• Lucía Germano

Cuando el barrio cuenta


Esperaba con ansias el nuevo libro de Carolina Bello, una escritora montevideana nacida en 1983. La publicación de su tercero, Urquiza (Fin de Siglo, 2016), se había visto algo demorada desde su anterior, Saturnino (Trópico Sur, 2013), y más alejada aun de su debut, Escrito en la ventanilla (Irrupciones Grupo Editor, 2011).

Urquiza fue ganador por unanimidad del Premio Gutenberg 2016 a jóvenes narradores y es, a mi entender, la confirmación de aquella joven promesa literaria. Es también difícil de clasificar: la autora declara que es un libro de relatos, sin embargo y en desconocimiento de tal etiqueta, lo leí de principio a fin como una novela. Los límites entre uno y otra son difusos en tanto cada cuento (¿o capítulo?) mantiene su efecto, su estructura cerrada y su independencia del resto; pero a la vez el conjunto logra recrear un todo simbólico, un mundo si se quiere, que tiene como eje temático y territorial la calle Urquiza del barrio montevideano La Blanqueada. De hecho, me resulta una ganancia leerlo en el orden que se propone y cada relato cobra mayor sentido cuando se lo lee relacionándolo con lo anterior. Se gana en densidad de los personajes y también en la empatía que despiertan.

El libro de unas 100 páginas relata episodios de la vida de varios personajes —y de algunos allegados que no habitan La Blanqueada— que viven sobre la calle Urquiza. Las historias están ubicadas mayormente a fines de los 50 y principio de los 60, pero con algunos saltos en el eje temporal. De modo que traza la genealogía y las peripecias de sus residentes más destacados; y en ese trayecto establece lo variopinto de la convivencia en un barrio, pero también una forma única, un “deber ser”, de lo que es consensuado (o no) hacer y sentir.

Casi todos los personajes que habitan Urquiza pertenecen a una misma clase social —media trabajadora—. Se trata de un realismo urbano pero que al retratar el pasado de estos también viaja a otras geografías y a otras épocas. De leerse como novela cabe hablar de la presencia de anacronías, figura que no se aplicaría si se tratase de relatos independientes.

Lo que puede interpretarse como una mera disquisición académica, no lo es, ya que, como lectora, la manera de acercarme a un libro de cuentos o a una novela es completamente distinta. Frente a un volumen de relatos, elijo respetar la individualidad de cada texto, dando incluso el espacio temporal para que sean intercalados con la lectura de otros libros y muchas veces sin respetar el orden propuesto. Frente a una novela, mi lectura es continua y en orden.

En Urquiza, a pesar de su brevedad, hay un despliegue de historias, barriales, realistas, en apariencia simples pero que van adquiriendo densidad. Es una obra entretenida en la medida en que suceden muchas cosas: la acción es permanente, sin espacio para dilaciones, aunque a veces con exagerada síntesis.

Lo trágico de los relatos se ve matizado por la naturalidad con la que son manejadas las desgracias y la violencia y por ese reinventarse de algunos personajes, entre quienes son excepcionales los que quedan detenidos en el tiempo. La adjetivación y el tono elegidos por la autora colaboran en la desdramatización de la tragedia. Todo es hilvanado por una consistencia en la forma de narrar y una soltura en la variedad del español rioplatense que recuerdan épocas cercanas pero pasadas, en las que el remate a través del humor se vuelve un pulmón saludable en la lectura.

Los conflictos giran en torno a la adecuación o no de los valores culturales de ese barrio y de esa clase social; cómo sobrellevar la convivencia con la familia que le ha tocado en suerte, en cómo duelar la muerte, en cómo se vive la infancia, los amigos, la pareja. Es la vida misma.

Los ambientes que genera son percibidos de forma vívida, uno de los grandes aciertos de Urquiza. Y los personajes se vuelven altamente entrañables y, como en todas las buenas obras, no son ni buenos ni malos sino que son. Aparecen en principio de forma secundaria, a veces en los comentarios de un vecino que introduce una minucia al pasar, y luego tenemos un desarrollo de su historia sin perder jamás la coherencia; como Yolanda, uno de los relatos más trágicos, o la muerte del padre de la niña lagrimita. Al comienzo solo tenemos el relato de lo que es de conocimiento público, de cómo el barrio lo percibe en esa mirada única y juzgadora, de la generación de microleyendas barriales, y en el transcurrir de la lectura se desgrana lo particular de cada historia, lo que pertenece al ámbito privado, pero que termina por afectar la configuración del barrio.

Por ejemplo, la familia Manaquer funciona como amalgama del resto de los relatos. Y siendo de los más presentes, en particular a través de Quique —el menor de la familia—, son observadores de las tragedias vecinas.

Conviene señalar que Urquiza escapa a la crecida tendencia de la nueva narrativa local —y quizás internacional— de abundar en la literatura del yo. Desde luego dista de ser el único caso en el corpus de obras nacionales, ni será el último, pero cuando el lector se agota de leer ese registro, ofrecer una alternativa es por lo menos saludable. Además, en tiempos de solipsismo los relatos colectivos pueden ser acaso irreverentes.

La memoria —y con ella una cierta nostalgia ya presente en Escrito en la ventanilla— emerge, desde el epígrafe de Graham Swift que inicia la obra, como aquello que debe rescatarse, como quizás lo más valioso y lo único accesible cuando el tiempo ha pasado y se ha llevado o transformado a todos sus protagonistas. En definitiva, de eso está hecha la literatura.

Solo los animales viven absolutamente metidos en el aquí y el ahora.

Solo la naturaleza olvida la memoria y la historia. El hombre, en cambio,

es el único animal que cuenta historias. Vaya a donde vaya, siempre trata

de no dejar tras de sí una estela caótica o un espacio vacío.

-El país del agua, Graham Swift.

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