Ké puede salir mal

18.04.2018

Es bastante inusual que una película uruguaya se presente en sociedad mediante un spot que contenga un mensaje así (léase con voz en off grave, sensacionalista y semiterrorífica):

 

Primera película punk-retro-rural:

¡Sexo! ¡Violencia! ¡Drogas! ¡Maragatos!

 

Te hace parar la oreja un cachito, y el último segmento de la frase (el más importante, sin dudas) seguro logra arrancarte una leve sonrisa. Si no, sos de mármol. Luego de algunos segundos uno dice “pucha, ¿será broma o estaré viendo I-Sat?”. Ni una cosa ni la otra. Estarás viendo o a punto de ver La noche que no se repite, la ópera prima de Manuel Berriel y Aparicio García, dos realizadores maragatos que nos cuentan la historia del gordo Pablo (un repartidor de pizza), de Olveira y Sandro (un par de criminales de baja calaña), de Juan Manuel, Esteban y “el Washin” (unos adolescentes expeditivos que andan sin vueltas) y de una ciudad del interior que reúne y conecta a todos de manera azarosa a partir de una broma tan pesada como cruel e inconsecuente.

 

El guion se basa en la novela homónima del escritor Pedro Peña (1975, de San José también), publicada por primera vez en 2010 fuera de fronteras —en Perú más precisamente, por ediciones Altazor—, y que vio su segunda edición en 2015, ahora sí, de regreso al país y de la mano de la editorial Estuario. La cinta se estrenó el 12 de abril en la sala Nelly Goitiño del SODRE y tuvo su preestreno en el Teatro Macció de San José de Mayo, a modo de recompensa y homenaje al público local, que apoyó de diversas maneras la esforzada producción. Es que el 90% de la película fue rodada en San José, según comentan los realizadores y, además, se congratulan de lo siguiente: “Todos los que trabajamos en la película somos de San José”. Esta especie de cofradía-masónica-maragata involucró a la ciudad entera en el proyecto, ya que se necesitaron muchos extras y el presupuesto era verdaderamente ajustado.

 

 

 

 

“¿Te conté de la primera vez que maté a alguien?”, dice la sugerente primera línea de esta película que, en cuanto al género fílmico, incursiona en el denominado “cine de explotación” o “grindhouse film”, cuyas raíces nos conducen a la década del 60. Se trata de una estética que en esa época logró tener gran impacto entre los espectadores, para bien y para mal. Se inventó un nicho propio dentro de la industria cinematográfica, pese a que sus productos fueran siempre considerados “menores” (como le pasó a la novela negra o policial en su momento) y se los emparentara con el cine B, debido a sus peculiaridades de ejecución, a saber: bajo presupuesto, abordaje de temas polémicos a nivel social pero encarados desde una óptica más bien satírica e inmoral (aunque sin ser esquivo a las denuncias que expone), aparente escasez de mérito artístico o cuestionable buen gusto, y el trabajo con actores no profesionales, entre otras características.

 

Si las juntamos, el producto final nos devuelve una caldera caliente que es bravo sostener entre las manos por mucho tiempo y esa circunstancia te pone en una linda encrucijada como espectador; al menos eso fue lo que me pasó cuando me puse a ver La noche que no se repite, porque sentí que se abren dos caminos posibles: o en determinado momento la caldera te quema las manos y la soltás a la mierda para irte del cine; o dejás que la caldera te explote en la jeta y hacés las paces con una propuesta que, a su manera, te vino a decir algunas cosas. Y en este sentido entendí perfecto cuando en una entrevista oí decir a uno de los directores: “Ayuda que la gente no vaya con una moral y cívica muy elevada a verla”. Me pareció una forma muy cordial y educada de pedirte que vayas con la guardia baja y creo que hacerlo siempre es una buena operación para intentar desmontar el sinnúmero de prejuicios con los que llegamos a las puertas de cualquier producto artístico.

 

Pese a ser su primer mojón de largo aliento, la sociedad Berriel-García venía trabajando desde la realización del cortometraje Sr. Estable (2011), que se puede youtubear con gran facilidad. Lo interesante es que el corto fue realizado en San José con técnicos y actores de la ciudad. Si observamos este hecho desde una perspectiva mayor, las migas que otorgó la experimentación y el trabajo de campo en Sr. Estable fueron las que hoy recoge La noche que no se repite, no en cuanto a la temática sino al rico aprendizaje que se obtuvo en el proceso y que se plasma en la cinta. A su vez, también provocó un antecedente en el trabajo con la improvisación de los actores, ya que, por ejemplo, Diego Moncho Licio (quien interpreta al señor Estable en el corto) encarna al gordo Pablo en la película, al tiempo que Ernesto Pérez (quien en el corto hace de jefe del señor Estable) encarna a Olveira, uno de los maleantes y el protagonista de la historia maragata.

 

 

 

 

Por otra parte, es bueno recalcar lo que se hizo con actores no profesionales: “estuvimos trabajando un año antes en improvisaciones y armando los personajes en base a la lectura de las notas policiales de la semana”, comentan los directores en una entrevista televisiva. O sea que la idea ni siquiera era que se aprendieran un guion o los parlamentos, sino que el verdadero desafío era lograr aquello que Quiroga en sus críticas de cine definía como “la verdad en la expresión” (impro), sumado al “color local del escenario” (San José). Ambos dominios se buscan en la película, a veces se encuentran y otras veces no tanto, pero nunca dejan de insistir en conectarse.

 

La historia tiene varias líneas argumentativas pero me pareció que ninguna logra destacarse sobre el resto, salvo la de Olveira, algo más desarrollada por ser quien lleva la batuta narrativa de una orquesta en la que cada uno intenta infructuosamente hacer un gran solo de batería para coronar sus motivaciones personales. Algunas escenas parecen estar pegadas con poxipol y otras (las humorísticas, más que nada) se destacan por su resolución disparatada y lúcida (te vas a acordar de mí cuando veas lo que hace el gordo Pablo al momento de ser abandonado por sus asaltantes en un descampado a medianoche).

 

Claro, es fácil venir acá y decir “esto sí y esto no”, pero lo cierto es que sigue siendo difícil hacer cine en Uruguay. Correrse de la capital para ficcionalizar otras ciudades, sin importar qué tipo de historias nuestros cineastas se animen a contar, no solo implica un gesto arriesgado sino también saludable (algunos narradores uruguayos contemporáneos ya han tomado la delantera en esa búsqueda de nuevos espacios: Peña es uno de ellos). No es para nada casual que la literatura y el cine trabajen juntas en procura de mover un poco más los límites de la creación y en pos de un objetivo mayor, siempre lo hicieron, desde los inicios del séptimo arte. En ese sentido, La noche que no se repite deja de ser una película que sube o baja de la salas según la cantidad de gente que la vea y pasa a ser parte de un proyecto un poco más ambicioso. Y en esa clave de lectura me cae súper bien.

 

 

 

La noche que no se repite (Uruguay, 2018)

Basada en la novela homónima de Pedro Peña.

Dirección y guion: Aparicio García, Manuel Berriel.
Montaje: Germán Arcos, Aparicio García, Manuel Berriel.
Fotografía: Sebastián Chappe.
Arte: Malandro.

Vestuario: Martina Garrido.
Protagonistas: Diego Licio, Gabriel Ocampo, Ernesto Pérez, Diego Montesdeoca, Juan Santandreu.
Música original: Vicente Martínez.

 

En cartel hoy en Grupocine Torre de los Profesionales y hasta el domingo 22 de abril en las siguientes salas y horarios:

La nota recitada por Gera:

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