• Federico Giordano

Una de vaqueros y capas


Si decimos Wolverine (o Lobezno) seguramente la imagen del actor Hugh Jackman salte a la mente como un pendenciero barbudo, longevo y totalmente identificable, tenga fuera sus garras o no. Los años en su papel acompañan el proceso en que las películas de superhéroes se fueron haciendo más serias –proceso que algunos ubican a partir de la salida de Iron Man en 2008, también basada en un personaje de Marvel–. Si tomamos a la casa editorial DC –como mellizos y no gemelos–, la paleta de suma oscuridad de las últimas películas que incluyeron a Superman es un símbolo de ese mensaje, junto con enfatizar cierto límite transgredido: Superman mata al final de su historia de origen. Hay herramientas dentro de las ficciones respectivas –sus 80 años de historia narrada– para explicar ciertos procesos; por ejemplo, ese Superman parece estar muy sintonizado con el del mundo de Injustice en que el Hombre de Acero se vuelve un ser nada agradable. Sin embargo, comparado con el ataque acérrimo que ha recibido DC, dos de los estudios que han llevado adelante los personajes de Marvel –20th Century Fox (responsable de la saga X-Men) y Marvel Studios (responsable del Universo Cinematográfico Marvel)– han gozado de mejor reputación y han logrado imponer su propia versión de un mundo de superhéroes cada vez más hiperconectado –aunque todavía falte ese contacto final entre X-Men y Vengadores–.

Jackman, es sabido, es sinónimo de esa reputación, y Logan (2016) fue la película que terminó de deletrear ese proceso hasta el punto de perder a Wolverine de su título. Logra, además, sacar verdadero jugo al rating R (solo para mayores de 18 años) reclamado, entre otras, por Deadpool para este género –aunque para dato de trivia podemos recordar que Spawn había sido de las primeras–.

Una crítica realizada por Scott Collura de la película en el portal de videojuegos y entretenimiento IGN explica de forma interesante este proceso de enseriarse. En Logan podemos ver varias veces referencias al mundo de los cómics y superhéroes; uno de los dispositivos de la historia justamente se fundamenta en la presencia de esos cómics. Pero en la película hay una claridad por parte de Logan y otros adultos en diferenciar ese mundo y el “real”. Los disfraces de colores, spándex y leotardos amarillos son parte de esa alternativa de la ficción interna representada por los mismos cómics, que –también– existen en nuestra realidad y que alguien podría llegar a confundir con historia. Sí, los X-Men existieron pero las cosas no eran así. Por algo es a los niños de la película a quienes toma más tiempo comprender esa distancia entre fantasía y el mundo en que viven.

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Esta introducción se hace necesaria porque se ha dicho que Logan, sin lugar a dudas una obra maestra, está basada en la novela gráfica publicada en 2008 Wolverine: Old Man Logan, guionada por Mark Millar e ilustrada por Steve McNiven (tintas de Dexter Vines y colores de Morry Hollowell). Inspirada podría ser válido, pero también ese lugar lo podría ocupar el videojuego The Last of Us, con su propia historia de una dupla niña/adulto tratando de sobrevivir en un mundo venido abajo. Y sería más honesto, dado que esa niña, entre otras muchas cosas, no figura en Old Man Logan.

Empecemos entonces en el desierto. Un rancho en el medio de California. Wolverine ya no existe más que en inconexos flashbacks. Logan es un granjero y vive con sus hijos y su esposa acosado por los problemas. Dos páginas y el gusto a polvo se quedará en nuestra piel junto con los horizontes pronunciados y lejanos, las mesetas y el caballo con las alforjas. Logan está viejo, muy viejo, canoso, pero nos sorprende descubrir que sufre y tolera las expediciones extorsivas de la Banda de los Hulk, una sarta de depravados red-necks verdosos. Solo cuando al mejor estilo de un western los Hulk dan el ultimátum, Logan considerará arriesgar su modo de vida actual y aceptará hacer de copiloto y navegante para su viejo amigo, también ex Vengador, Ojo de Halcón. Saliendo desde California, Ojo de Halcón debe llegar a Washington DC para llevar un misterioso maletín con una fabulosa droga, atravesando un Estados Unidos tajeado y repartido entre los distintos líderes de los villanos que han tomado el control después de la caída de los superhéroes.

Old Man Logan se tratará acerca de un viaje de carretera en la más pura tradición de Estados Unidos (y, como corresponde, eso implicará un vehículo muy especial que dejaré que descubran). Así, se sugerirán dos historias a contar: ¿cómo llegamos a este mundo?, ¿y ahora qué? Desde su Arcadia pastoral –aun con todas sus carencias– Logan deberá emprender renuente el viaje hacia las sucesivas e incipientes metrópolis, huellas de la civilización, hasta Washington, devenida sede del mal. No en vano el sheriff Rick Grimes, en los primeros capítulos de The Walking Dead, recupera su sombrero de vaquero y un caballo antes de dirigirse a la ciudad más cercana. Hay algo de ese espíritu del paladín del oeste, la ley más allá de las fronteras –donde los buenos todavía existen–, cuando se dirigen hacia la civilización a la que nunca terminan de pertenecer.

Por su parte, Ojo de Hacón también ha sufrido luego de la derrota de los superhéroes: está ciego y reniega que no lo hayan considerado suficientemente relevante para atacarlo en un primer momento como al resto de los héroes de la Tierra. Al contrario, la estrategia elegida por los supervillanos fue ignorarlo por completo. Una guiñada al lugar prescindible que alguna vez se le asigna, en especial comparado con las grandes potencias que representan sus compañeros Vengadores, como Iron Man, Capitán América, Thor o el propio Wolverine. A pesar de sus reclamos, la moraleja parece ser que es mejor no ser tan importante: ninguno de ellos sigue vivo, él sí.

De todas formas, con todo lo que él mismo ha vivido, Clint Burton, Ojo de Halcón, no logra dimensionar el estado de Logan. Solo más tarde llegará a comprender qué han hecho para quebrar al antiguo X-Men. Wolverine murió la noche en que los villanos atacaron y tomaron el control del mundo. Enojado, Clint admitirá que su guardaespaldas, al que casi ha coaccionado para que lo acompañe, no sirve para nada. Su fuerza para pelear fue vuelta en su contra y su inmortalidad a partir del factor curativo –su verdadero poder mutante– se vuelve más que nunca una maldición. Logan ha hecho un voto de no matar y no intervenir nunca más. Las garras de adamantio permanecerán enterradas en sus brazos como un par de Colt que, aunque no se pueden abandonar, ya han visto bastante y no volverán a ser desenfundadas bajo ninguna circunstancia. Como en todo viaje, el desafío no será solo el trayecto, sino cómo nos cambia. Logan deberá enfrentar su pasado todo el tiempo y tomar las decisiones que no quiere revivir. El héroe no puede renunciar a su poder, ni a ser un mito, provocado, buscado y sometido al juicio de los que lo conocieron.

A lo largo de las casi 200 páginas de la edición recopilatoria, el arte de McNiven y los colores de Hollowell celebran el apocalipsis y disfrutan de tensar los vínculos entre el presente y el pasado. Ya sea las versiones envejecidas y debilitadas de los grandes íconos que irán apareciendo (héroes y villanos) como los continuadores de los viejos nombres y mantos. En las páginas reina el desierto posapocalíptico como extraído de Mad Max o de la serie de juegos Fallout, intercalado con ruinas de otras épocas y ciudades babilónicas, mezclas de razas, tecnología y calculada –aunque puede que tímida– depravación. La parafernalia de otro tiempo desperdigada por ese Estados Unidos como en la novela Hola, América, de HG Ballard. La violencia es constante y muchas veces sorprendente para un lector tradicional de cómics de superhéroes; también este es territorio de las etiquetas de advertencias para padres: los disparos hacen saltar sangre y las decapitaciones –de las que hay varias– son representadas en primer plano –simbolismos de las luchas de poder y la inestabilidad reinantes–. Las muertes son frecuentes y cada vez más absurdas, recalcando la naturaleza de este nuevo mundo.

Las esperanzas de un final feliz se van diluyendo en la anarquía y apatía de ese mundo donde los buenos son relativos cuando más, pragmatistas, hedonistas o preocupados por su propia supervivencia, y los malos detentan el poder tiránico sin verdadera resistencia. Solo al comprender esto la batalla final se hace previsible, desencadenada por un último golpe de absurdo, más allá del orden del bien o lo que desearíamos que sucediera, pero en perfecta armonía con el mundo que se nos ha relatado: la tragedia tiene esa cualidad. El héroe está condenado al regreso o la destrucción; la redención, la esperanza y el trauma son herramientas para contar la historia de un comienzo o un final.

Se hace más raro afirmar esto cuando se leen las continuaciones que ha tenido este volumen, que se puede, y recomiendo, leer por sí solo. Para los que quieran seguir al personaje, que tiene otras grandes historias aunque ya muy distintas, la telaraña de las realidades se tensará a partir de Old Man Logan: Warzones y seguirá adelante en una serie que por estos días tendrá su número 50 y final –además de algunos tomos de crossovers con Deadpool, ¿por qué no?–. Las posibilidades narrativas de esos cruces rompen las barreras del tiempo y permiten ver a este Logan envejecido junto a sus usuales compañeros, y –que no se malentienda– son momentos que se disfrutan. Con todo queda un poco el reclamo de que nos hubiera gustado que nos siguieran contando sobre ese mundo un poco más sencillo, ese desierto después de los super.

La nota recitada por Fede:


DISEÑO Pía Alive (identidad) | Florencia Sacarelo (arte) + Maggie Sagarra (web)

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