• Diego De Ávila

La comedia solitaria


Agonía y visiones existenciales: una vez visto (te morís muy joven) ya sos una de las primeras estrellas. Pero la religión te pone en problemas periodísticos, y sos como un personaje de cuerpo oscuro con los órganos en llamas. Aunque se trate de un comentario tan banal, tan esquelético (un esqueleto sin cerebro ni corazón, como el deseo medio dormido de que algo funcione), se trata de mi deseo más profundo: el que quiero hacer sonar. Cualquier frase desinteresada sirve para eso; para echar a rodar una voz zombie que tropieza con un paisaje difícil. Pero también se puede escribir de otra manera. Fábulas sin árboles ni animales. Cosas sin ejemplo.

Preguntas de examen: ¿cómo puede generarse una experiencia literaria sin tener nada para decir? ¿Con qué presumo que comunica, qué interpela, una experiencia literaria? ¿Qué imagen o historia hemos asumido como metáfora de un escritor? ¿Por qué el escritor siente irresponsabilidad y falta de honor cuando se queda dormido luego de comer algo? ¿Cuál es el valor religioso de una experiencia literaria? ¿El escritor religioso solamente busca? ¿El escritor religioso solamente busca a la manera de que nunca consigue nada? ¿El talento está dotado necesariamente de producción y crecimiento técnico, de abecedarios veloces, del imperativo de utilizar correctamente una oración que adelanta toda la historia? ¿El escritor ansía sentarse en la plaza pública, para ser visto mientras trabaja? ¿Qué busca, en la calle, el escritor? ¿Qué pasa cuando vemos flotar en el muelle, junto a algunos barcos desanclados, la experiencia literaria? Sin tener nada para decir, lo cual significa, sin tener más religión que la experiencia literaria: la carencia de un cosmos quebrado, o el problema de valores permanentemente inquietos, ¿desarrollan una inquietud particular? ¿Inquieta la falta de espacio, de pura peregrinación en paisajes monocromáticos?

Cuando las cosas no están en el mismo carácter, ni son de la misma personalidad, yo las entiendo. Porque no soy alguien bueno. Porque no es algo bueno hacer eso. Discuto con quien me lo señala apuntando la voz hacia un pasado del cielo, que tiene en el cuello y que habla muy alto (lo escucharía de todas maneras), y dice de mal modo que todo lo entiendo, y tiene razón: soy de esa clase de personas.

Con miseria, hablándole de cerca, en la envoltura grisácea del arroyo matutino, pongo el adjetivo, digo cómo se llama, hablo con quien lo hace, lo aprendo a hacer. Apenas tengo algunas ideas.

“No se trataba, ni siquiera, de un paseo prolongado para mantenerme intrépido”. A veces se me ocurren frases como esa, con las que comienzo una oración. De adolescente, me era natural sentir fascinación por esta clase de visitas. Uno ejercía, en realidad, el hábito de razonar, pero la inquietud por seguir los razonamientos no era un evento singular, era tan solo parte de las cosas para hacer. Cuando aparecían esas pequeñas interrupciones sin contexto, de sugerencia poética o delirante pero que sin embargo tenían el sonido justo (como si fuesen parte de un razonamiento) uno se hacía la idea de que finalmente había entrado en el terreno de una escritura ancestral, un poco más parecida a la del monje o el samurái que a la del cronista de diarios, que terminábamos de leer enseguida.

Ahora que soy un adulto amo de casa con tres sueldos y tres trabajos solo tengo intención estética para vivir: mientras me empleo como, por ejemplo, jardinero, lo único que puedo hacer es pensar de esta manera: en una serie de líneas y diagramas en movimiento (cuando se cruzan y se arma una cruz), y eso, en movimiento, al tiempo que la tierra se mete dentro de mis puños cerrados, me conmueve.

Me resulta claro que no quiero contar una historia sobre lo que me pasó, sino que busco, mientras parece que quiero contar una historia, que las líneas se crucen y se encienda la cruz justo en el momento del golpe, como un robot japonés. Pero cuando llego a casa lo único que escribo es: “Hace un minuto cantaba raro para parecerme a un patio de fondo”. ¿Qué quiere decir eso?

Escribo lo primero que pienso porque quiero cincelar una roca macho. La roca hembra es la roca embarazada, la que tiene algo adentro.

Para escribir esas cosas y sentirme bien igual a veces me pongo a hacer los trabajos inútiles de la siembra.

Hace, por ejemplo, 25 años era pequeño; y me sabía algunas canciones infantiles que me emocionaban o me hacían reír o me daban bronca, a pesar de nunca entender un cuerno de qué cosa estaban hablando. Hoy estaba pasando números en una computadora y me pasó lo mismo. Y cuando nadie me prestó atención anoté porque quise cuentas en una boleta y me pasó igual, me sentía como el guitarrista ciego, era feliz o me enfurecía o me dolía la cabeza, pero solo por los números de página, por el orden en que acudían los olores: al final mi trabajo me despertaba.

¿Qué fue lo que vio el primero que no entendía nada cuando salió del huevo? Un mundo que sabía lo que hacía.

Escuché una canción de amor compuesta por un tipo, y me puse a pensar que luego vendría otro y escribiría otra canción de amor, y que más tarde ambos se mirarían con recelo, porque daba la sensación de que se trataba del mismo amor y de la misma mujer, pero eran unos bananas porque en realidad se trataba de dos chicas diferentes.

Por eso no me parece tan extraño el amor a María. Llena eres de gracia. Algo en el movimiento de las flores me hace pensar en ti. Un hermano se acerca. A él también.

Me destino a las personas maravilladas con la posibilidad, por ejemplo, de que una cosa exista. Una roca que nunca han visto y sobre la que leyeron toda la vida, y ahora… la verán de verdad. Les estoy destinado porque, ese libro sobre la roca y la roca, ¿qué diferencia tienen? Para mí las cosas son igual que las imaginaciones de las cosas, como un ojo malo que le pone nubes a la película, y es algo bueno.

Dios existe y lo puede todo, y cualquier cosa está dada a torcer con él. Y no lo tuerce todo, ¿lo vieron?

¿Por qué lo permitió, Dios, cuando lo bueno y lo malo hacían ver estrellas marrones en el cielo desagradable del invierno?

Lo podía evitar, y no importaba. Nosotros lo evitábamos bien y no nos importaba. En solo una manera de hacer algo, cualquier cosa, conviven todas las posibilidades: así que la que ocurre es la divina.

Los mejores días de mi vida fueron globos aerostáticos que hacían al cielo venirse abajo. Como quien dice, yo veía subir mi propio estado de ánimo. Lo miraba levantar el techo y hacerse parte de la noche como en un viaje astral de un obrero y un arquitecto, es decir: con muy poca mística; es decir, con herramienta de trabajo de bonanza: hombres educados para defender la casa.

Durante los meses de verano me dedico a esperar que haga frío otra vez, para verlo venir y estar preparado. Me conseguí un trabajo estable, licencias, esfuerzos modestos que cumplo en jornadas largas, siempre un poco a medias, porque al día siguiente se completan en un accidente íntimo. Un negocio que me ocupa, una presión, cava un caudal al lado de la tierra yerma donde viajo escondido contra el borde del barro de aquellos vientos, de disparos oscuros de las costumbres, que podrían comprometerme. Pero una mirada con amor me acaricia y bebo una taza de café. El día entero me hace pensar en una casa a la que quisieron entrar. De vuelta a la idea que estaba encontrando para mí, doy por sentado que al día siguiente debería ser igual, debería empezar de nuevo.

Durante los meses de invierno me dedico a ir a trabajar y luego vuelvo a casa. Siento que cuando escribo dicto mi propio sacerdocio. Distraído por la marea de los pensamientos, entre todas las artes escojo una: la de pagar los impuestos. Y muevo una mediación que vuelve a comenzar… como el traqueteo de dos enamorados con amores diferentes. Cuando en casa escribo algo que debe venir a mí, algo que no podría preguntarle a un amigo una noche, porque el primer almacén, el primer bar o la primera hamburguesería están a doscientos quilómetros del templo, voy porque lo quiero por un camino a pie.

Allí le digo a la gente que creo en Dios; necesito aprender a deletrear, lo llamo de otra manera. Y cuando la gente me comprende, asustada, en seguida lo llamo de otra más: de pronto parece que el cielo se cierra con una pausa itinerante, y sospecho que creo muy bien a lo que practico con la pausa y con el acento (del lugar donde me crié) y no me equivoco nunca, ¿se entiende? Yo sé que las palmeras se llaman con el nombre de un señor, y que las plantas de los edificios se llaman con el nombre de un señor, pero así como yo lo llamo, me irrito, contento, y doy gracias a Dios.

Hago un montón de idioteces extrañas cuando lo empiezo a entender.

Creía sobre todo en los cielos de Maldonado. Me gustaban: eran negros porque cuando algo pasa, significa que pasa. Y eso es algo bueno. Es un adulto que camina un rato por la calle, agarra sus juguetes y se va, lo que, obviamente, es solo una manera de decir...

En una casa de Uruguay no existen las luces fuertes porque la batería está en manos de un niño, así que en el cielo nocturno una pelota se prende y se apaga, como si fuese una tos, como las estrellas, se abre un descuido repentino de acuarela blanca y luego un gesto alerta pasa y lo limpia todo de inmediato. Se encuentra bien.

Siento que algo pasa velozmente por el cielo y cierro los ojos para perdérmelo. No es que tenga sueño o sea un idiota. Preparo un día mejor.

Escuchá a Diego:


DISEÑO Pía Alive (identidad) | Florencia Sacarelo + Maggie Sagarra (web)

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