• Nina Blau

Un escenario escondido


Montevideo es una ciudad pequeña, todos lo sabemos y lo vivimos a diario, pero ¿cuántos lugares esconde? ¿Cuántas esquinas existen donde se manifiesta el arte sin que nos enteremos? Con la simple acción voluntaria de acercarse a los rincones, de indagar, es posible encontrar una riquísima vida artística, que escapa a los mundos de la academia y las instituciones, una variedad interesante y fértil de propuestas originales.

Con esta idea de buscar lo que no está tan a la vista, descubrí hace poco al grupo teatral El Almacén, que está presentando actualmente su tercera obra titulada Claudia, la mujer que se casa. Fui a verla. Al dejar la sala, tuve gran curiosidad por los procesos creativos que implicaba y por la historia que había detrás. La obra me gustó, me generó mucha risa espontánea e instancias de silencio, me conmovió en algunos momentos y me dejó algo confundida. Luego, al intentar transmitírsela a alguien más, confirmé que no puede ser contada, sino vivida, ya que reducirla a un argumento o sinopsis sería quitarle su esencia juguetona y viva y, sobretodo, arruinar ese componente particular de sorpresa o de misterio, que resulta casi imprescindible a la hora de verla.

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Lo primero que salta a la vista cuando uno se topa con esta propuesta teatral es la ausencia de reseñas explicativas en los carteles de sus obras o en su Facebook. Me cuenta André Hübener, el director, que esto se debe a la decisión de no dar información que pueda sugestionar al espectador de ninguna manera, que no tenga “nada masticado”.

En Claudia, la mujer que se casa también hay un grado de desconcierto acerca del trasfondo real de la historia; se aparecen a la vista personajes muy frescos y sinceros, cuyas identidades son, explícitamente (a través de recursos escénicos y a modo de juego con el público), variables y ambiguas. Las cinco actrices y el único actor interpretan con mucha verdad una serie de roles que resultan sumamente creíbles y con los que logré empatizar. Si bien hay un texto y sólidas marcaciones escénicas, existe un componente de improvisación que hace que los diálogos puedan variar un poco cada sábado. La pieza tiene un nivel de apertura conceptual que divierte y a la vez hace reflexionar. Las situaciones son inesperadas y rozan el absurdo, aunque la pieza en sí no es muy fácilmente clasificable en este género (ni en ningún otro).

Las actrices y el actor de Claudia, la mujer que se casa son Mariel Lazzo, Mariana Escobar, Camila Vives, Viviana Stagnaro, Ana Fernández, Lucía Bonnefón y Jonathan Parada. La dirección es de André Hübener y la dramaturgia de Leonardo Martínez.

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El Almacén tiene un modo de trabajo particular. Al momento de plantearse hacer una obra, lo primero que surge es una interrogante, según André, “una obsesión” sobre algo en concreto de la realidad. El director plantea esta inquietud a su elenco y se realizan ejercicios en los que aparecen diferentes respuestas (o más preguntas), esbozos de personajes, ideas e imágenes, que van transformando el pie inicial. Es importante para André que en este primer momento de creación los actores se permitan explorar y experimentar con libertad, sin temor a caer en lugares que parecen comunes, sino al contrario, en sus palabras: “Sacarse del sistema los preconceptos y usarlos. Usar el imaginario colectivo”. El actor debe poder conocer sus propios demonios e incorporarlos, aceptarlos; el actor “trabaja dejando todas las vísceras”.

A partir de estas escenas que se generan en la fase de exploración, Leonardo Martínez, dramaturgo del grupo, escribe los primeros lineamientos de texto, sobre los que se vuelve a trabajar. Es un proceso de creación colectiva, con la dirección de André, pero que tiene mucho de lo que sucede con los actores, ya que entre todos se va gestando lo que será la obra en sí.

André trabaja con lo real que sucede. Es decir, toma en cuenta para dirigir las obras también los sucesos reales que rodean a los ensayos, para incorporarlos. Un ejemplo de esto es la forma en la que se sumó el único actor masculino de la última pieza. André tenía “el capricho” de que fueran todas mujeres, pero a la vez sentía que la escena pedía una presencia masculina, por lo que convocó a Jonathan Parada. Las actrices ya llevaban más o menos un año de trabajo, por lo que el actor sintió cierto desconcierto al arribar al ensayo y tuvo que adaptarse con velocidad a un proceso que ya tenía bases sólidas. Esta entrada tardía y ese asombro pasaron a formar parte del texto de la obra.

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“El Almacén es un acto político”, afirma André. Su consolidación representa una decisión consciente y activa de parte de un grupo de estudiantes egresados de la EMAD que tenían ganas de hacer teatro, sin disponer aún de los espacios de ensayo. Lo importante era el incentivo, la obsesión, la voluntad de generar algo propio y por fuera de los estándares. Hoy cuentan con un espacio/sala muy singular: es el living de una casa en una misteriosa esquina de Montevideo. De afuera, nadie sospecharía que hay un escenario.

El espacio para los espectadores es reducido pero cálido, existe una cercanía muy rica con los actores. Los integrantes de El Almacén han transformado ese lugar hasta convertirlo en una caja negra que permite ser adecuada a la perfección a diferentes tipos de escenografías sencillas. En su primera obra (Schmürz, el hombre que quedó ido, inspirada en un texto de Boris Vian) la escena constituía un living mismo de una casa, por lo que utilizaron el lugar tal cual estaba,y agregaron la vereda, lo que hacía que el espectador tuviera que observar la escena a través de la ventana. En la segunda obra (Hyde, la niña que quería morir, autoficción escrita por Leonardo Martínez) el espacio fue una silla y un telón, y en Claudia, la mujer que se casa las paredes negras desnudas dejan imaginar a gusto las características del lugar. Así se generan ambientes en convivencia simultánea. Para el próximo proyecto (que ya están armando), ¿cómo lo transformarán?

El teatro de El Almacén busca generar dudas y contradicciones, y a la vez sorprender; que el espectador ría espontáneamente de algo que al mismo tiempo le podría despertar críticas, y que sea activo, capaz de interpretar, deducir o crear significado. Se busca también que el proceso de creación colectivo sea jugado y libre y que deje huellas en los integrantes del grupo. Un hogar hecho teatro, un teatro hecho con amor, con sudor y determinación, al que es posible acceder sábado a sábado.

La nota recitada por Nina (también la podés escuchar en iTunes y Tunein):


DISEÑO Pía Alive (identidad) | Florencia Sacarelo (arte) + Maggie Sagarra (web)

ninablaufoto@gmail.commaggies.84@gmail.com - Montevideo, Uruguay

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