• Gera Ferreira

20th Century Women y un diálogo atemporal


Cuando se están por venir los Oscars siempre hago lo mismo: agarro con frialdad la lista de los nominados y me pongo a bajar todas las películas. Sí, ta, qué voy a hacer, no lo hago solo por pirata. Es algo que me da placer, me ayuda a liberar ansiedad y, posta, la tarifa del adsl nunca estuvo tan bien paga como en ese momento. ¿Viste cuando un amigo que tiene Netflix te dio permiso mesurado para usar la cuenta y vos se la pinchás cuando te pinta sin que se entere? Bueno, es ese tipo de placer, bien de fisura.

Me las bajo todas, pero no todas todas, sino las que están en categorías importantes, y luego busco las de Mejor Película Extranjera, pero esas sí son un huevo de encontrar. A diferencia de otros años, en los que a veces solo rescato la mitad de las pelis —o porque son inencontrables, o porque nadie se apiadó de subirlas y las está re encanutando—, este año no sé qué pasó que hasta me dio vergüenza bajarme alrededor de 15 cintas en tres horitas. Entre ellas, apareció 20th Century Women, escrita y dirigida por Mike Mills (¿se acuerdan de Beginners?) y que estaba nominada en Guion Original junto a Hell or High Water, La La Land, The Lobster y Manchester By the Sea, que al final se llevó la estatua… en este caso, ¡buuu!

Sin querer spoilearla mucho, en 20th Century Women la cosa viene por acá: un adolescente llamado Jamie vive en el condado de Santa Bárbara (California) con su copada madre, Dorothea Fields (interpretada por la adorable Annette Bening), y otras dos mujeres: Abbie, una joven que alquila habitación en su casa, y Julie, que es una especie de mejor amiga del pibe o, mejor dicho, “la vecinita”, no sé si me explico. La peli está ambientada en 1979, un punto de inflexión importante en la historia de los yanquis. Una época de cambios económicos sin precedentes y de enormes tensiones sociales que se suman a los vestigios de la derrota en Vietnam, cuya onda expansiva/depresiva había calado hondo en el estado espiritual de la nación. Digamos que la trama gira en torno a las dificultades que tiene Dorothea Fields para educar a su hijo en este contexto, siendo una madre divorciada, independiente y la mar en coche.

Sin entrar en discusiones bizantinas sobre los Oscars, la verdad es que no me explico cómo esta peli no ganó el premio en su categoría, o cómo Annette Bening no estuvo ni siquiera ternada como Mejor Actriz, porque es increíble lo que hace, semejante (en otros sentidos) a lo de Natalie Portman en Jackie que, si me apurás, te digo que este fue el gran afane de la noche, o sea… ¿qué?, ¿no se lo van a dar a ella? De más, renuncien, besos.

Luego de ver tres veces 20th Century Women, me siguen repiqueteando en la cabeza muchas frases, sentencias y mensajes que van tirando los personajes. Porque pasa eso, la película te interpela con preguntas heavy. Pero son preguntas que se desdoblan y me parece que hoy se vuelven tan vigentes como necesarias: “¿por qué te parece bien estar triste y sola?”; “¿cómo se puede ser un buen hombre?”; “¿cómo besás a una mujer sin saber lo que significa?”; o “¿realmente tenemos que saber todo lo que te pasa?”. La historia se saltea las respuestas, te planta la semilla y sigue su camino para que germinen en vos, si andás con ganas de responder a ese diálogo atemporal.

Una de las escenas mejor logradas tiene lugar en el living de la casa de Dorothea, donde la familia se reúne con gente del barrio y amigos para escuchar el famoso discurso que el presidente Jimmy Carter realizó por cadena nacional, hablando sobre la crisis de confianza por la que atravesaba el país. En realidad, es un discurso larguísimo, pero en la película está editado de manera magistral y creo que está bueno rescatar algunos extractos: “Este no es un mensaje de felicidad o tranquilidad, pero es la verdad y es una advertencia. […] Demasiados de nosotros ahora tienden a adorar la autoindulgencia y el consumo. Pero hemos descubierto que poseer cosas y consumir cosas no satisface nuestro anhelo de significado. […] Siempre creímos que formábamos parte de un gran movimiento, la humanidad misma, involucrados en la búsqueda de la libertad. […] El camino que conduce a la fragmentación y el interés propio. En ese camino se encuentra una idea equivocada de la libertad. Es una ruta cierta hacia el fracaso”.

Cuando pienso en estas palabras dichas hace 40 años, entiendo perfecto el comentario de Dorothea al terminar el speech, como si fuera una especie de revelación. La voz de Carter, etérea, áspera como la porosidad del tiempo, se proyecta en la película a través de un mensaje que hoy se resignifica, que nos rezonga, que nos busca, que nos recuerda lo diferente que pueden ser las cosas y lo igual que continúan siendo desde entonces. La batalla contra la acumulación de objetos, las relaciones vacías y sin propósito, el intercambio de experiencias efímeras sin ton ni son forman parte de un entretejido macabro de consumo en el que la gente tiende a resignarse y a no luchar por sus sueños o por las cosas que de verdad importan.

“Como creas que va a ser tu vida, solo aprende que no va a ser así”, dice Julie al pasar. Y este es el discurso que impera en el ambiente de los personajes, el de la crisis, en el que no solo las mujeres se enfrentan a una revolución que les permita tomar, al menos por un momento, el control de sus vidas, sino que se amplifica a toda la sociedad: “Los hombres creen que deben arreglar las cosas por las mujeres pero no hacen nada. Algunas cosas no se pueden arreglar”, reflexiona Dorothea. Si bien la historia tiene un eje central, es decir, la relación afectiva entre madre e hijo (Dorothea-Jamie), el resto de los personajes prestan sus voces y alternan en off para construir la peripecia de los demás, en un aspaviento que abarca tanto al pasado como al futuro de cada uno.

La pérdida de seres queridos, las enfermedades mortales, la fertilidad, la depresión, la adolescencia, la inmadurez son temas que se van tocando a cuentagotas en la trama, pero terminan formando una cápsula sólida, una instantánea poética y verosímil del momento. En este sentido la película indaga fuerte y tiende innumerables puentes de contacto con épocas posteriores, como la nuestra, igual de compleja. Pero claro, el presente es otra cosa. Es eso que ves cuando se van los créditos y tu silueta muda se refleja en la pantalla del plasma.

La nota narrada por Gerardo:


DISEÑO Pía Alive (identidad) | Florencia Sacarelo (arte) + Maggie Sagarra (web)

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