• Francisco Álvez Francese / Gastón Haro

9. Los jinetes


Sobre “Los potros” de Pedro Leandro Ipuche (Alas nuevas, 1922) y de Fernán Silva Valdés (Poemas nativos, 1925)

Primero se ven o se oyen, como el rayo. En el poema de Ipuche son seres de hermosa vitalidad, erizados de adjetivos que relinchan en la doma y centellean como látigos. Son la parte viviente de un cuerpo extendido, son un recuerdo del mito. O, mejor, son el mito dando vueltas por los versos, atravesando los versos entre poemas, saltando a Silva Valdés como una chispa que lo enciende en aliteraciones, en ese ir del símbolo hacia el sonido, del sonido a las letras, en la creación de un eco misterioso que explota la página, reimagina el sentido de esas hordas que arrasaron la campaña y la cubrieron de gramillas y esqueletos. Pronto no son los caballos de la Idea que Ipuche parece ver en el fuego y en el trabajo: son el caballo viejo y triste de las patriadas vencidas, son la audacia toda hecha de palabras y señales. Son esa pasión temblorosa de lo bello y de lo letal, la continuación del hombre que inflama los ejércitos, la belleza de un zigzag violento y natural frente a la potencia maquínica y lineal del hierro, que conoce del fuego la destrucción de todo lo propio por lo ajeno. Es la memoria que se extravía en las cuchillas, en el campo abierto y escandaloso, entre las puebladas que pasan como una mano sobre el lomo agitado que espanta a una mosca: y esa mosca advierte de la verdad del sueño, del otro mundo de lo Real que se atraviesa desnudo, desapareciendo tristemente al mundo y volviendo a él entero y preclaro. Porque cuando se detiene, cuando naufraga o sueña, todo desaparece como los caballos en el agua, como el hundirse y el vagar de la voz poética que se pierde por entre los blancos como un temblor de tropas famélicas, amenazantes y fieles, todas dientes y sudor. El poema, abierto en dos por el curso de esas manchas que aran el campo límpido e inextinguible del pensamiento, es la errancia de lo que dispara y huye: se quiebra en versos que se abren y llenan con extraña música de galopes el oído, para acallar toda voz.

"Los potros", de Pedro Leandro Ipuche

Y van saltando los potros, foscos, trémulos, crinudos,

Desplegando su energía en relinchos estridentes.

Hay un vaivén epiléptico en sus ojazos desnudos.

Y la amenaza siniestra del desgarrón en sus dientes.

Ah, los potros de ancas duras y corvejones nervudos;

Impetuosos, primitivos de lomos resplandecientes.

Donde el gaucho —ágil y audaz— entre gritos y saludos,

Hace un ángulo de ajuste con sus piernas resistentes!

Los potros abren en mí la curva de los impulsos,

Repercuten en mi cuerpo, hacen tremolar mis pulsos.

En un afán de banderas, de martillos y de lazos.

Son la fuerza —rauda y toda— y por eso me seducen,

Cuando siento el tamboreo de sus cascos que relucen

En un tropel aturdido de mordiscos y pechazos.

"Los potros", de Fernán Silva Valdés

Son cuatrocientos potros

trotando, trotando, trotando.

Van como una tormenta

hecha de un trueno largo.

de una nube parda;

de cuatrocientos potros

—casi todos de pelos oscuros—

van como una tormenta

con relámpagos tordillos blancos.

Jinetes en caballos ha tiempo arrocinados;

sacudiendo los ponchos de calientes colores,

mal doblados en pliegues y colgantes del brazo

con silbidos y voces

los troperos los van azuzando.

Así marchan los potros,

trotando, trotando, trotando.

Cuando encuentran un río

lo vadean a nado,

y por unos momentos solamente se ven

las cabezas ansiosas a flor de agua boyando.

Al salir a la orilla,

jadeantes y empapados,

agachan las orejas, se sacuden las crines,

relinchan unos cuantos,

y en seguida, otra vez,

son cuatrocientos potros

trotando, trotando, trotando.

Cuando llegue la noche, cumplida la jornada

—previendo una posible disparada de potros—,

los troperos harán cuatro fuegos bien grandes

que arderán a la vez a las puntas del campo;

luego, mientras vigile quien se quede de ronda,

hombres y animales buscarán el descanso;

y los potros salvajes dormirán sin saber

que su albedrío ha muerto,

¡y que lo están velando!

El texto y los poemas recitados por Francisco:


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