• Diego De Ávila

Con el recuerdo de sus amigos


Existen cosas extrañas, pero Bobby sí que era un chico extraño. Disponía tres o cuatro libros sobre la mesa (y en muy raras ocasiones solo dos) y comenzaba la lectura de uno de ellos. Muy pronto, a las cinco páginas, dejaba ese libro abierto y tomaba otro. Lo leía durante un rato y entonces tomaba el tercero, y tras una breve lectura lo dejaba abierto boca abajo para retomar el que le había gustado más de los dos libros anteriores. Y así estaba durante un buen rato, encerrado en el depósito de atrás, donde lo más depositado era una enorme mesa de madera podrida. Llena de insectos, pero firme. Cuando uno la miraba se preguntaba si no estaría en realidad presenciando la presa de una eterna agonía. Pero bueno, Bobby estaba allí cambiando de libro, retomando ambientación en una novela gótica, pasándose a relatos de ciencia ficción, y entrometido después en libros técnicos. A veces se quedaba cuarenta páginas en un mismo lugar. Pero apenas salía del trance se reprendía haberse distraído, haberse dejado atrapar, y se dedicaba a uno de los libros restantes, el que le había gustado menos. Y seguía así por un buen rato más. Dijo que se trataba de un ejercicio para la ansiedad, para nivelar una costumbre, dijo que ese hábito representaba su costado humano más complicado, pero la verdad era que nadie le había preguntado nada. En un pueblo como el nuestro, que no tiene más de seiscientos habitantes, los ríos y montes junto con sus pájaros y animales nocturnos, nos llena, a nosotros, de un tedio infinito, porque somos en realidad seres urbanos que tienen que contar una historia aquí, y ninguna actividad, por rara que sea, nos interesa demasiado. Y aquí estoy yo. Trato, sobre todo, de no molestar a nadie más, pero es difícil. Y hablo de Bobby porque no es alguien a quien uno pueda hacer sentir incómodo. Hubo una vez en la que salimos con leños, mantas y lonas, a pasar un fin de semana en el lado norte, luego del río, y a nuestro amigo apenas si lo vimos. Se la pasaba horas perdido... Y en determinado momento aparecía y te confesaba que siempre había estado allí. Estaba sentado detrás de la carpa, te decía. Estuve allí, detrás de aquel arbusto. En una roca, a dos metros de ti, por aquel lado, tú te mostrabas de perfil. O si no te decía: estuve sentado junto al fuego. Podía quedarse horas junto a nosotros sin hablar una palabra, y sin embargo resultaba ocurrente -tomábamos de pronto consciencia de que estaba allí-, incluso daba a conocer sus opiniones y demostraba atención y buen gusto: eran los comentarios que aprobaba con la cabeza, a quién de nosotros miraba fijamente, qué chistes festejaba. Demostraba afecto por cada uno porque en ocasiones sonreía frente a comentarios no tan atractivos, dando a entender amistad, buenos sentimientos, yo le quería. Pero desaparecía durante horas y tan seguido que nos terminamos por acostumbrar a que él estaba y no estaba con nosotros. Un buen día llegaba y te decía: ya entendí. La única cosa bella que podría regalarte es mi propio dolor. Porque si te regalara algo que no deseo, te estaría entregando cosas que nada tienen que ver conmigo. Si te entrego algo de verdad importante será una cosa que extrañaré toda la vida. Yo le decía que sí, desganadamente, más porque no me interesaba contradecirlo, ni me interesaba el tema, que porque pensara algo más al respecto. Y si llegaba a elogiarle la ocurrencia en vez de simplemente aprobarla, digamos, con un sonido, era él quien asentía a mi felicitación con desgano, y yo me sentía un tonto por haberlo elogiado; quedaba dicho que no se trataba de gran cosa. Otros amigos llegan a mí (los recibo en casa) y hablamos de él. ¿Has visto las revistas pornográficas con las que estaba el otro día? Mira, había una mujer acostada en el piso, a la que apenas se le podía ver poco más que el pelo, la cabeza boca arriba sobre una mesa ratona, y encima de su cara y de espaldas estaba otra mujer, con tacos altos, muy delineada y sin nada de ropa, que se abría ampliamente las nalgas sobre la boca de la muchacha. Todos nos quedamos callados en ese momento, incómodos de estar entre varones y que las palabras de uno de ellos nos hubiesen excitado. Yo le pregunté cómo era que había visto esa revista. Y él me dijo que era fácil violar la privacidad de Bobby, puesto que descuidaba sus cosas en los lugares más indebidos: su mochila estaba abierta, su casa no tenía cerradura, a sus papeles se los llevaba el viento, los libros que leía figuraban en una ficha de la biblioteca pública. Todos nos preguntamos en esa ocasión si Bobby habría nacido con nosotros. En mi primer recuerdo no está Bobby: se trata de una casa alta, con maderas atadas y paja, un horno de barro horneaba pan, y mis ojos, con la clase de imagen borrosa que remite a un primer recuerdo, miraban hacia fuera de la habitación, a los campos blanqueados por el granizo matinal, y yo los señalaba y gruñía, y mi padre decía: este muchacho se irá pronto de aquí, ahora que está adentro de la casa señala los campos, pero cuando salga a los campos señalará hacia el horizonte, y luego se irá al espacio exterior y lo perderemos para siempre. Así que mi madre tuvo otra hija más, Florencia, y luego tuvo un hijo, Agosto, y ambos cumplieron veinticuatro años y murieron; yo terminé quedándome con sus cuartos. Hablo de ellos porque están muertos y una historia no puedes perturbarlos y hacerlos volver, ni tampoco puede manchar sus nombres, porque ya poca gente queda para mencionarlos: estoy disuadido de que los nombres se manchan cuando los menciona otra gente, no cuando los menciono yo: jamás digo nada cuando los evoco, como abrir un grifo y cerrarlo, y paso de inmediato a otra cosa. Cuando mis hermanos intentaron hablar con Bobby (y esa vez, poco después que lo saludaran, mis hermanos desaparecieron, quedó solamente la voz de Bobby resonando, estirándose, derritiendo el paisaje, el lugar en donde estaba sucediendo todo aquello) él les dijo severamente que había oído que tenían un mesa tirada en el galpón de su casa, y qué eso era cualquier cosa: ayer estuve en el monte y cuando regresaba, cerca de un árbol grandioso, me acordé de la mesa. Como de una historia que parece que va a continuar. Bobby era al fin de cuentas mi gran amigo. Se quedaba dormido en cualquier lado. Y también hacía otras cosas. No mucho más.

Collage: Bruno Nieto

El cuento recitado por Diego:


DISEÑO Pía Alive (identidad) | Florencia Sacarelo (arte) + Maggie Sagarra (web)

ninablaufoto@gmail.commaggies.84@gmail.com - Montevideo, Uruguay

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