El último parodista de Dios

3 de enero de 2018

Accedieron a darme papel y lápiz, así podré contar lo que pasó. ¿Servirá de algo? No lo sé. Probablemente no.

Llegaron hace dos años. Al comienzo pensábamos que no íbamos a tener problemas, que sería sencillo derrotarlos, hasta que los vimos actuar por primera vez y supimos que eran una amenaza, que la civilización y sus valores estaban en peligro.

 

Yo soy Miguel, el último parodista de Dios, lo único que queda de él en la Tierra.

 

Dios ha muerto.

 

5 de enero de 2018

Ayer no pude escribir. Estuve en tratamiento durante toda la tarde y de noche las pastillas me noquearon. Las pastillas se llaman Dormicum. Suenan inofensivas, ¿no? Pues no lo son.

 

—Mordé, mordé —dijo la enfermera al metérmelas en la boca para que el efecto fuera más rápido. Las trituré con las muelas. Sentí el gusto a químico conquistar el paladar. Sentí la boca abierta, la baba tibia derramándose por el mentón. Cada vez que quería hablar, las palabras giraban húmedas en mi boca. Cuando finalmente salían, ya no eran palabras.

 

Luego: mi cuerpo se desploma en la cama, el techo borroso, la memoria borrosa, los parpados de 150 kilos caen y aplastan mis ojos.

 

Antes del Dormicum sí recuerdo todo y fue lo mismo de siempre. Ya saben, las charlas grupales con el resto de los pacientes en las que contamos nuestros problemas, la caminata por el patio y la entrevista individual con el psiquiatra que sigue mi caso. En la terapia no hubo manchas para interpretar como me imaginé que habría antes del traslado desde la cárcel. No hubo ni murciélagos amenazantes ni perfiles de ultratumba. Solo el psiquiatra que me preguntaba cómo me sentía, me dejaba explayarme durante horas y tomaba apuntes mientras me escuchaba con atención, me respondía con amabilidad, me miraba compasivo, me sonreía y me ofrecía cigarrillos.

 

El psiquiatra cree que estoy irremediablemente loco. Todos creen que estoy loco. Mi madre cree que estoy loco. Mi papá: loco. Tengo que ordenarme. Es mejor comenzar por el principio:

 

6 de enero de 2018

¿En qué estaba? Ah, sí. El principio:

 

Llegaron con su nave espacial y la ocultaron en el fondo de la laguna del Parque Rodó, justo detrás del Castillito, entre las bolsas de nailon, las heladeras oxidadas, las armas, los patos, los conejos y los preservativos. También había algún cadáver. El lugar era un excelente punto estratégico, era altamente improbable que alguien buscara allí. Nadie limpiaba la laguna desde hacía décadas.

 

Su siguiente paso fue alquilar un club para empezar con los ensayos. Entonces nos llegó el rumor de que tendríamos competencia en el próximo carnaval. Yo mismo fui hasta allí para presentarme y poder ver el ensayo y saber a qué nos enfrentaríamos. Me recibió Ariel.

 

—Yo soy Ariel —dijo—, parodista y servidor de Momo.

 

—Yo soy Miguel —dije—, parodista y servidor de Dios.

 

Ariel vestía una túnica blanca con detalles de cuartos de lunas y estrellas doradas y una máscara plateada que le tapaba la mitad superior del rostro. Desde la máscara emergía una nariz puntiaguda de varios centímetros de largo. No me dejó entrar.

 

10 de enero de 2018

En estos días no escribí. Lo siento. Estuve con el chaleco. Intenté hacerlo con la boca, apretar la madera del lápiz entre los dientes. Fue infructuoso. Me salía del renglón y las letras eran ilegibles. No se imaginan lo difícil que es, en esas condiciones, ser certero con el punto de la i, o lograr la perfección requerida por la o, o estar a la altura de la elegancia despreocupada de la h, o de la belleza exótica de la z.

 

¿Que por qué me enchalecaron? Por querer servir a la humanidad, por querer salvar a la tierra del reinado de Momo.

 

Verán, después de meses de ensayos, los parodistas de Momo se anotaron a la prueba de admisión para participar en el concurso oficial del carnaval. Las imágenes de esa primera actuación, de aquella noche fatídica, todavía se reproducen en mis pesadillas. Me provocan fiebre.

 

Mucho calor. Recuerdo que hacía mucho calor. Cientos de grados.

 

Primero la música salió por los parlantes, una canción pop se expandió veloz por la platea y se pegoteó en el cerebro de los miles de espectadores que habían ido a ver el espectáculo. Después los trece parodistas de Momo salieron al tablado con sus trajes rosados de látex. El plástico elástico que envolvía sus cuerpos contenía apenas su masculinidad, y digo apenas porque esos bultos, oh, Dios mío, esos bultos estaban a punto de estallar. Eran como antenas fálicas que atraían las miradas de las féminas presentes y, en honor a la verdad, de los hombres más viriles, barbudos, toma mate, futboleros y multi-heterosexuales que había entre el público.

 

Las hormonas flotaban en el aire y ellos, servidores de Momo, comenzaron con sus movimientos de baile, a contornearse como si estuvieran hechos de un material gomoso. Las luces de colores caían oblicuas desde el cielo y las lentejuelas engarzadas en sus trajes brillaban como escamas de otro mundo. Ellos, servidores de Momo, tiraban pasos inverosímiles y el público, embelesado, gritaba extasiado de placer, chorreaba todo tipo de fluidos por todo tipo de partes. Y así, entre orgasmos y jadeos, se iban olvidando de Dios.

 

Ilustración: Marcos Medina

 

 

11 de enero de 2018

Hoy me dieron Valcote 500, un regulador del humor que se sumó al equipo de antidepresivos y antipsicóticos. Me gusta porque tiene nombre de auto de carreras.

 

La enfermera que los distribuye tiene una caja de pastillas para cada uno de los pacientes con sus nombres escritos en un costado. Los nombres están escritos con lapicera azul —o negra— en un pedazo de papel —una hoja Tabaré, al parecer—, que está pegado con cinta adhesiva transparente en uno de los bordes de la caja, o, en su defecto, en la parte superior. Dentro, donde se colocan las pastillas, la caja tiene siete compartimientos que corresponden a los siete días de la semana: lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo. Nosotros la llamamos “La Cajita Feliz”. Tienen diferentes colores. La mía es amarilla.

 

12 de enero de 2018

“Cuando Dios creó al hombre, lo creó a su imagen; varón y mujer los creó, y les dio su bendición: ‘Tengan muchos, muchos hijos; llenen el mundo y gobiérnenlo; dominen a los peces y a las aves, y a todos los animales que se arrastran’”.

 

13 de enero de 2018

Dicen que me dejan usar el lápiz, un objeto punzante, porque no soy del tipo suicida. Y tienen razón.

 

Ahora bien, un poco de mitología: todas las divinidades del universo tienen su propio conjunto de parodistas que compiten entre sí en los tablados distribuidos por los diferentes sistemas planetarios. La divinidad que gana el concurso de carnaval en determinado planeta, gana, a su vez, el derecho de gobernar sobre él. ¿Eso qué significa? Significa que puede imponer su moral y moldear el mundo a su imagen y semejanza.

 

15 de enero de 2018

Ayer, en vez de Dormicum me dieron Quetiapina. Me gusta la Quetiapina porque tiene nombre de droga para bailar electrónica.

 

16 de enero de 2018

Al primero de ellos lo acuchillé por la espalda. Era frío, hacia pleno invierno. No: hacía frío, era pleno invierno. Llovía. Los faroles humeaban, proyectaban su luz amarilla sobre la calle. Hacía frío, eso ya lo dije, pero yo no pensaba en el frío. Pensaba en Dios. Con la espalda apoyada sobre la corteza de un árbol, oculto, pensaba en Dios, y en todos los que unos meses atrás habían huido tras la derrota en el concurso oficial. Hasta Jesús se fue a otro planeta a probar suerte en otro conjunto. Maldito cobarde…

 

Yo lo tenía todo planeado. Había estudiado sus movimientos. Los viernes, sin excepción, Ariel y un puñado de los parodistas de Momo se reunían en el club a celebrar una orgía, embestidas brutales desgarradoras de rectos, de eso se trataba la nueva moral. Aberración. Incesto. Decadencia. Muerte. Locura. Infierno. ¡Ya no había infierno donde pudieran arder las almas!

 

Uno de ellos siempre volvía solo y tambaleante. Lo esperé durante horas. La lluvia rebotaba contra el suelo y ahogaba casi todos los sonidos. Tampoco era que hubiera tantos sonidos. La calle estaba prácticamente desierta. Cuando escuché unos pasos detrás de mí, supe que era él. Vi su sombra que fue eclipsando la luz derramada en la vereda, luego vi su silueta, el perfil borracho que avanzaba en zigzag. Lo dejé caminar unos metros. Mis manos envolvieron con fuerza el mango del cuchillo. El mango, frío, hervía. Avancé hacia su espalda, robusta y ancha, fácil.

 

Fue como atravesar manteca. O no, hay que darle algo de crédito a la carne, fue como atravesar algo un poco más consistente, fue como atravesar, digamos... un Mantecol, capaz, digo, no sé, no estoy muy seguro, creo. Lo acuchillé y fue como atravesar un Mantecol. Sí. Las otras diecisiete veces: manteca.

 

La fibra de la tela de su túnica blanca absorbió la sangre y formó una cara, un perfil de ultratumba, primero, un murciélago rojo con las alas extendidas, después. No sé cuánto tiempo estuve observando esa imagen, que finalmente fue diluida por el agua y se transformó en una vulgar mancha roja sobre un cadáver. Solo entonces fui capaz de irme. Antes, robé todos sus pasos de baile para armarme con su coreografía y abandoné la escena pensando en el significado de las figuras que había visto.
 
17 de enero de 2018

Rubén, que estoy seguro de que lo encerraron por argentino, porque su nombre lleva tilde y porque en lugar de setiembre dice septiembre (así: septiembre), insiste en que el sol, además de tener vitamina D, es un antidepresivo natural. Ramón va un poco más allá y dice que podría vivir absorbiendo los rayos ultravioletas a través del signo invisible de su frente. No se cansa de tratar de demostrarlo, pero al tiempo asoman las costillas y le enchufan esos cables en el cuerpo y le inyectan vacas muertas para alimentarlo. Los cadáveres navegan por su cuerpo y, yo lo sé muy bien, le terminan por salvar la vida.

 

Hoy jueves salimos al patio. Estaba nublado: Rubén quedó de bajón y Ramón se moría de hambre. Yo sabía muy bien quién podría salvarlos: ÉL, Él, él. Luego recordé que estaba muerto y entristecí. Ahora escribo para no morir de hambre.

 

18 de enero de 2018

Un poco más de mitología: cuando una divinidad gana un concurso en un planeta desplaza a las divinidades anteriores de la mente colectiva de los habitantes de dicho planeta. Con cada carnaval y cada nueva actuación, la divinidad va afianzando su relato y eliminando las influencias anteriores. Cuando una divinidad es olvidada automáticamente muere, aunque suele decirse que siempre queda alguna reminiscencia de su existencia en el inconsciente de la mente colectiva. A veces, también, las morales se cruzan, interactúan entre sí, pero esa es otra historia.

 

19 de enero de 2018

Lo que lo mató fue la velocidad, ayudada un poco por la consistencia del metal: un pato de goma ultrasónico no atraviesa un cerebro como lo hizo la bala que le disparé en la sien. La forma puntiaguda también hizo lo suyo. Ta, fue un trabajo en equipo.

 

Estaba sentado en una de las mesas del fondo, acompañado por tres personas que celebraban lo que decía como autómatas sin sesos. Banderines de cuadros colgaban del estante detrás de la barra, que a su vez estaba repleta de botellas. El cantinero era un ente anterior al tiempo que intentaba remover, en vano, suciedades inquebrantables. El bar se había transformado en un templo de Momo, en una base de operaciones de los granujas invasores. Las mesas estaban llenas de depravados que jugaban cartas, fumaban y bebían. Entré al bar sudando como un astro. Nadie me prestó atención, todos estaban absortos en su decadencia. Lo visualicé entre el humo viscoso que envolvía el ambiente y avancé entre las mesas. Me costó caminar por el suelo pegoteado y sentí que tardé años luz en llegar a su lado. Una vez allí el tiempo comenzó a transcurrir de otra manera, los minutos trasmutaron en segundos y necesito relatar esto en presente: saco mi pistola y apoyo el caño en su sien y aprieto el gatillo y estalla la carne y los sesos de Ariel y no me da el tiempo de robar sus pasos y correr correr correr porque mil brazos me sacan el arma y me tumban contra el suelo y lo último que alcanzo a ver es su máscara plateada ya gris en el suelo.

 

21 de enero de 2018

—La muerte —le dije al psiquiatra— no es negra. La muerte es roja y chilla como un murciélago, y después de ella hay apenas una mancha lavada por la lluvia, nada.

 

En los últimos días he hecho grandes avances en la terapia. También pensé en algunas frases significativas, motivacionales, digamos. Acá van algunas: La fe mueve montañas. La fé mueve montañas. Siempre que llovió, paró. Al pan pan y al vino vino. Al pan, pan, y al vino, vino. Al pan: pan. Y al vino: vino. Dios aprieta pero no ahorca. Lo último que se pierde es la esperanza.

 

¿Las recuerdan? Hagan un esfuerzo. ¿No? ¿Y qué tal esta?, es una de mis favoritas: Dios no te da más de lo que puedas soportar. ¿Tampoco? Qué lástima. Bueno, da igual. Aunque las hayan olvidado por completo y se desfiguren por la humedad, las pintaré en la pared con letras rojas, allí donde en lugar de frases debería haber una ventana bien graaaandeeeeeee.

El cuento recitado por Matías:

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