El horror - Q, de Santiago Musetti

 

 

 

Sería difícil discutir que uno de los ritos de pasaje de tercero de liceo en Uruguay no es salir conociendo a un nuevo Horacio Quiroga. Después de haber crecido leyendo sus Cuentos de la selva, muchos, de repente, pensamos en la selva de sus narraciones y las desgracias de su vida, como si se tratara de aterradores axiomas indemostrables e irrefutables –desde el suicidio de su padrastro hasta el suyo propio–. Pero como toda verdad evidente de lo humano, siempre es posible someterla a nuevas preguntas. En su primera novela gráfica, Q, Santiago Musetti (1990) se propone exactamente eso, empezando con: ¿por qué la selva de Misiones? Más allá de los resultados excéntricos de sus propósitos, negocios y vida familiar, queda la pregunta de qué llevó a Quiroga a un lugar tan inhóspito. O mejor, ¿cómo lo conoció? La respuesta, increíblemente, está en una de las grandes figuras de la intelectualidad argentina de principios del siglo XX: Leopoldo Lugones.

 

 

 

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Q narra la primera visita de Horacio Quiroga a la selva de Misiones –el mismo Quiroga que más tarde será canonizado como escritor, aparte de haber sido crítico, aventurero, empresario y muchas otras cosas a lo largo de su vida–. El año es 1903 y para Quiroga, de 25 años, es el momento inmediatamente posterior al doloroso accidente en que diera muerte a su amigo y también poeta, Federico Ferrando. Los preparativos de un duelo, un acto de mortalidad en sí mismo, se vuelven una muerte adelantada e incorrecta. Ferrando debía batirse con quien lo había injuriado, no ser muerto por su propio padrino mientras limpiaba su arma.

 

 

La historia dice que Leopoldo Lugones invita a Quiroga, quien ahora está exiliado en Buenos Aires, a acompañarlo en carácter de fotógrafo de la expedición que está organizando. El gobierno argentino le ha encargado a Lugones relevar con fines turísticos el estado de las ruinas de los viejos territorios correspondientes a las misiones jesuíticas. Desde el comienzo, la amistad entre Lugones y Quiroga, todavía atormentado por la muerte de Ferrando, es inesperada, en especial por la consideración que Lugones le guarda a su amigo. A su vez, Lugones mismo ocupa un lugar importante en la trama, a partir de una atenta lectura por parte de Musetti de El Imperio Jesuítico, el libro que el ensayista argentino escribió a la vuelta de su viaje.

 

 

 

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La primera vez que presté atención a la tapa de Q y escuché esta premisa durante una mesa del FILBA dedicada a los 100 años de Los cuentos de la selva* se me vino a la mente la repetida cita de Joseph Conrad en Corazón de las tinieblas: “¡El horror! ¡El horror!”. Estas fueron las palabras finales asignadas al personaje de Kurtz, jefe de un puesto comercial en el medio de África. En la novela de Conrad es válido preguntarse de qué horror habla Kurtz a su muerte: el propio de ese lugar o el que han llevado los colonizadores europeos. En Q, Quiroga porta su propio horror, que se combina y potencia con el de la selva.

Es tentador ver este vínculo en el estilo y la forma de trabajar el dibujo de Musetti. Ese blanco y negro que se impone sin concesiones. Como dando razón a esta posibilidad, el libro comienza con un motivo urbano y un hotel que pronto se revela como parte de un sueño durante una travesía por el río Paraná. Sin embargo, con el efecto de contradecir esta separación tajante entre ámbitos –el sueño urbano y la vigilia selvática–, existe un estilo punteado para ciertos elementos de las viñetas que es compartido o continuado entre ambos espacios. Esta técnica, en ciertas ocasiones, parece establecer una versión gráfica de un leitmotiv –concepto aprendido en las mismas clases sobre Quiroga–, que es retomada sutilmente hacia el final –si no es solo impresión de este lector–.

 

 

 

 

 

 

Durante la misma mesa del FILBA, al ser interrogado por Silvana Tanzi acerca de la elección del blanco y negro para la obra, Musetti dio una respuesta en dos partes. Primero, un poco en broma y un poco en serio, que lo disuadía la idea de pintar 120 páginas –y se agrega el importante costo extra que implicaría una edición a color–. También, dijo, se podía citar a aquellos que decían que la historieta es un género solo en blanco y negro. En cierta forma, para ambas posibilidades, se suma la tarea del lector de reponer los colores a la representación. Además, la binaridad del blanco y negro –sin uso de grises– genera una polarización de la información, da una impresión que es rápidamente procesable. Sin embargo, agregaría que esta es una binaridad difusa, engañosa y, aun a riesgo del lugar común, propia de las representaciones orientales del ying y el yang, en que uno es el otro, y a las que la selva, con sus claros y oscuridades, no escapa.

 

 

 

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De acuerdo a lo que corresponde a las historias de viajes, los otros miembros del grupo nos son presentados durante la primera escala y antes de partir hacia esa jungla impenetrable: un cartógrafo, un médico, un guía local con poca paciencia y dos silenciosos mellizos guaraníes que hacen de porteadores. Internarse en lo desconocido es entonces gradual. Provinciano, primero, con la llegada a este pequeño pueblo de Posadas en el noreste argentino; luego más rural y agreste en el trayecto hacia las ruinas de San Ignacio –en la época en avanzado proceso de rescate–; y finalmente la selva tupida y el camino hacia las ruinas de Trinidad, las más olvidadas e inaccesibles, el destino final de la expedición. En esta última etapa podremos esperar los usuales protagonistas, como el agotamiento y la enfermedad, pero sin llegar a las privaciones extremas que en algunas oportunidades se producían –y a las que Lugones hace referencia–. Los sucesos tendrán otro motor y otros orígenes, dándose, como ya hemos dicho, un particular sincretismo entre la historia personal de Quiroga y la selva.

 

 

En Q se nos cuenta una aventura digna de Tintín y El templo del sol, y no solo en su trama acerca de la búsqueda de una civilización perdida en Sudamérica. Aun admitiendo las diferencias en el arte –en especial, el uso frecuente de un trazo grueso y más rústico por parte de Musetti–, se siente un estilo tributario de la escuela de la línea clara fundada justamente por Hergé, autor de las aventuras del joven periodista. No puedo terminar de explicar este vínculo, que tal vez puede ser compartible en la forma de caracterizar a los personajes, o en la composición de ciertas viñetas.** En todo caso, los invito a detenerse en la doble página central de Q (al final de este párrafo). La imagen es del avance a través de la selva por parte del grupo de exploradores. Al frente el guía y detrás, espaciados y asilados, los otros personajes, como una procesión que desciende levemente de izquierda a derecha por efecto de los declives del suelo o de las raíces. Al centro de la imagen, Quiroga, de rostro difuso, mirando a lo lejos, como si eventualmente pudiera encontrar al lector. Alrededor, y a pesar de dar la impresión de tratarse de un claro, todo es la selva exuberante, omnipresente, con las hojas de los helechos delineadas con esmero y los troncos de los árboles esparcidos con base en las líneas irregulares de sus cortezas. La jungla es al mismo tiempo opresiva y luminosa, gracias a los rayos de luz que se filtran desde las alturas y entre las hojas y ramas fuera de cuadro. Más adelante, aun cuando finalmente hemos llegado a las ruinas y construcciones jesuíticas, los árboles y la vegetación reclaman su lugar como colonizadores secundarios, luego de que los religiosos y los indígenas fueron forzados a dejar el lugar. Musetti parece haber tomado al pie de la letra la “invasión forestal” que describe Lugones: “Abandonados los pueblos, la maleza ha arraigado en aquella tierra propicia, precipitándose sobre ella con un encarnizamiento de asalto”. Y más adelante: “La selva entierra literalmente aquello”.

 

 

 

 

 

 

Hacia el final del cómic, el negro apenas calado por mínimas luces gana espacio y abruma, mientras que la aventura se adentra en lo más oscuro. Los distintos Quirogas se superponen. En el prólogo Rodolfo Santullo habla de una confusión entre realidad y ficción por parte del protagonista como el rasgo de ese viaje en la selva. Sería tentador llevarlo un paso más y pensar como imposible esa diferenciación, como lo decía Alejo Carpentier: “¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real-maravilloso?”. En ese contexto, incluso lo infantil se torna fantástico, desconectado de los sobreentendidos usuales, y toda la narrativa de Quiroga se vuelve historias de una moraleja fundamental, no acerca del bien y del mal, sino del orden de un mundo práctico, con consecuencias y sin concesiones –lo que emparenta a “A la deriva” con “Encender un fuego”, de Jack London–.

 

 

 

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Q, premiado por el Fondo Concursable para la Cultura, viene a unirse a lo grande a las listas del cómic biográfico-histórico en Uruguay, género que cuenta con opciones más tradicionales, como Zitarrosa, de Rodolfo Santullo y Max Aguirre, acerca del cantautor uruguayo, hasta algunas más arriesgadas o creativas, como ¿Qué he ganado con quererte?, de Alejandro Farías y Junior Santellán, acerca de Felisberto Hernández.***

 

 

Los cómics de superhéroes y el cine nos han acostumbrado a este tipo de historias que muchas veces cuentan el origen de las leyendas de nuestro mundo. Como si ya desde ese punto de partida estuviera la semilla del futuro, como si la vida fuera una gran círculo en que los extremos se tocan y todo se conecta. Q es esa historia de origen, y algo más, del Quiroga que aprendimos de los libros y sus cuentos, los de la selva y los de locura y de muerte.

 

 


*Compartida con Helena Corbellini y Gerardo Ferreira –compañero de Sotobosque–, y moderada por Silvana Tanzi.

**Tal vez este vínculo se podría rastrear en el historietista suizo Pierre Wazem, a quien no conocía antes de realizar esta reseña (debo agradecer a Rodolfo Santullo por el dato).

***Podríamos ponerlo en paralelo con Prócer Zombiedel que ya hablamos en esta revista– como espacio donde pensamos esa identidad-iconicidad nacional.

 

La nota recitada por Fede:

 

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