• Francisco Álvez Francese / Gastón Haro

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Sobre “El patio extraño” y “Tarde” de Enrique Casaravilla Lemos (Partituras secretas, 1967)

La inmensidad y lo ínfimo se cruzan como en un trance secreto. El patio, el universo, el Infierno y la flor pasan en los versos medidos con rara precisión. Está el poderío de una voz que todo iguala en el lenguaje y que enuncia con elocuencia plena la condena de los demonios y el fin del mundo. Son dos poemas breves, articulados por un mismo espacio cósmico inmediato (el patio, el jardín), que de tan a la mano se resuelve intensamente surcado por lo sobrenatural. “Tenemos los jardines ahí no más” o “—sin sombrero—”, en la tarde o esa piedra que no se puede mirar, que no ve. ¿Dónde habita el demonio? En el triste páramo individual, de baldosas en damero, y un hombre que no embellece el cuadrado que es el cielo que recorta arriba. En la continuidad forzada de los dos poemas se perciben los espacios de la lujuria y del vicio, quebrados pero en un continuo de su exterioridad: el jardín como potencia que aún se tiene, la posibilidad de aún amarse ahí, mientras el mundo atardece. Pero siempre hay un impedimento (“densa piedra”, “azul vago” que se apaga). La concreción del deseo, apretado, domesticado, se niega en una temerosa aprensión de los vivos. El jardín se abre como esperanza y el patio refugio incierto, prisión para demonios. Ahí alterna lo poético (mar, azul, soledad, densidad, ocaso, firmamento, Venus o las Gracias) con una cosa que está hecha de tiempo (el hombre), y que perdura ese instante en que lo vemos mirando de reojo a la amada, pidiéndole un minuto más antes de que se apague. La aparición, en cualquier parte del verso, de una palabra disonante es lo que altera nuestra idea de realidad y lo que nos despierta a una visión única de la sustancia poética. En el espléndido choque de un planeta contra un pilar, la imagen coagula un sentido cuajado de misterios, de un ardor casero que en el otro poema será el viento o las mareas o una voz divina, finalmente, que se empaña como una ventana, ajena a toda concreción, como si la puerta del mundo se cerrase apenas entreabierta y quedara ahí, en ese cuadradito de la luz, una idea del Paraíso que se nos muestra solo para negarse.

"El patio extraño"

—Yo tengo el patio solitario de densa piedra no mirada...

Que en él desciendan los demonios...

Ni una flor —vaga vejez; sin nada...

(arde un planeta contra un pilar!)

Liso y abierto —sin sombrero—

que habituar sepa a los demonios

que surgen bajo el firmamento.

"Tarde"

Vamos. Vamos. Sufrimos del destierro del mundo,

del ocaso del mundo cerca ya.

Vamos, vamos, amor...

Tenemos los jardines ahí no más

aún.

Se siente la brisa de lujuria apagada

y lejana del mar...

Lejos, de la mirada de Venus el color

azul vago se apaga.

Ya sin pulso, la voz

de las Gracias se empaña.

Hasta el 10 de mayo Gastón Haro expone junto con Lucía Cabrera y Mati Rey,

Fotosecuencia colectiva: La Máquina Vacía, en Hall Central.

El texto y los poemas recitados por Francisco:


DISEÑO Pía Alive (identidad) | Florencia Sacarelo (arte) + Maggie Sagarra (web)

ninablaufoto@gmail.commaggies.84@gmail.com - Montevideo, Uruguay

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