me puse de pie del lado de afuera, y sentí (era esa sensación fascinante de algo que sucede en la mañana por primera vez) el aire desordenado del bosque, entorpecido por la vegetación y las elevaciones, que me venía a rodear la cara.

 

 


Ismael estaba cerca de mí. Estaba mirando el cielo en un ensayo de ceguera. Inclinaba la cabeza como si estuviese oyendo algo que caía desde hacía un rato, y parecía que no tenía las cosas bajo control. Ah, pero era mi impresión de una experiencia duradera: cuando algo cae pero todavía no golpea el fondo uno puede medir con su concentración el tiempo que le falta de caída en un estado melancólico, solitario, y yo contemplaba los últimos segundos de aquello, esperaba un sonido, pero lo que pasó fue que Ismael bajó la cabeza y abrió los ojos (que para mí era lo mismo que si un objeto tocara fondo), metió dentro de su cantimplora un poco de agua fresca y luego la agitó y la arrojó a un costado. Luego puso un gajo de limón y vertió caña durante largos segundos. Yo amanecí. Mis brazos, mis ideas, y un particular estado de alerta, se pusieron a trabajar: saqué las sábanas del cilindro de nailon en el que había dormido y las enrollé y las deposité en el pasto. Luego desaté las estacas y los soportes que mantenían al nailon suspendido, se vino abajo, y lo enrollé con cuidado de que pareciese un volumen prolijo entre el desorden del campamento y el desorden de la naturaleza: como si estuviese allí para ser algo bueno. Ismael me veía desde su asiento sin darme todavía los buenos días, y era muy divertida la posición de su cuerpo, era una forma de saludo, de reconocimiento de que yo estaba allí, pero con la que también me sugería que mientras ordenaba mi espacio estaba haciendo algo que no significaba lo que yo creía. Puso una lata con agua caliente sobre la hoguera y bebió de la cantimplora. Y después me dijo: “Buenos días”. 


Lo saludé con la cabeza.


(Lo raro de ese momento es que Ismael era una especie de versión paralela de la seguridad y códigos de mi padre. Una especie de segunda tierra, exactamente igual que esta, pero donde el alimento se fabricaba con vinagre, o en donde con una patada violenta a una árbol se podía encender el fuego.) 


¿Dónde está mi padre?, le pregunté. Y me dijo: hace dos horas agarró su rifle y se fue detrás de un bicho. No sé qué fue lo que vio. Me pidió que me callara, actuó como si estuviese loco y se marchó. Y después de decirme esto Ismael escupió y se dio en un zapato; cuando levantó la vista se estaba riendo. Yo me dije enseguida: porque es muy torpe. Me acerqué para servirme un poco de agua caliente en una taza y tomar café. Era un extraño devenir: sentarme al fuego en una mañana calurosa y ver que mi cara, lejos de despejarse, era envuelta en una manta del calor del sol, en una manta del calor de la taza; y la brisa me rodeaba la espalda y se me metía directamente en los pulmones, para hacerlos callar: respiraba como si estuviese cansado o enfermo.


Era verdad que no estaba el rifle de mi padre en el campamento. Solo estaba el mío, y una serie de navajas y pequeñas hachas caseras que se usaban para la cocina. Busqué con la mirada el rifle que le pertenecía a Ismael hasta que lo encontré colgado de su hombro, acunado en movimientos suaves. Ismael desparramaba pinocha con el pie, lejos del fuego, y balbuceaba una oración sin melodía. Anduvo dando vueltas hasta que pareció cansarse, se sentó cerca de mí y colocó el rifle a un costado. Me dijo: lo que sí te voy a decir es que tu padre antes de irse se quedó como quince minutos mirando ese armatoste que te construyó ayer para cubrirte, cuando se largó la lluvia. Me parece que estaba bastante orgulloso de él. Miré el nailon doblado en el piso, las estacas y maderas apiladas junto al bosque, y los brazos se me tensaron en el recuerdo medio dormido de hacía unos pocos minutos: se me presentó el grosor de los nudos en la yema de los dedos, y tocándolos, ahora en el recuerdo, sentí lo trabajados y firmes que estaban, cuánto me había costado desarmar todo eso, y de pronto no entendí al muchacho que los desataba. Esa extraña voluntad de la ensoñación, en reversa.


Bueno, dijo Ismael. Vamos a buscar a tu padre. 

 

 


En las noches del campo me guiaba, desde pequeño, bajo puntos titilantes. Si salía en la noche detrás de mi padre y de sus amigos para adentrarnos en cacería, pronto el cielo se abría furiosamente en la oscuridad cerrada y parecía que en realidad estábamos buscando un camino para llegar a él. Titilaban las estrellas. Avanzada la hora, se abrían puntos luminosos en mis piernas, a través de los championes, bajo la remera delgada y vieja que me ponía para ir al campo: y todo esto era porque se confundían las sensaciones, y los mosquitos y abrojos y las espinas, y también el fantasma de las serpientes que uno evitaba pisando en un lado en lugar de otro, tenían luminosidad. Porque cuando salíamos de cacería el silencio de mi padre dejaba pisadas lentas y profundas en la tierra, que yo no podía ver. Pero escuchaba los sonidos de mi cuerpo. Y los borrones de luz, en el cielo estrellado, cuando lloraba, marcaban el paso de mi respiración, controlando mi camino para no espantar a las mulitas. Una estrella se abría en mis tobillos. Otra contra mis labios. Desaparecían de inmediato, pero sus luces viajaban detrás de mi padre y yo las perseguía para llegar junto a él y reprimir las ganas de quejarme: era un juego raro, que ni siquiera sabía jugar muy bien, pero lo hacía todos los días y solo por eso debía significar alguna clase de conocimiento: yo sé caminar en el campo. Lo puedo ver bien gracias a esta luz.


Pero la mañana en la que salimos a caminar por el campo en busca de los pasos de mi padre, yo seguía la espalda encorvada de Ismael. Y el sol nos bañaba tan profundamente que cuando él se daba vuelta para cerciorarse de que lo seguía la brasa de su cigarrillo era invisible.


Apuré el paso para tratar de ponerme a su lado. Resolví que ir detrás de otras personas era como un asunto nocturno, impropio de la cacería, y que ahora había llegado el momento de estar junto al cazador. Tomé mi lugar junto a Ismael. Le pregunté: ¿qué bicho era ese que se fue a perseguir mi padre? Y él me dijo: Diego, no tengo la menor idea. Y entonces yo le dije que probablemente (recordando que jamás usaría un rifle para un animal pequeño) se tratara de un pájaro extraño o de un reptil (que a mi viejo le encantaba meter en las ollas de la cena) y que habría tratado de alcanzarlo durante toda la mañana yéndose quizás muy lejos. 


Ismael asintió.

 

 

 

 

 


El campo se parecía a sí mismo en todos lados. Era pararse en cualquier lugar y a cada momento decir: estoy en el campo.
 

Caminamos durante media hora e Ismael señaló con la punta de su rifle huellas de hombre, que él decía que eran de mi padre, y que nos alejaban del campamento en un extraño laberinto de direcciones. Ismael había terminado el contenido de su cantimplora y buscó un sitio junto al río, en donde la llenó de agua fresca, la agitó y luego vació a un costado. Plegó una rodaja de limón que arrojó dentro de la cantimplora y vertió caña desde una botella de plástico. Dejó el rifle y la mochila en el piso. Me dijo: mira, las huellas de tu padre desaparecen aquí, así que lo que yo me supongo es que cruzó el río a nado y después se metió en la espesura. Vamos a esperarlo de este lado hasta que regrese. Y se quedó bebiendo, concentrado en una nueva caída de su atención, mascullando algo que rodeó su cerebro antes de sumergirse en la corriente del agua, extremadamente fuerte, y empapar la presencia de las cosas de un desagradable silencio.


Se hicieron las tres de la tarde. Había pasado la hora de almorzar. 


Ya no había más caña para Ismael, que se levantaba y daba vueltas y probaba la mira de su rifle y regresaba. Parecía que una insatisfacción sin plan trazaba diagonales en el pasto; él las perseguía y las observaba desaparecer junto al horizonte sin saber qué hacer con ese impulso. Se sentaba pero solo para intentarlo de nuevo a los pocos minutos: un estado de nervios avanzaba. Yo solo conocía una manera de ayudarlo y era quedarme quieto. Cuando se dio cuenta de que yo casi no me había movido en todo el día y que ni siquiera me había quejado del hambre se sentó a mi lado y me acarició la cabeza. Tranquilo, me dijo. Y después me dijo: hay cosas que nunca hay que olvidar en esta vida, Dieguito. Por ejemplo, cuando yo trabajaba con tu viejo a veces él me pasaba a buscar en la camioneta a las ocho de la mañana y tenía que meterse en la casa y despertarme. Y luego de eso a veces tenía que esperarme durante más de media hora mientras yo intentaba recuperar el conocimiento y vestirme con ropa limpia. Y él jamás, pero escuchame lo que digo, ¡jamás!, se fue a laburar sin mí. Hay cosas que son así y no deben ponerse en juicio. Ismael decía esto y transpiraba como si estuviese llorando pero era solo el agobiante calor, así que metió su cabeza en el río, que le desparramó el cabello, y después regresó a mi lado y me siguió diciendo: en ocasiones mi mujer le dijo que yo había dejado un mensaje para él: ¡que se fuera a la puta madre que los parió! Pero entonces él se metía en mi casa y me agarraba de los pelos para arrojarme contra la pared. Yo todavía dormido no entendía muy bien quién era tu padre ni qué hacía allí así que agarraba mi bate de béisbol de abajo de la cama e intentaba partirle a tu padre la cabeza. Pero siempre estaba demasiado dormido, así que a tu viejo no le costaba esquivarme y darme algunas lecciones que en algún momento me hacían recuperar la lucidez, y entonces él regresaba a la camioneta para esperarme mientras yo me lavaba la cara y buscaba un poco de ropa limpia. Ah, me dijo Ismael mientras acariciaba el pasto con la palma de las manos, como si se estuviese limpiando de una larga faena: lo más importante es eso. Y después me clavó la mirada encima, muy serio. En ese momento algo peligroso le cruzó la mente, y retrocedí. Creí que iba a acercarse para decir algo más o para empujarme, pero llevó los ojos al río y los suspendió allí durante largos minutos que concluyeron en una especie de sollozo, y me dijo que él sabía que era una situación extraña pero que yo tenía que prestar atención y recibir esos consejos importantes, porque no había nada tan importante como la situación en que un hombre da consejos a un niño, y pone en ello su corazón. Negó con la cabeza y dijo que iban a pasar los años y que yo recordaría algunas cosas importantes y que dentro de esas cosas siempre estaría el momento en que un hombre adulto había detenido el rumbo de sus pensamientos para dar algo de sí, algo de lo que le dolería desprenderse, y que ese dolor, justamente, era el resplandor dorado del obsequio. Luego de eso se pasó un buen rato hablando, mientras la tarde iba ensombreciendo el verde rutilante del campo, muchos pájaros de una misma especie se amontonaban sobre salientes y árboles enormes, e Ismael, muy preocupado, notoriamente nervioso, me miraba fijo y me advertía que yo tenía que tener mucho cuidado porque el mundo era un lugar tramposo y que las reglas cambiaban constantemente y que cualquier día, en cualquier mañana, podía ser que me despertara para ir a trabajar y yo dijera algo que no debía decir y mi vida se encontrara arruinada. Me advirtió que cada vez que usara en un enunciado una acción verbal sin mención de su sustantivo, pero el verbo declarara que era un sustantivo femenino, tuviese mucho cuidado porque podía ser que estuviese hablando de la pija. Me contó que en su caso, cuando trabajó de joven (enfatizó al instante: ¡de muy joven!) en una obra en construcción, los obreros le advirtieron desde el primer día que para dar una medida utilizando sus dos manos siempre lo hiciera en sentido vertical, porque si daba una medida utilizando las dos manos en sentido horizontal, bien podía ser que estuviese hablando de la pija. Yo asentí, educadamente. Y traté de que mi silencio lo honrara. Pero los pájaros que aparecían eran cada vez más extraños y el ruido que hacían las raíces, de este lado del río y del otro, era cada vez más rumiante, y el viento era como un cabello cada vez más largo. El frío encima del agua se había entreverado con la luz, y yo tuve ganas de ponerme una campera. Ismael lo advirtió y me paso la suya, con los ojos llenos de lágrimas.


Nos quedamos callados, sintiendo cómo la noche tomaba el campo con lentitud, hasta que vimos la cabeza empapada de mi padre emerger en la orilla, e Ismael se acercó para agarrarlo del brazo y tirar de él. Yo busqué una rama larga y los rodeé, sin estar seguro de cómo usarla, quizás poniéndola al alcance del otro brazo de mi padre, no tenía idea, así que la tiré y me quedé observando la forma en que Ismael y mi padre luchaban contra la corriente y salían a las rocas y se quedaban tendidos largo rato, boqueando, dándose palmadas y muriéndose de la risa.

 

 


Durante el viaje de regreso tuve cuidado de permanecer al lado de mi padre. Aunque no dijimos una palabra en todo el camino, pisábamos con cansancio los abrojos, y las espinas, y las ramas secas, conformando a nuestro alrededor una burbuja que explotaba permanentemente, y la luz de los sonidos de la noche no eran como un camino sino como una estela que íbamos dejando a nuestro paso. Miramos hacia arriba, al cielo encapotado: era notorio que llovería otra vez. Mi padre dijo: creo que debemos preparar algo para la cena. Quizás encontremos algo en el camino que podamos cazar. Pero Ismael se acarició la panza con suavidad y comentó que, si bien no podía hablar en mi nombre, en lo que tocaba a él, la verdad era que no tenía nada de hambre. Mi padre me miró. Yo negué con la cabeza. Dije: estoy bien.


La hoguera del campamento ardió enseguida. Ismael calentó agua y preparó un mate mientras mi padre, con los brazos en la cintura, miraba el nailon doblado y recorría el suelo con los pies buscando el resto de las estructuras. Yo creí que iba a preguntarme algo o que directamente estaba en graves problemas pero casi al mismo tiempo que pensaba eso me preguntaba cómo Ismael podía saber que mi padre, a la mañana, antes de salir, se había quedado mirando con orgullo la construcción de aquella especie de carpa contra la lluvia. Podía ser que me acercara y la desazón de mi padre llegara a mi desazón, a mi arrepentimiento, pero en vez de eso yo seguía pensando: cómo sabe Ismael que durante todo ese rato previo a su partida en realidad no estaba mi padre viéndome dormir, y eso era todo. Me acosté sobre una lona, lejos del fuego, y a mi alrededor volvieron a levantarse los troncos y los soportes, el nailon se extendía y daba vueltas y los borrones negros fundían al cielo con imágenes dispares, una de las cuales era mi padre que ataba los extremos de aquello; su rostro aseguraba medidas profesionales de construcción hasta que el nailon y la noche parecían una misma cosa y yo solamente veía el cigarrillo de mi padre brillando en una enorme cantidad de constelaciones. Sentí el peso del día relajarme los hombros y escuché atentamente: Ismael le preguntaba a mi padre dónde diablos se había metido durante todas aquellas horas. Mi padre le dijo: era un carancho, loco. Pero no volaba, solo agitaba las alas y miraba hacia adelante sin volver la cabeza. Entonces saltaba y avanzaba unos metros y yo avanzaba tras él, y creo que jamás en mi vida he sido tan torpe: pisaba todas las ramas, todos los charcos, y el carancho, como si yo no fuese ningún peligro, anduvo en línea recta como uno de esos conejos de madera que corren por andariveles y que los perros persiguen para ganar un carrera, pero este, si bien no volaba, saltaba y se alejaba cada vez más, y yo, que me parecía mucho a un perro, estaba muerto de curiosidad y de ganas de pegarle un tiro. A la orilla del río apareció un pato cara blanca. Los dos pájaros se miraron como si pasara algo raro. Yo me puse furioso porque me di cuenta enseguida de que no se trataba de mí. El pato cara blanca cruzó el río a nado. El carancho lo saltó. Después uno se subió encima del otro y los dos me quedaron mirando. A mí me pareció como una especie de monstruo muy lindo y me pregunté qué pasaría si apuntaba bien y le pegaba al pájaro de abajo, o capaz si le pegaba al pájaro de arriba, ¿qué? Ah, pero me tiré al río y traté de sostener el rifle encima del agua mientras me daba cuenta de que la corriente me estaba llevando demasiado lejos y que los pájaros, uno encima del otro, seguían mi camino junto a la orilla y a pesar de que a veces me agarraba de una rama y detenía un poco mi marcha, otras veces se me rompía y avanzaba bruscamente; cada vez que giraba la cabeza los encontraba al lado mío. El pato cara blanca dijo: cuac cuac. Y el carancho rugía como una esponja empapada mientras yo daba vueltas de bailarina en el río, y agarrado de mi rifle, como si fuese un tronco a la deriva, y les grité: carancho y pato cara blanca, ¡vamos a tener que vernos más tarde! ¡Vamos a tener que vernos un rato largo, mijo!


Me desperté de pronto y la lluvia caía violentamente sobre mi techo de nailon. Hacía ya un buen rato que estaba cayendo y yo me daba cuenta solo con oírla. La oí un poco más: a veces avanzaba, y a veces retrocedía. Y al poco rato me quedé dormido otra vez.

 

 

 

 

El relato recitado por Diego:

 

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