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Chocar en Irán

Joaquín Di Lorenzi




Por unos segundos, pudimos anticipar el choque. Vimos que los otros autos ya habían chocado y entendimos que no íbamos a poder parar sin darnos de lleno contra ellos. Recuerdo haber gritado algo y agarrarme del cabezal del asiento frente a mí. Después chocamos. Estábamos en el medio de una ruta gigante, volviendo a casa. Íbamos por la acera de más a la izquierda y el taxi salió disparado para la derecha, cruzando toda la ruta, atestada de autos.



Todo empezó unas semanas antes. Yo había decidido pasar mis vacaciones en Irán. Antes del viaje, todos me preguntaban por qué había elegido ir ahí. No pude hilvanar una respuesta coherente. Salí del aeropuerto y tomé el primer taxi que vi. Mientras nos acercábamos a la parte urbana de Teherán, cada vez había más autos en las calles. Autos con polvo, autos chocados, autos llenos de abolladuras. Enseguida entendí que en la calle no había reglas. Nadie paraba en los semáforos, nadie paraba en las cebras. En las esquinas, los autos se tiraban esperando que los que venían por las otras calles pararan, y terminaban todos juntos en mitad de la calle, yuxtapuestos, uno arriba de otro.



Llegué al hotel y salí a caminar. Mi primera caminata en Irán. El sol se estaba poniendo y en el horizonte se delineaban las cúpulas y torres de una mezquita. Las mujeres tenían chadors. Se encendían los neones rojos o verdes de las diferentes tiendas. Los cachivaches dentro de las tiendas, las ollas de bronce, las alhajas, las arañas de techo, comenzaban a brillar, largando luces y sombras para todos lados. Me iba a acostumbrar a esto, pero ahora todo parecía maravilloso y virgen frente a mis ojos. Intenté no cruzar la calle, aunque eventualmente tuve que hacerlo. Esperé por unos minutos en una esquina. Los autos no paraban y no había semáforos. Observé cómo cruzaban los demás: simplemente se tiraban delante de los autos. Junté coraje y me tiré atrás de una familia. Lo disfruté. Se sintió poderoso hacer que los autos pararan. Cruzar la calle en Irán es un deporte de riesgo.




Edurne Azkenean




Esa noche hablé con mi familia y les conté sobre los autos y las calles y se preocuparon. Recuerdo haberles dicho exactamente: sí, manejan como enfermos, pero les puedo asegurar que no chocan. Eso fue verdad por unos días. Pasó la primera semana y no había visto ningún choque, pero eventualmente empezó a pasar, y después de que pasó por primera vez, no paraba de ver choques por todos lados, todos los días.



Estaba en Tabriz cuando me pasó a mí. El iraní con el que me estaba quedando me había llevado a pasear por la ciudad y estábamos volviendo a su casa en las afueras. Ya era de noche. Chocamos y terminamos en el otro lado de la ruta. Cualquiera de los autos que venían por las aceras de al lado podría habernos dado de lleno mientras cruzábamos la ruta, despedidos por la fuerza y la velocidad del choque. Es un milagro, dijo él cuando el taxi paró y vimos que estábamos todos bien a pesar de ni siquiera haber tenido los cinturones puestos. Lo miré, me miré a mí mismo y al estado en que había quedado el taxi. El paragolpe delantero se había desprendido del auto, el capó sobresalía y las luces delanteras se habían hecho pedazos, dejando una estela de vidrios que marcaba el recorrido que había hecho el taxi al cruzar la ruta. Por un momento me tuvo. Por un momento pensé que había sido un milagro y que Allah había venido a salvarnos y pensé en Cat Stevens y en que, como él, tendría que convertirme al Islam, porque solo su dios había aparecido cuando lo necesitaba.



Pero lo miré y dije:

Tuvimos suerte, no más.


Yo seguía temblando de los nervios, pero él había estado tranquilo todo el tiempo. Levantó los hombros, me sonrió y salió del taxi.






El texto recitado por Joaquín:






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