Una cárcel se abre

11.05.2017

 

—No parece pero es sano para el cuerpo. Se me fueron todos los dolores —me comenta una de las performers, antes de estirar, mientras enciende un tabaco en la puerta del auditorio.

—Debe ser catártico —contesto. Aún estoy impresionada por lo que acabo de vivenciar. Se los comento a los otros que me cruzo pero no creo que me lleguen a comprender. Acaban de dar un espectáculo de una fuerza y sordidez tal que resulta un poco insólito verlos distendidos, a punto de celebrar, como si hubieran dejado de sí una parte en ese patio de lo que fue la cárcel de Miguelete.

 

 

Antes de entrar al lugar donde se llevará a cabo la performance el rechinar de la oxidada puerta de hierro anticipa lo que sucederá; dentro —a través de la rendija del portón— ya se pueden ver personas caminando en fila con atuendos de lo más variados (ropa deportiva, vestidos, polleras, calzas). De antemano nos comunicaron a los asistentes que no solo éramos libres de movernos por el espacio sino que nos aconsejaban hacerlo, ya que no se trataba de un espectáculo que utilizara el recurso de la cuarta pared, sino que pretendía que el espectador estuviera activo. “No se puede tocar a los performers, pero sí acercárseles”, nos dijeron, y agregaron: “Si se quedan quietos, además, los van a comer los mosquitos”.

 

El patio del Espacio de Arte Contemporáneo (EAC) está iluminado con varios focos colocados en el suelo y otros colgados de las altas paredes de ladrillo, en el suelo los restos de escombros característicos del lugar, una formación de piedras cilíndricas apiladas en cierta región central. Comienzo a caminar con mi cámara lista y a observar los rostros de los intérpretes, que se entrecruzan en dos filas diagonales cargando una serie de medianas piedras, al llegar a cierto punto las depositan sobre una montaña. El ambiente está cargado de una seriedad que dialoga con el entorno, caminan absortos.

 

Objeto desgenerado es el nombre de la residencia artística multidisciplinaria que se llevó a cabo en el EAC, de la que luego de tres horas de investigación de diversos artistas durante ocho días, resultó la performance No hay mal que dure cien años (ni cuerpo que lo resista). Contó con la coproducción de Plataforma LODO (de Argentina), y diez performers en escena. Su director fue Elías Míguez, con la codirección de Priscila Favre.

 

El planteo estético de la investigación fue proyectado y elaborado en la ciudad de Buenos Aires por los coordinadores, así como diagramado su trasfondo ético y marco de referencialidad teórico, que contempló textos de autores surrealistas (André Breton), filósofos modernos y contemporáneos (Maurice Merleau-Ponty, Félix Guattari, Gilles Deleuze, Michel Foucault) y autores clásicos (Dante Alighieri). A Elías y a Priscila les interesaban especialmente las imágenes plásticas y a la vez cinéticas que pudieran establecer una dialéctica con el espacio de la ex prisión, por lo que se encargaron de hacer un trabajo de recolección previo de materiales para elaborar así un cuadro sinóptico como base para los ensayos.

 

Los intérpretes comienzan a correr velozmente y me toman desprevenida, me pasan por al lado cuerpos veloces que entran y salen de diferentes recovecos. Se tiran al suelo a temblar, con una expresividad límite se retuercen. Es impactante verlos sobre la tierra, con esos gestos de dolor frente a los otros espectadores que deambulan, como yo, por el lugar; todo nos da a entender desde ya que será impredecible, sorpresivo, estruendoso. Me llama la atención una joven que lleva un vestido blanco de novia, la sigo un poco con la mirada para descubrirla en un momento arrodillada mirando hacia la nada, en un gesto de introspección dolida; me arrodillo frente a ella y busco su mirada tras tomarle algunas fotos. Tengo la sensación de estar inmersa en una situación que aún no logro dilucidar y que podría tomar cualquier rumbo.

 

El trabajo conjunto de estos artistas se dejó inspirar por los muros de la ex prisión. Vivieron y experimentaron el dolor que está yacente en esas paredes, gritaron los gritos que, quizá, hayan querido gritar quienes vieron disolverse sus vidas tras esas rejas. La convocatoria inicial de la residencia buscaba (y logró) crear un laboratorio en torno a varias temáticas jugadas y transgresoras.

 

—Los disparadores fundamentales de la investigación artística tuvieron que ver con los castigos, los suplicios, el dolor, el límite, la reclusión, la cárcel y el cuerpo como blanco de los castigos físicos. Para nosotros (Priscila Favre y yo), fue fundamental trabajar contextualizados y hacer del/con el cuerpo una materialidad que dialogue con el patio de una cárcel que a la vez es espacio de arte contemporáneo. Por otra parte, nos preguntábamos cómo hablar de la violencia de lo político, lo étnico, lo erótico, lo perverso y de la danza como lo posible de los cuerpos en estados —explica Míguez.

 

Todos se paran en formación de zigzag mirando hacia el frente, en donde estamos los espectadores con nuestra inocencia desprevenida; un silencio nos anticipa una posible ruptura estructural. Suena un hard techno que retumba en las paredes, mientras ellos gritan uno tras otro los insultos que probablemente se escucharon años atrás en esta cárcel, gritan la despótica opresión y también gritan la presión social que nos ejerce día a día el mundo. A través de palabras simples y groseras, manifiestan el juicio y la ira, prestan sus cuerpos como canales de agresividad latente.

 

Los artistas que participaron cuentan con trayectorias muy diversas. Convivieron en escena bailarines, investigadores, performers, intérpretes (así es como se refiere a ellos Elías) que tienen más de diez años de experiencia en las artes escénicas con otros que realizaron en esta investigación su primer encuentro con el escenario. Esta selección tan diversa se debe a la voluntad de desarticular el ejercicio de la curaduría, utilizando como único criterio la disponibilidad frente al proyecto, generando un clima de ambiente horizontal en el que no se ejerce poder por parte de los coordinadores y se logra un proceso conjunto. “Esa pluralidad de trayectos nunca nos amedrentó para no ser exigentes a la hora de la experimentación”, comenta Elías.

 

Están de espalda contra la pared, proyectan una sombra alargada y tenebrosa, las manos se prenden al ladrillo y las caras se desfiguran de dolor. Nos dejan este respiro de quietud para luego impactarnos nuevamente: uno a uno se vuelven opresores violentos de los demás. Veo a la muchacha del vestido de novia correr y tomar con fuerza a sus compañeros, los reduce, les grita el juicio y los arrincona en la sombra, “psiquiátrica”, “negra”, “maricón”, “puta”. Todos caen en ese juego de opresores dominados que los va dejando apartados. Una joven performer con un saco rojo sangre se arrastra con el pelo suelto y revuelto, camina en cuatro patas levantando una estela de tierra ominosa, mientras un hombre semidesnudo amenaza con golpearla; los espectadores en el medio caminamos desprotegidos y curiosos con nuestras cámaras protectoras. Hay una sensación de cuerda tensa que se podría quebrar, un estallido que comienza a manifestarse.

 

—En cada encuentro planteábamos una sucesión progresiva de experiencias que intentaban hacer carne esas ideas que queríamos trabajar, siendo conscientes de la necesidad de llevarnos grupalmente a experiencias que enfrenten a los participantes a su idea de límite, a su límite real y al mismo tiempo a correrlo —cuenta el director.

 

Parados, tirados, desfigurados sobre las rocas cilíndricas recrean una imagen fuerte. El conjunto en posiciones de desarme corporal por momentos quieto se yergue bajo la medialuna que suma una luz espectral en los charcos de sombra. Con movimientos epilépticos reinventan su estructura y los cuerpos tiemblan, en algún lugar espera un micrófono y una serie de textos.

 

En el transcurso de la performance se leyeron en vivo algunos textos elaborados por los participantes en el laboratorio, entre ellos el resultado de un ejercicio compositivo que proponía imaginar posibles formas de morir, generando “guiones de muertes”.

 

Uno a uno van relatando en voz alta esas palabras mientras sus compañeros las canalizan con el cuerpo.“Un cuerpo que late, un cuerpo que está muriendo, un cuerpo que grita la inminencia de su propia finitud”, “Los fantasmas de la cárcel aparecen en sus celdas, y empiezan a apedrearme hasta la muerte desde todas las direcciones”. En este punto siento un mareo de shock; es imposible permanecer intacta, permanecer quieta. El alivio me llega (era necesario) tras una pausa en la que ya no hablan. Se reúnen junto a una de las interminables paredes de ladrillo y forman una escalera humana, comienzan a trepar el muro elevándose para intentar escapar. Como espectadora deseo fervientemente que lo logren, que con su tamaño humano realicen la proeza de llegar a esas elevadas ventanas con rejas de hierro oxidado y bocas de sombra que anuncian horribles celdas detrás, que asciendan desafiando las leyes de la física y lleguen, triunfantes, a redimirse al techo donde está su libertad, que se fuguen de la prisión.

 

Fue un espectáculo comprometido al límite por cada uno de los artistas, tanto física como emocionalmente, que refleja un trabajo grupal intenso y subjetivo y de una exigencia corporal extrema, que, según creo, logró impactar y generar en los espectadores sensaciones fuertes. A través de la interpretación performática de los opresores y de las víctimas, estos artistas canalizaron un poco de todo lo que sucedió en esa cárcel y en otras, de la dicotomía humana frente al dolor y al poder. Una performance radical al borde del paroxismo, que despierta tanto odio como empatía, que recorre el tormento de lo que no se quiere ver, que destapa las palabras que no se dicen, desarticula los músculos buscando el centro de la contractura y distiende la fantasía perversa para explorar en ella el núcleo de la muerte, de la conciencia íntima y de la vulnerabilidad violenta.

 

Los performers fueron Nair Noronha, Victoria Morante, Pablito Ortelli, Alejandro Grimm, Shair Pimienta, Guadalupe Pérez, Rocío Hernández, Belén Rivera, Kato Kun y Ana de Gregorio.

 

Objeto desgenerado está conformado por Sat Dyal Kaur, Fernando Barrios y Fabricio Guaragna Silva.

 

La imagen poética de esa escalera humana es difícil de olvidar, cada uno sobre los demás llega alto, intenta fuertemente la huida. Quizá otras personas podrían leer en este cierre un gesto eterno y utópico de liberación imposible frente a esas sólidas paredes opresoras. Quiero interpretar este final con el toque de esperanza que necesito tras el agobio intenso que siento —causado por el nivel de compromiso de los intérpretes, la crudeza de los temas tratados y mi propia e inevitable implicación emocional—. Quiero interpretar en la huida valiente la esperanza de que esos cuerpos se liberen tras haberse permitido naufragar en el dolor y el encierro. Escapar.

 

Nina recita la nota:

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